Quatroges

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Una vida no vale tres ovejas

Foto;una vida no vale tres ovejas
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Hay historias que algunos preferirían que el tiempo tape con polvo. Que se pierdan entre titulares viejos y archivos olvidados. Pero hay cosas que conviene recordar, aunque incomoden.

Hay historias que algunos preferirían que el tiempo tape con polvo. Que se pierdan entre titulares viejos y archivos olvidados. Pero hay cosas que conviene recordar, aunque incomoden. Porque cuando un país empieza a olvidar, también empieza a repetir. La noche del 21 de setiembre de 2020, en un camino rural de Artigas, dos gurises andaban en una moto después de haber faenado tres ovejas en una estancia de la zona. Abigeato, sí. Un delito viejo como el campo mismo. Algo que pasa desde que existen ovejas y hambre. Pero lo que pasó después ya no fue lo de siempre. Un operativo policial los interceptó y empezó una persecución. Moto contra patrullero en un camino de tierra. Gritos, luces, nervios. Y en medio de ese lío alguien decidió apretar el gatillo. Los policías dispararon contra la moto. Una de esas balas terminó en la cabeza de un joven de 19 años. Murió. Después vino lo de siempre: las versiones. Que intentaron atropellar a los policías. Que fue defensa. Que era necesario. Que no había otra opción. Pero las pericias y la investigación posterior empezaron a mostrar otra cosa. Hubo varios disparos y al menos uno impactó por la espalda. O sea: el pibe estaba rajando. Y aun así le tiraron. El episodio ocurrió apenas comenzaba el gobierno de Luis Lacalle Pou, en pleno arranque de una época marcada por el discurso de mano dura y la famosa Ley de Urgente Consideración. Aquellos meses estaban llenos de frases sobre respaldar a la policía “sin titubeos”, terminar con la “puerta giratoria” y poner orden. El entonces ministro del Interior, Jorge Larrañaga, salió a defender el procedimiento casi de inmediato. Dijo que el disparo había sido una acción defensiva. Que el tiro no había sido por la espalda. Que la policía había actuado como debía. Pero la realidad, con el tiempo, fue mostrando otra cara. La Fiscalía siguió investigando. El expediente avanzó. Y la Justicia terminó imputando a dos policías por la muerte del joven. Finalmente, el policía que disparó fue condenado a cuatro años de penitenciaría, mientras otro jerarca policial fue condenado por encubrimiento y abuso de funciones. Así de simple. La escena, cuando se la mira sin discursos ni banderas, es brutal: un gurí muerto, tres ovejas robadas y un policía apretando el gatillo. Pero esta historia nunca fue solo un caso policial. Fue también un espejo de una época. Durante cinco años el discurso de la derecha uruguaya repitió una idea como si fuera un mantra: hay que endurecer penas, hay que respaldar a la policía, hay que terminar con la delincuencia cueste lo que cueste. La política de seguridad se volvió casi un grito de guerra. Y cuando la política empieza a hablar de guerra, las cosas se empiezan a torcer. Porque una cosa es que el Estado persiga delitos y otra muy distinta es que termine matando gente por un puñado de ovejas. Nadie está diciendo que robar esté bien ni que el abigeato sea un chiste. Pero hay una regla básica en cualquier democracia: la respuesta del Estado tiene que ser proporcional. No podés convertir cada delito en una ejecución. Pero el clima político de aquellos años empujaba para otro lado. Se instaló la idea de que la seguridad se arreglaba a los tiros, con más cárcel y con más músculo policial. Y cuando ese discurso baja desde arriba, en la calle alguien siempre termina interpretándolo a su manera. El problema no es solo la bala que sale del arma. El problema es el mensaje político que rodea ese disparo. Cuando durante años se repite que hay que defender la propiedad a cualquier precio, el riesgo es que un día alguien termine creyendo que una oveja vale lo mismo que una vida. O peor: que vale más. Y ahí es donde esta historia deja de ser un expediente judicial y se vuelve una pregunta incómoda. ¿Qué tipo de país queremos ser? Uno donde la policía persigue delitos con inteligencia y límites, o uno donde, en medio de la oscuridad de un camino rural, alguien decide que lo más fácil es disparar y después ver qué pasa. Porque al final del día, cuando se apagan los discursos y se guardan los micrófonos, la imagen que queda es simple y jodida de digerir: una moto tirada en la tierra, un gurí muerto y tres ovejas en el suelo. Y un país entero tratando de convencerse de que eso era inevitable. Pero no lo era.