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El horror contado por Sara

El caso de Moisés Martínez Pereira no empezó el día en que mató a su padre. Empezó muchos años antes, en una casa atravesada por abusos sexuales, torturas, golpes, amenazas y miedo. La condena a 12 años de prisión volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para Uruguay: qué pasa cuando una niña denuncia, el agresor vuelve a circular cerca de sus víctimas y el Estado no logra proteger a una familia marcada por la violencia intrafamiliar.

Advertencia: esta nota contiene referencias a abuso sexual infantil, violencia intrafamiliar y maltrato físico.

Carlos Martínez y Mercedes Pereira tuvieron seis hijos. Les pusieron nombres bíblicos: Ana, Moisés, Sara, Zacarías, Joel y Ezequiel. Los tres mayores fueron quienes más tiempo convivieron con el padre y quienes más recuerdos arrastraron de aquella casa: insultos, golpes, castigos, abusos y una forma de terror que no terminaba cuando Carlos Martínez se iba, porque su presencia seguía pesando incluso en su ausencia.

Carlos Martinez

Sara Martínez, una de las hijas, contó que sus primeros recuerdos de miedo hacia su padre aparecieron en la escuela, pero que con el tiempo, ya en terapia y atravesando una depresión, comenzaron a desbloquearse escenas anteriores, incluso de jardín de infantes. La familia vivía en una casa de madera, sin habitaciones separadas. Los niños dormían en cuchetas, en un espacio mínimo que también funcionaba como living o comedor. En ese lugar, de noche, mientras sus hermanos dormían cerca, su padre abusaba de ella.

Según su testimonio, los abusos ocurrían sobre todo cuando la madre se iba de madrugada a trabajar en un supermercado. Sara sabía que, cuando Mercedes salía, podía venir otra vez lo mismo. Después de cada abuso, Carlos Martínez lloraba, le pedía perdón y le daba un alfajor de maní, chocolate y dulce de leche. Al principio, ella intentó creer que ese arrepentimiento significaba algo. Llegó a contar decenas de veces. Después entendió que ese pedido de perdón era parte de la manipulación para que no hablara. Ese alfajor, que de niña le gustaba, quedó asociado para siempre al abuso.

Sara, a la izquierda, como abanderada en su escuela el mismo año en que denunció a su padre.

La violencia no era solamente sexual. Sara recordó castigos que define como torturas. Su padre podía encerrarla en un galpón hasta la madrugada por no querer saludarlo. También podía levantar a los hijos durante la noche, llevarlos al baño y dejarlos horas bajo agua fría. En otras ocasiones los obligaba a arrodillarse sobre pedregullo como forma de castigo. Antes de golpear a sus hermanos, Sara tenía una tarea asignada: cuando Carlos Martínez llegaba de trabajar, debía limpiarle los pies durante 40 minutos o una hora, con los pies del padre apoyados sobre sus piernas. Con el tiempo, ese ritual también se transformó en otra forma de abuso.

Sara también reconstruyó episodios en los que el padre la tocaba mientras la madre estaba en la cocina o se daba vuelta, y situaciones ocurridas incluso en una moto, cuando él tomaba su mano para obligarla a tocarlo. De niña, su deseo era vivir sin su padre, aunque al mismo tiempo sentía que eso nunca iba a pasar. Era una infancia partida entre las ganas de hablar y el miedo a lo que podía ocurrir si hablaba.

Ana, en el centro, junto con sus hermanos menores Sara y Ezequiel.

Ana, la hermana mayor, también fue reconstruyendo con el tiempo distintas señales de manipulación. Recordó que el padre tenía tratos diferenciados con Sara: le compraba ropa o championes mientras a otros hijos podía no importarles que usaran calzado roto. Con los años, Ana entendió que esa diferencia también funcionaba como una forma de control y silenciamiento. Carlos Martínez vigilaba los movimientos de Sara cuando iba al liceo, sabía dónde estaba, con quién se encontraba y a qué hora hacía determinadas cosas. Ese control también alcanzaba a la madre.

En una ocasión, cuando Sara empezó a tener su primer novio, el padre la vio tomada de la mano y reaccionó con extrema violencia. La empujó sobre una cama, se le tiró encima y comenzó a ahorcarla. Ana la vio ponerse violeta e intervino. Recibió una patada, pero considera que ese día su intervención le salvó la vida a su hermana.

Mercedes Pereira, madre de Sara y sus hermanos, celebrando el cumpleaños de su hijo menor después de que su esposo fue detenido por la denuncia.

La denuncia llegó cuando Sara tenía 12 años, a fines de 2010. Hasta entonces pensaba que su padre abusaba solo de ella. Pero un día vio cómo abusaba de Ana y decidió hacer algo. Escribió en un papel la frase “abuso sexual” y se lo dio a una amiga de la escuela. La amiga no lo entregó, pero otra compañera tomó ese papel y se lo llevó a la directora.

La directora llamó a Sara. Al principio ella negó lo ocurrido porque tenía miedo. Quería hablar, pero no sabía qué se le venía encima. Al día siguiente comenzó un proceso de declaración con profesionales. Aunque ya se había detectado que se trataba de una situación de abuso intrafamiliar, Sara afirma que la dejaron volver a su casa durante tres días. En ese tiempo quedó atrapada entre el alivio de haber hablado y el terror de que su padre se enterara.

Ana, Moisés y Sara sentados en la moto de un tío materno en Paysandú, en el norte de Uruguay.

Carlos Martínez también la manipulaba con la culpa. Le decía que, si hablaba, iba a dejar a sus hermanos sin padre. Sara sentía esa culpa, pero otra parte de ella entendía que denunciar era la única forma de ayudar a sus hermanos y sacar a la familia de aquella casa dominada por el miedo.

Después vino una instancia que ella recuerda como casi tan traumática como los abusos: la entrevista con un perito. Fue trasladada al hospital y la hicieron pasar a una sala junto a una hermana menor. Según relató, un perito varón le hizo preguntas explícitas y humillantes sobre el abuso. Le pidió que marcara con una regla el tamaño del pene de su padre y le preguntó por características del semen. Sara tenía 12 años. Lloró, pidió por su madre y sintió que el sistema que debía protegerla la estaba revictimizando.

Para ella, ese procedimiento mostró una falta grave de cuidado. Una niña que denuncia violencia sexual no debería ser interrogada de esa manera, menos todavía por un varón y en presencia de otras personas. A esa edad, además, ni siquiera se comprende del todo lo que está ocurriendo. La cabeza de una niña abusada por su propio padre queda atravesada por miedo, vergüenza, culpa y confusión.

Mientras tanto, Carlos Martínez sostenía hacia afuera otra imagen. En la escuela y en la iglesia evangélica aparecía como un hombre creyente, arrepentido, buen padre y buen cristiano. Decía haber dejado su propia casa de adolescente porque su padre había abusado de una hermana. Esa historia le permitía mostrarse indignado frente al abuso infantil, mientras él mismo repetía esa violencia dentro de su hogar.

Cuando fueron a detenerlo, Carlos Martínez se fugó y fue capturado al tercer día. En la causa declaró que abusaba de una de sus hijas porque sabía que así lastimaba a su esposa. Fue condenado a tres años de prisión. Para Sara, esa pena fue mínima frente a la duración y la gravedad de los abusos. Además, cumplió apenas una parte: al año recuperó la libertad.

Durante su tiempo en prisión, según el relato familiar, Carlos Martínez llamaba a una de sus hijas para amenazarla: si hablaba, la madre aparecería muerta. Cuando salió de la cárcel, Mercedes Pereira se negó a recibirlo nuevamente en la casa. Pero eso no significó que la familia quedara protegida. Sara recuerda que su padre empezó a aparecerse como una sombra: primero en la puerta del liceo, cuando ella era adolescente, y más adelante en su lugar de trabajo, cuando ya era adulta.

Después de la salida del padre de la casa, la vida familiar cambió. Mercedes trabajaba muchas horas, pero los hijos empezaron a compartir más momentos con ella sin el miedo constante de que Carlos Martínez volviera. Comenzaron a ir al parque, a tener Navidad, Reyes y cumpleaños, celebraciones que con el padre no tenían por la religión. Sara lo resume con una frase dura: antes sobrevivían; después empezaron a vivir.

Con los años también pudo comprender mejor la violencia que sufrió su madre. Recordó haberla visto con la cara hinchada, tapándose con una bufanda negra y diciendo que se había sacado una muela. También recordó una escena en la que vio a su madre colgada del cuello, sostenida por Carlos Martínez, con los pies en el aire. De niña pensó que Mercedes iba a morir.

Más adelante supo que su madre había sufrido violaciones, golpes y amenazas durante años. También relató que Carlos Martínez le provocó la pérdida de un embarazo al presionarle la panza con la rodilla durante la noche. Mercedes culpó durante mucho tiempo al médico porque el propio agresor le hizo creer que había sido culpa de él. También, cuando estaba embarazada de Sara, Carlos Martínez quería que abortara.

El rol de la iglesia también quedó bajo cuestionamiento. Cuando Carlos Martínez salió de la cárcel, el pastor le prestó un lugar para vivir. Lo primero que hizo, según Sara, fue ir a buscarla al liceo. Ella no sabía que podía salir antes y quedó paralizada al verlo. En la iglesia le decían que la única forma de sanar era perdonar y que quien había abusado de ella no era su padre, sino un demonio que se había metido en él. Ese discurso la afectó profundamente.

Hubo otro episodio que marcó su límite. La hicieron ir a ver a su padre con el argumento de que había tenido un accidente por su culpa y estaba por morir. Él volvió a pedirle perdón llorando y, según Sara, intentó abusar de ella nuevamente. Desde entonces decidió no verlo más. No volvió a denunciar porque no quería atravesar otra vez el proceso que había vivido de niña.

Moisés también cargó una historia de violencia extrema. Según Sara, con él hubo un ensañamiento particular. Si a otros hijos les daba cinco latigazos, a Moisés podía darle veinte. Carlos Martínez, que era carpintero y albañil, lo obligaba a trabajar hasta la madrugada en el galpón. Moisés tenía una cicatriz en la cara, luego cubierta con un tatuaje de una cruz, producto de un martillazo que le dio su padre.

Sara recordó un día en que volvió de la escuela y no encontraba a Moisés. Lo buscó en el galpón y lo encontró arrodillado, llorando. Al levantarle la remera, vio la espalda marcada por golpes. Moisés nunca se resistía porque le tenía terror al padre. Incluso de adulto, ciertos objetos, como zapatos de construcción, podían devolverle el miedo porque le recordaban a él.

Durante el juicio también surgieron elementos sobre situaciones de abuso hacia Moisés. Un psicólogo perito confirmó que existieron episodios de abuso contra él. Sara admite que durante años no llegó a dimensionar por completo las secuelas que su hermano cargaba.

Todo volvió a explotar en mayo de 2025. Mercedes Pereira vivía en Paysandú. Moisés fue a visitarla y la encontró muy mal. Ella le contó que Carlos Martínez había dicho que pensaba mudarse a Paysandú y reclamar la tenencia del hijo menor, que tenía 15 años. La madre estaba aterrada. Para mostrarle parte de lo que había vivido, se quitó la dentadura postiza. Los hijos no sabían que usaba dentadura. Ver a su madre sin dientes y escuchar que el padre podía volver a acercarse al hermano menor dejó a Moisés en shock.

Moisés regresó a Montevideo un viernes y habló con sus hermanas. Ana le confirmó que los abusos habían sido reales y que ella también había sido violada durante años. Sara le contó lo que había vivido, incluido el patrón del alfajor después de cada abuso. En esa conversación, Moisés también habló de abusos y violencias que sus hermanas desconocían.

Sara recuerda esas 48 horas como una explosión de información. Ya eran adultos, pero al hablar de esas experiencias parecían niños contándose por primera vez el horror que habían vivido. Moisés lloraba de una manera que ella nunca había visto. Le decía que le dolía mucho el pecho. El sábado, lo último que le pidió fue que lo llevara al parque a jugar, un recuerdo ligado a la época en que el padre estaba preso y la madre comenzó a llevarlos al parque.

Sara y sus hemanos

Moisés quería ver a su padre. Quería que les pidiera perdón, que les diera una explicación y que no se apareciera nunca más. Sara intentó convencerlo de que no fuera. Le contó más cosas sobre lo que Carlos Martínez era capaz de hacer, justamente para evitar ese encuentro. Pero Moisés fue igual.

El domingo 25 de mayo de 2025, Moisés Martínez Pereira mató a su padre de 14 disparos. Luego permaneció dos días junto al cuerpo. Finalmente llamó a la policía, reportó el homicidio y esperó la llegada de los efectivos para asumir su responsabilidad.

Casi un año después, el viernes 10 de abril de 2026, la jueza María Noel Odriozola condenó a Moisés Martínez Pereira a 12 años de prisión. La audiencia fue seguida en vivo por muchos uruguayos a través de YouTube.

La defensa, encabezada por Rodrigo Rey, había pedido que se aplicara el perdón judicial previsto en el artículo 36 del Código Penal uruguayo, que contempla casos de homicidio cometidos bajo intensa conmoción provocada por sufrimiento crónico producto de violencia intrafamiliar. La jueza descartó esa posibilidad. Uno de sus argumentos fue que durante 15 años la familia no acudió a mecanismos de protección como solución primaria.

Ese punto generó una fuerte reacción. Sara sostiene que ella sí denunció cuando tenía 12 años. Denunció, fue sometida a un procedimiento que vivió como revictimizante, su padre recibió una condena breve, cumplió solo una parte y después no hubo protección real para ella ni para su familia. El agresor pudo volver a acercarse, aparecer en el liceo, presentarse en lugares de trabajo y seguir generando miedo.

La sentencia provocó conmoción pública y movilizaciones impulsadas por los hermanos de Moisés. El debate dejó de ser solamente penal y pasó a tocar una pregunta más amplia: qué responsabilidad tiene el Estado cuando una niña denuncia abusos, cuando el agresor vuelve a circular cerca de sus víctimas y cuando la violencia intrafamiliar deja secuelas que no desaparecen con el paso del tiempo.

Días después de la condena, el presidente Yamandú Orsi recibió a Ana y Sara en una audiencia privada. La defensa apeló para intentar suspender la condena. Mientras se resuelve esa instancia, la jueza autorizó que Moisés espere la decisión definitiva en prisión domiciliaria, monitoreado con tobillera electrónica.

El caso de Moisés no puede separarse de la historia previa. No se trata de negar el homicidio ni de borrar la responsabilidad penal. Se trata de mirar el recorrido completo: una infancia atravesada por abuso sexual, torturas, golpes, amenazas, una denuncia temprana que no protegió, una condena mínima al agresor, su retorno a la vida de las víctimas y el colapso de Moisés cuando supo que su padre podía volver a acercarse al hermano menor.

Cuando Sara y sus hermanos fueron llevados a declarar a Homicidios, Moisés estaba en una celda y no pudieron verlo. Desde allí, le mandó un mensaje a su hermana: que ya podía comer el alfajor en paz.

Ese mensaje resume una herida que nunca fue solo individual. Detrás de Moisés están Sara, Ana, Mercedes y los hermanos menores. También está la pregunta que Uruguay todavía tiene pendiente: qué pasa cuando una niña denuncia, pero el sistema no alcanza a protegerla.

Fuente ; redacccion BBC