La tregua de dos semanas anunciada el martes 7 de abril por Donald Trump fue presentada como una ventana para desescalar el conflicto entre Estados Unidos e Irán, abrir negociaciones y evitar una nueva fase de bombardeos. Pero el cuadro real que dejó la jornada siguiente fue otro: Israel respaldó la pausa sobre Irán, aunque aclaró de inmediato que no la reconoce para Líbano, y pocas horas después lanzó su mayor ofensiva hasta ahora contra Beirut y otras zonas libanesas. Más que consolidar el alto al fuego, los hechos muestran una dinámica que lo vacía de contenido y empuja su fragilidad al límite.
Trump informó que suspendía por dos semanas los bombardeos contra Irán tras una propuesta de tregua mediada por Pakistán. Según Reuters, la Casa Blanca vinculó esa pausa a la reapertura total e inmediata del estrecho de Ormuz, mientras calificaba como “base viable” una propuesta iraní de 10 puntos para seguir negociando. Islamabad, por su parte, convocó a delegaciones de Estados Unidos e Irán a nuevas conversaciones el viernes 10 de abril, y el gobierno pakistaní informó este miércoles que el presidente iraní Masoud Pezeshkian ya confirmó la participación de Teherán.
Sin embargo, en el mismo movimiento en que aceptó la pausa sobre Irán, el gobierno de Benjamin Netanyahu marcó el límite político de ese entendimiento: sostuvo que el alto al fuego no rige para Líbano. Reuters consignó que Israel aceptó el plan estadounidense con la condición de que Irán cese las hostilidades y reabra Ormuz, pero dejó fuera de la ecuación a Hezbollah y al frente libanés. Esa definición desmintió, en los hechos, la idea de una desescalada integral que había sido sugerida por la mediación pakistaní.
La consecuencia fue inmediata. Associated Press reportó que, apenas horas después del anuncio de tregua, Israel bombardeó el centro de Beirut y otras áreas del país en la mayor oleada coordinada de ataques desde el inicio de esta fase de la guerra. El saldo preliminar informado fue de al menos 89 muertos y 700 heridos, con más de 100 objetivos atacados entre Beirut, el sur del Líbano y el valle de la Bekaa. Según AP, la ofensiva cayó además sobre una ciudad que ya concentraba a miles de desplazados. En el acumulado del conflicto, esa misma cobertura ubica la cifra de muertos en Líbano por encima de 1.530 y la de personas desplazadas por encima del millón. Reuters, por su parte, la eleva a 1,2 millones de desplazados.
Ese es el dato político central de esta hora: mientras Washington y Teherán prueban una pausa inestable para sentarse a negociar, Israel sostiene un frente de guerra que impide hablar de un verdadero alto al fuego regional. No se trata solo de una excepción técnica dentro del acuerdo. Al seguir atacando Líbano en plena tregua, Tel Aviv mantiene encendido uno de los principales puntos de escalada, conserva la presión militar y reduce al mínimo las posibilidades de que la pausa se transforme en una negociación más amplia y duradera. Esa conducta no prueba por sí sola una intención declarada de romper el acuerdo, pero sí muestra un patrón concreto: Israel actúa de una manera que hace mucho más probable su fracaso.
Del lado iraní, tampoco hubo una quietud plena. Kuwait informó este miércoles que sus defensas aéreas interceptaban desde las 8 de la mañana una ola de drones iraníes dirigida contra infraestructura crítica, incluidas instalaciones petroleras, centrales eléctricas y plantas desalinizadoras. Reuters señaló además que esos ataques provocaron daños significativos. Es decir: la tregua ya convive con nuevos hechos militares en el Golfo, un dato que confirma que la desescalada no está consolidada y que la región sigue parada sobre un equilibrio extremadamente precario.
En ese contexto, también cambió la situación del estrecho de Ormuz. La versión inicial de un cierre rígido y sostenido ya no describe con precisión el momento actual. Un alto funcionario iraní dijo a Reuters que Teherán podría reabrir el paso de manera limitada y controlada entre jueves y viernes, antes de la reunión con Estados Unidos en Pakistán. Bajo ese esquema, los buques tendrían que coordinar su tránsito con las fuerzas iraníes. El dato importa por dos razones: porque Ormuz sigue siendo una pieza de presión decisiva en la negociación y porque demuestra que ni siquiera uno de los puntos supuestamente centrales de la tregua está resuelto de forma clara y definitiva.
Así, la fotografía del miércoles 8 de abril no es la de una paz en marcha, sino la de una pausa parcial, contradictoria y bajo fuego. Hay una tregua entre Washington y Teherán, sí, y hay una mesa de conversaciones prevista en Islamabad. Pero también hay drones iraníes sobre Kuwait, un estrecho de Ormuz todavía sujeto a control militar y, sobre todo, una decisión israelí de continuar bombardeando Líbano cuando el resto de los actores intenta al menos abrir una instancia de negociación. En esas condiciones, el principal mensaje que deja la jornada es que el alto al fuego nació debilitado y que Israel, lejos de apuntalarlo, está operando para vaciarlo antes de que pueda convertirse en otra cosa.
Israel dinamita la tregua: mientras Washington y Teherán abren una pausa, Tel Aviv mantiene la guerra sobre Líbano









