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Del duelo a los rabanitos cagancheros.

En abril de 1920, la política uruguaya mostró una de sus caras más brutales. Una editorial publicada en El País, diario del que Washington Beltrán era copropietario, acusó a José Batlle y Ordóñez de corrupción y de manipular elecciones

En abril de 1920, la política uruguaya mostró una de sus caras más brutales. Una editorial publicada en El País, diario del que Washington Beltrán era copropietario, acusó a José Batlle y Ordóñez de corrupción y de manipular elecciones. En aquel clima de época, donde el honor de los dirigentes se defendía como si fuera una cuestión sagrada, la respuesta no fue una réplica periodística ni un debate público: fue un duelo a pistola. Al día siguiente, bajo la lluvia, en la cancha del Parque Central, Batlle y Beltrán se pararon frente a frente a 25 pasos. El primer intercambio no resolvió nada, pero en el segundo disparo Batlle, que tenía 63 años y experiencia en este tipo de enfrentamientos, hirió de muerte a Beltrán, diputado blanco de 35 años, que cayó prácticamente en el acto.

Lo importante de ese episodio no es solo el morbo de una muerte política en duelo, sino lo que revela sobre el Uruguay de entonces. No fue un hecho aislado ni una locura individual. Era parte de una cultura política en la que las peleas entre dirigentes, incluso las nacidas en la prensa, podían terminar a los tiros. El propio Batlle ya había participado en otros duelos en menos de un año, y después de matar a Beltrán juró no volver a batirse. Aquella escena condensó un tiempo en el que las diferencias entre blancos y colorados eran reales, profundas y hasta feroces, al punto de que había hombres dispuestos a jugarse la vida por esas banderas y por el lugar histórico que cada partido decía ocupar en el país.

Visto desde hoy, el contraste es enorme. Aquellos partidos que se enfrentaban como enemigos estratégicos terminaron convertidos, más de un siglo después, en socios electorales permanentes en distintos niveles de competencia. En 2024 y 2025 la Coalición Republicana volvió a ordenar acuerdos entre el Partido Nacional y el Partido Colorado, incluso con lema común en varias disputas departamentales, y dirigentes colorados empujaron explícitamente la idea de extender ese esquema todavía más. Esa es la foto actual: el partido de Batlle, que alguna vez disputó poder, relato y rumbo con los blancos, aparece cada vez más corrido hacia un papel subordinado dentro de una alianza donde el mando político, el peso territorial y la centralidad pública siguen del lado blanco.

Por eso aquella historia de 1920 también funciona como espejo roto del presente. Antes, colorados y blancos se medían como adversarios de verdad; hoy, buena parte del coloradismo parece resignada a funcionar como furgón de cola de quienes fueron sus rivales históricos. Y ahí aparece la ironía final de esta época: a varios de los dirigentes que se venden como “nueva política” ya ni el rojo ni el blanco les calzan del todo. Son, como se dice en la calle, rabanitos: colorados por fuera, pero cada vez más blancos por dentro. Ya no hay aquellas divisas defendidas con una pasión feroz, aunque fuera reaccionaria o violenta; lo que hay es una coalición electoralista, armada para conservar cuotas de poder, donde los viejos antagonismos se licuaron en conveniencias, cargos y acomodos. Y así, los que antes se desafiaban a muerte hoy administran juntos una misma decadencia: colorados entreguistas y blancos baratos.

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