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Cardamagate: el sumario a Damián Galó vuelve a poner la mira sobre cómo se manejó el contrato.

El caso Cardama sumó un nuevo capítulo con peso propio: la actual conducción del Ministerio de Defensa resolvió iniciar un sumario administrativo a Damián Galó, exdirector de Recursos Financieros de la cartera durante la gestión de Javier García. No se trata de un nombre lateral ni de un funcionario que pasaba por ahí. Galó aparece ubicado en una zona sensible del expediente: la del análisis financiero, la evaluación de riesgos y el seguimiento de un contrato que prometía terminar costándole al país millones de dólares.
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Un funcionario clave bajo sumario

La resolución de Defensa pone bajo observación la conducta funcional de Galó por varios puntos de fondo. Entre ellos, la falta de un análisis financiero adecuado del contrato con Cardama, la ausencia de alertas sobre los riesgos económicos de la empresa y el manejo de garantías que después terminaron bajo fuerte cuestionamiento.

No es un detalle administrativo. Es el corazón del asunto. Porque si quien tenía que mirar números, riesgos y respaldo económico no encendió luces rojas a tiempo, entonces el problema ya no se limita a la empresa española ni a la promesa incumplida de las patrulleras oceánicas. El problema pasa a ser también cómo se tomaron decisiones dentro del propio Estado uruguayo.

El contrato que se siguió empujando pese a las señales

A esta altura, el Cardamagate ya no puede leerse como un traspié aislado ni como una mala apuesta comercial. Lo que empieza a dibujarse es otra cosa: un proceso empujado aun cuando había elementos que ameritaban freno, revisión o al menos cautela.

En la base de la decisión de sumariar a Galó aparece una acusación política e institucional delicada: haber tolerado incumplimientos contractuales de Cardama. Eso cambia el eje. Porque una cosa es no prever del todo un problema futuro; otra, muy distinta, es seguir adelante pese a señales que ya estaban arriba de la mesa.

Ahí es donde el caso se vuelve especialmente serio. No solo por la dimensión del negocio frustrado, sino porque compromete la forma en que se administró dinero público, se evaluó a un contratista extranjero y se defendió —o no se defendió— el interés del país.

Damián Galó y el intercambio con el estudio contratado por Defensa

Uno de los puntos más delicados de esta etapa del caso pasa por los intercambios entre Damián Galó y José Delpiazzo, integrante del estudio jurídico contratado para asesorar al Ministerio de Defensa en este proceso.

Ese dato importa por dos razones. La primera es obvia: no se está hablando de rumores ni de comentarios sueltos, sino de conversaciones entre un jerarca con responsabilidades financieras directas y un estudio convocado para acompañar jurídicamente una operación millonaria. La segunda es más profunda: esos intercambios pueden ayudar a entender qué nivel de conocimiento había dentro del ministerio sobre los problemas del contrato y cómo se eligió actuar frente a ellos.

Audio de Delpiazzo respondiendo a consulta de Damián Galó de "como veía la cosa"con las garantías del astillero Cardama.

Como lo ven en España

En España, y sobre todo en Vigo y Galicia, el caso ya no se cuenta como una simple disputa comercial con Uruguay. Se está leyendo como un golpe serio para el astillero Cardama: pérdida de un contrato internacional clave, daño económico, crisis de imagen y un futuro cada vez más incierto para una empresa que venía presentando este negocio como una vidriera de proyección exterior. La rescisión del contrato por parte de Uruguay fue tratada por la prensa gallega como un hecho grave, con impacto directo sobre la situación del astillero y sobre su capacidad de sostener una narrativa de solvencia frente a nuevos clientes.

Lo más importante de las últimas semanas es que Cardama no recurrió administrativamente la rescisión dispuesta por el gobierno uruguayo. Eso en España se presentó como un giro clave: el astillero dejó caer esa vía, pero al mismo tiempo dejó abierta la puerta para reclamar por daños y perjuicios por otros caminos. Es decir, no dio la pelea principal donde Uruguay le marcó los incumplimientos, pero tampoco se resignó a cerrar el conflicto sin intentar cobrar o presionar después.

La prensa española también destacó otro movimiento revelador: Cardama renunció a la conciliación en Uruguay. El modo en que fue contado sugiere una retirada táctica más que una demostración de fortaleza. El mensaje es que el astillero está recalculando, buscando otra estrategia y tratando de no quedar atrapado en un terreno donde la posición uruguaya se endureció y la rescisión ya quedó políticamente consolidada.

A eso se suma un dato que en España fue leído casi como una humillación industrial: Uruguay ya está evaluando otras opciones para conseguir sus patrulleras, y en la prensa del otro lado del Atlántico empezó a aparecer Navantia como posible alternativa junto con otros oferentes. En otras palabras, mientras Cardama intenta defenderse, el negocio que alguna vez mostró como suyo ya empezó a circular por otros despachos y otros astilleros.

Hay además otro ángulo que pesa mucho en la cobertura española: el económico. Algunos medios remarcan que Uruguay calcula ahora que rehacer la operación podría costar más de 100 millones de euros, frente a los 82 millones del contrato original con Cardama. En España eso se usa de dos maneras: por un lado, como argumento para decir que la caída del acuerdo fue un desastre para todas las partes; por otro, como forma de insinuar que el gobierno uruguayo desarmó un negocio que hoy le saldría más caro reconstruir.

Pero el dato político más fuerte no está en el sobrecoste ni en la pelea judicial. Está en cómo se corre el foco. En la prensa española dominante, el caso no se presenta tanto como un escándalo sobre las irregularidades de fondo, sino como una crisis empresarial e industrial de Cardama. El centro del relato está en el golpe al astillero, no en el agujero que pudo haber dejado un contrato sostenido por garantías cuestionadas. Ese encuadre importa, porque muestra cómo en España el tema se nacionaliza como problema de empresa y empleo, mientras en Uruguay el expediente remite a responsabilidades políticas, administrativas y patrimoniales mucho más pesadas.

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Astillero español Cardama