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Cannabis regulado en Uruguay: una política que demostró que se puede avanzar

Uruguay vuelve a discutir cómo mejorar su sistema de cannabis regulado. Y eso, lejos de ser una señal de fracaso, confirma exactamente lo contrario: que existe una política pública viva, que se evalúa, se corrige y se adapta para responder mejor a la realidad de las personas usuarias.

A más de una década del inicio de este camino, la regulación uruguaya no solo resistió las campañas de miedo y los pronósticos catastrofistas de sus detractores, sino que dejó resultados concretos. El país construyó un modelo pionero que permitió sacar a miles de personas del contacto directo con el mercado ilegal, generar trazabilidad, abrir vías de acceso controladas y colocar el tema en un marco de salud pública y derechos, en lugar de dejarlo librado a la clandestinidad y al castigo.

Ese es el punto central que muchas veces se intenta ocultar: la regulación no nació para promover el consumo, sino para ordenarlo, controlarlo y restarle espacio al narcotráfico. Y con el paso de los años, esa orientación quedó ratificada. El sistema de farmacias, clubes cannábicos y autocultivo permitió que una parte creciente de quienes consumen cannabis pueda hacerlo dentro de un circuito legal, registrado y supervisado por el Estado.

Los datos más recientes muestran que cada vez más personas eligen esa vía regulada. Lejos de ser una mala noticia, como insinúan algunos sectores conservadores, se trata de una confirmación de que la política funciona. Cuando aumenta el registro de usuarios legales, lo que está creciendo no es la impunidad sino la formalización. Es decir: más ciudadanos dejando atrás la compra en el circuito irregular y pasando a un esquema donde hay reglas, límites, controles y seguridad jurídica.
También se confirma otra realidad importante: los clubes cannábicos y el autocultivo han mostrado una expansión sostenida dentro del marco legal.


Eso demuestra que la regulación fue capaz de ofrecer alternativas distintas para diferentes perfiles de usuarios, sin imponer un modelo único. Hay quienes prefieren cultivar, quienes optan por integrarse a clubes y quienes recurren a farmacias. Esa diversidad regulada es una de las fortalezas del sistema uruguayo.
Es verdad que el canal de farmacias aparece hoy como el más rezagado. Pero incluso ese problema debe leerse correctamente. No se trata de una prueba contra la regulación, sino de una señal de que la demanda legal creció hasta exigir una nueva etapa de fortalecimiento de la oferta. En otras palabras: el desafío actual no es justificar la existencia del sistema, sino ampliarlo y perfeccionarlo para que responda mejor a una política que ya demostró su utilidad.
En ese sentido, la revisión normativa que impulsa el Ircca va en la dirección correcta. Facilitar el vínculo con las personas usuarias, reducir trabas burocráticas y buscar un mejor equilibrio entre oferta y demanda no significa desregular, sino regular mejor. Un Estado inteligente no es el que congela sus normas como si fueran dogmas, sino el que observa, mide resultados y ajusta lo necesario para que los objetivos originales se cumplan con mayor eficacia.
Otro punto relevante es la discusión sobre las personas extranjeras que consumen cannabis en Uruguay. La situación actual genera una contradicción evidente: en un país que reguló para quitarle terreno al mercado ilegal, hay visitantes, estudiantes o trabajadores extranjeros que quedan empujados justamente hacia ese mercado irregular por no tener una vía legal de acceso. Si el objetivo es combatir la clandestinidad, cerrar esa brecha también forma parte de la maduración del modelo.

Lo más importante, sin embargo, es la perspectiva histórica. Durante años, los adversarios de esta política anunciaron un escenario de caos, desborde y deterioro social. No ocurrió. Lo que hubo fue la consolidación gradual de un sistema imperfecto, sí, pero infinitamente más racional que el prohibicionismo hipócrita que imperó durante décadas. Un sistema donde el Estado sabe, controla, registra y corrige, en vez de mirar para el costado mientras el negocio ilegal se fortalece.
La regulación del cannabis en Uruguay dejó una enseñanza política de fondo: cuando se abandona el moralismo punitivo y se apuesta por políticas públicas serias, los resultados pueden ser mejores para toda la sociedad. Menos mercado negro, más control institucional, más derechos para los usuarios, más información, más transparencia y más capacidad del Estado para intervenir donde antes solo mandaban la clandestinidad y el prejuicio.
Por eso el debate actual no debería girar en torno a si la regulación fue un error. La evidencia acumulada muestra que fue un acierto. La discusión real pasa por cómo profundizar sus logros, corregir sus puntos débiles y ampliar el alcance de una política que, con el correr de los años, terminó demostrando que era mucho más sensata que sus críticos.
Uruguay no tiene que retroceder. Tiene que hacer lo que viene haciendo: evaluar, ajustar y avanzar. Porque en materia de cannabis, regular no fue rendirse. Fue gobernar con inteligencia.

Foto ; Beeblebrox, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Beeblebrox, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons