Cuento corto
En las últimas instantáneas del día todavía se distinguían bultos oscuros avanzando entre nubes bajas, como si el pueblo caminara dormido. La niebla se había adueñado del escenario y todo parecía montado con una precisión cruel para que la lluvia, cuando decidía caer, lo hiciera con autoridad, lavando apenas —sin limpiar del todo— las sombras viejas. Los pasillos y los frentes de las casas estaban marcados por las pisadas de sus moradores: figuras que entraban como almas en pena y parecían traspasar las puertas sin abrirlas
La tormenta ya había ensayado un primer zarpazo.
Sobre los techos, como en un teatro de sombras, aparecían fantasmales los pararrayos y las chimeneas, teñidas de negro por la noche. Las luces se apagaban una a una, obedeciendo un orden preestablecido, como si alguien contara en voz baja. Flotaban todavía los olores de la merienda y de los pasteles de la tarde: un dulzor rancio, clavado en el aire. Una a una se apagaron las luces pueblerinas… menos una.
En la casa linda del pueblo —con el frente recién pintado, sin manchas de barro en la entrada— aún quedaban lámparas encendidas que dibujaban rectángulos amarillos sobre las paredes exteriores. Primero una sombra; después, un bulto deforme; y más tarde, por unos segundos, una silueta de hombre recortada con nitidez.
Adentro, agachado sobre un baúl antiguo, con la cabeza casi enterrada y tosiendo por el polvo, un joven apartaba sombreros que aleteaban en el aire, ropas que se desinflaban como globos, zapatos, papeles y todo tipo de recuerdos. Escarbaba como un perro que busca un hueso, y murmuraba —casi gemía— con la garganta tomada por la ansiedad:
—Tiene que haber una pista… algo… algo que sustente mi teoría.
Sudaba.
—No, no puede ser. Tiene que haber “algo”.
El baúl se cerró de golpe y quedó al descubierto su cara: joven, cubierta de pelusas y polvo, como un caramelo que cayó bajo una cama. Los ojos se le abrieron de repente, como si una idea le hubiera pegado un golpe en la nuca. Empezó a guardar todo en su lugar diez veces más rápido de lo que le había llevado sacarlo
Bajo corriendo hacia el comedor. Los escalones de madera resonaban como bombos apagados y repicaban al ritmo de su corazón. Atravesó el pasillo con la mirada fija, como si un hilo le tirara de las retinas hacia la sala. Abrio la puerta, empapado en transpiración.
Afuera, un dragón resoplaba e introducía su aliento agónico por la ventana de la casa linda del pueblo. Un aliento no ardiente, sino tibio, casi caliente, cargado de milenios y de cosas que no deberían haber despertado. Una agonía que parecía estar por terminar, porque allá arriba —muy arriba— las nubes chocaban y se abrirían paso entre explosiones largas, sostenidas, como tambores bajo tierra.
El dragón miró hacia el cielo y vio cómo se rompía, como un vidrio de azúcar.LLegó primero una llovizna fina, dulzona, engañosa. La cortina blanca de la ventana levantó vuelo.
Marcos vio la boca negra abriéndose paso en la pared: como un papel que se prende fuego desde el centro asomando una lengua blanca y de seda que, de a poco, cedía lugar a un hueco oscuro; una puerta hacia una caverna vacía, tenebrosa, atractiva. Sintió pánico cuando aquello lo absorbió, pero empezó a calmarse a medida que la oscuridad se transformaba en un paisaje diurno.
El cielo era limpio y celeste; el sol lastimaba los ojos y los pájaros endulzaban los oídos. Sin embargo, aun allí, algo olía a cosa prestada, a recuerdo armado. Marcos salió corriendo y sintió bajo sus pies descalzos la frescura del pasto recién humedecido por el amanecer. Corrió. Luego corrió más rápido.
Lo invadía una alegría casi violenta: esa libertad reconfortante de estar vivo con diez frescos años. Se detuvo para mirar el monte, allá lejos, hundido en un verde amarronado, y el monte le devolvió una quietud que no era paz: era espera.
Se sentó bajo un árbol y llenó los pulmones de mariposas, como si el aire tuviera alas. Sacudió una rama para cortarla y un gusano verde y grande le cayó sobre el brazo, arrancándole un grito de ardor y de vida. Se incorporó y fue hacia el Pozo de los Encantos, todavía frotándose el brazo. Ese pozo que le devolvía sus propias palabras exactas, pero antes las llevaba a un mundo lejano y las regresaba repetidas, graves, como si vinieran de un fondo sin fondo.
—¡Marcos! ¡La comida está lista! ¡Vamos, muchachito!
El corazón se le convirtió en un trapecista: daba vueltas en el aire y dibujaba figuras sin sostén. Miraba hacia abajo y, como siempre en esas caídas, no había rojo. Se le hizo una bola en el estómago y sintió el tirón hacia el suelo. La abuela había roto el hechizo.
Entonces revisó la biblioteca.
Las escrituras, tan antiguas como su abuela, esperaban entre tapas de cuero: oscuras, casi negras, marrones; muchas quebradizas, como flores secas aplastadas entre páginas. Pasó al salón central, ese lugar que el tiempo protegía y acunaba entre murmullos de reuniones antiguas de sociedad. Marcos entraba al gran salón iluminado por millas de cristales colgados en racimos del techo; Había fuentes de licores que, con manos artificiales, esperaban para llenar copas.
Cuando él entró, el murmullo se volvió al silencio. Los miriñaques dejaban de girar como una calesita cansada. Los hombres se acomodaban el moño y aclaraban la garganta. Las damas de cera se abanicaban para impedir que los años entraran en sus rostros. Y el niño con cara de caramelo —antes de caer bajo la cama— oía a la abuela presentárlo en sociedad:
—Este es mi nieto, Marcos. Saludá, hijito…
El pellizco era como una vacuna antitetánica. Entonces, disimuladamente, se escabullía de aquel museo de cera viviente y se iba a un lugar escondido a llorar su dolor. Llamaba a sus padres, pero no respondían. Ellos habían quedado abrazados para siempre dentro del coche, de espaldas, a la orilla de la ruta Interbalnearia.
—¡Despierten! ¡Despierta, papá! ¡Despierta, mamá!
Nada. Solo el rincón le devolvía su llanto.
El dragón recuperó fuerzas y aumentó la intensidad de su aliento. Por primera vez, Marcos pensó que aquello solo había estado adormecido y que ahora —justo ahora— volvía a vivir. Un fantasma blanco entró y se infló, enganchándose en la parte superior de la abertura de la caverna. Marcos fue hacia la ventana y la cerró. Casi todo parecía volver a la normalidad.
La abuela hacía treinta horas que yacía en el piso de la sala. Marcos preguntó si tendría frío. Eran los cuatro de la madrugada. ¿Cómo había pasado el tiempo?
Revisó minuciosamente el resto de la casa, buscando cosas que —aunque tuvieran el tamaño de una hormiga— pudieran ayudar a revelar el misterio. Buscó en el botiquín del baño: pastillas de todos los colores y tamaños, con corazones de químicos locos y despeinados. Tampoco encontré nada.
—Abuela, ¿estás bien? ¿Quieres que te tape o te encienda la estufa? Si eso… la enciendo así conversamos…
Marcos subió la estufa y también un cigarrillo. Le dio una pitada larga, exquisita, magistral. Ya no sudaba.
—Sabes, abuela, ¿en qué pensaba? Te lo digo. Pienso en una masa pegajosa, gelatinosa, que se mueve, que zozobra, pero nunca se parte. Nos amaga… derecha, izquierda. Nos susurra al oído como si quisiera conquistarnos con frases de amor. Nos susurra que todo está bien así. En ese adormecimiento cómodo entregamos parte —o casi toda— el alma. Nos dice que desconozcamos al amigo que nos tiende la mano y la sostiene para no caer en sus fauces. Nos dice que desconozcamos a esa mujer amada que, con su dulce voz, intenta despertarnos del sueño, del encanto.
Marcos tragó saliva. El fuego chisporroteó como si escuchara.
—Nos dice que nos cuidemos. Que lo que tengamos que hacer, lo hagamos a escondidas, entre paredes que cosen los ojos de la chusma… que, a propósito, es su amiga. Nos cortará el pelo y nos encerrará si orinamos en la calle. Si somos homosexuales o de pelo largo. Pero también encerrará a quien nos encerró… y también al carcelero de nuestro raptor. Nunca esa cadena se corta. Y, asustados, le hacemos caso. Es un monstruo baboso, pegajoso como una goma recién mascada. En sus brazos hay mil ojos que miran y nadie los puede coser.
Se inclinó, esperando una reacción.
—Es la hipocresía. ¿Y sabes qué, abuela? Oye, compañero.
Silencio.
¿Abuela?
La abuela no escuchaba. Ni miraba.
La lluvia golpeó ferozmente los techos y el dragón se dio a latigazos contra el piso, como si la noche hubiera caído dentro de la casa. A Marcos le pareció que su corazón ya no volvería del salto
La boca en la pared se abrió otra vez y el fantasma blanco entró de nuevo.
Segundos después, sonaron golpes en la puerta. Marcos —el hombre con cara de caramelo, el niño que alguna vez se escondio bajo la cama— no abrió ni respondió.
Seis hombres de azul entraron como un escuadrón de caballería, como un ejército de salvación multiplicado por los espejos. Adentro, entreverado con los reflejos, un joven lloraba sobre el cuerpo de una anciana casi desconocida por el tiempo que llevaba muerta. Dos policías se adelantaron y lo ayudaron a levantarse, tapándose la nariz y la boca con pañuelos. Lo pasaron como una posta a otros dos, que lo llevaron hasta la puerta.
Iban a salir cuando uno de ellos preguntó:
—¿Qué pasó aquí?
Marcos se dio la vuelta. Señaló arriba de la estufa, donde colgaba una foto, y sonriendo con una serenidad equívoca
—Fue él.
Y señaló la imagen: su niñez, con diez años frescos, mirando a la cámara como si supiera —desde entonces— que un día todo volvería a abrirse en la pared
Ganìmedes