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Más de un millón de refugiados sudaneses en Chad enfrentan recortes de ayuda mientras el mundo desvía recursos hacia la guerra.

La crisis humanitaria desatada por la guerra en Sudán vuelve a mostrar el costo real de un orden internacional que recorta alimentos, agua y refugio para los desplazados mientras prioriza gasto militar y disputas de poder. Agencias de la ONU advirtieron que el déficit supera los 428 millones de dólares y que la situación ya golpea con dureza a quienes huyeron de masacres, hambre y persecución.

Más de un millón de refugiados sudaneses que sobreviven en Chad se enfrentan a nuevos y drásticos recortes en la ayuda humanitaria, en una señal brutal del abandono al que quedan sometidas las poblaciones desplazadas cuando las grandes potencias reordenan sus prioridades. El Programa Mundial de Alimentos y ACNUR alertaron este 9 de abril que necesitan cubrir un faltante de 428 millones de dólares para sostener asistencia básica como alimentos, agua, refugio, salud y protección. Sin esos fondos, la emergencia seguirá agravándose en uno de los escenarios más duros de la región.

Chad alberga hoy a más de 1,3 millones de refugiados sudaneses, la mayoría llegados desde abril de 2023, cuando estalló la guerra entre el ejército sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido. Entre quienes cruzaron la frontera hay sobrevivientes de matanzas y de la hambruna en Darfur, una región que volvió a convertirse en símbolo del horror y de la indiferencia internacional. La dimensión del desplazamiento confirma que Sudán sigue siendo una de las peores catástrofes humanitarias del presente.

El problema ya no es una amenaza futura sino una realidad concreta. ACNUR informó que con los recursos actuales apenas puede asistir a cuatro de cada diez refugiados en Chad. Eso deja a decenas de miles de familias con acceso mínimo o nulo a techo, agua potable y atención sanitaria básica. En el este del país, más de 243.000 personas siguen atrapadas en zonas fronterizas porque no hay fondos suficientes para trasladarlas a asentamientos más seguros tierra adentro.

La falta de agua y de comida muestra hasta qué punto la crisis alcanzó niveles insoportables. En Ennedi Est, los refugiados sobreviven con menos de la mitad del mínimo diario de agua necesario, mientras las aulas superan en muchos casos los 100 niños por docente. El PMA, por su parte, ya redujo a la mitad la asistencia alimentaria para la mayoría de la población refugiada en las zonas que atiende, y advirtió que mujeres y niños pequeños están entre los más golpeados por esta poda.

Los propios datos humanitarios muestran que el deterioro social ya empuja a medidas desesperadas. El Consejo Noruego para los Refugiados señaló esta semana que más del 70% de los hogares refugiados en Chad reportó haber reducido sus comidas durante el último mes. No se trata de una cifra aislada: es el retrato de una población forzada a administrar el hambre, a resignar salud y a poner en riesgo su futuro para resistir un presente cada vez más hostil.

Aunque las agencias no detallaron en su comunicado todos los países responsables del recorte, ACNUR ya había señalado que la disminución de la ayuda exterior de Estados Unidos es una de las causas centrales del faltante. A eso se suma la decisión de otros donantes occidentales de redirigir recursos hacia defensa y seguridad, una lógica que vuelve a exhibir la jerarquía real del sistema internacional: para la guerra y la militarización siempre aparecen fondos; para quienes huyen de la guerra, nunca alcanza.

La situación en Chad también deja al descubierto una injusticia más amplia. Los países vecinos, empobrecidos y con capacidades limitadas, terminan absorbiendo el peso principal del éxodo mientras las potencias que moldean el tablero global administran la crisis a distancia. Chad ya es el país africano con más refugiados por habitante y supera 1,4 millones de refugiados y solicitantes de asilo en total, una carga enorme para un Estado con recursos escasos y necesidades internas profundas.

La tragedia sudanesa vuelve así a condensar una verdad incómoda: el hambre, el desarraigo y la intemperie no son solo consecuencia de la guerra, sino también del orden político y económico que decide quién merece ser salvado y quién puede quedar librado a su suerte. Mientras los recortes avanzan, la comunidad internacional vuelve a pedir paciencia a quienes ya escaparon de la muerte. Pero para cientos de miles de familias en Chad, la paciencia no llena un plato, no levanta un refugio y no reemplaza el agua que falta.