Cuando Sturla habla de “leyes anti-vida” no está tirando una frase al pasar ni hablando en abstracto. Está apuntando, aunque sin nombrarlas una por una en cada declaración, a dos normas muy concretas. Por un lado, la Ley 18.987, vigente desde 2012, que despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo en determinadas condiciones. Por otro, la Ley 20.431, promulgada a fines de 2025, que regula la eutanasia. Ese es el paquete que irrita a la Iglesia y que el cardenal vuelve a poner sobre la mesa cada vez que puede, envuelto en palabras sobre la familia, la esperanza, la paz y todo el decorado habitual. Pero abajo de ese envoltorio está la misma pelea de fondo de siempre: la Iglesia queriendo seguir metiendo cuchara en cómo vive, decide y se organiza la sociedad uruguaya.
Ahora bien, que el tono de Sturla sea sermoneador no quiere decir que el problema de fondo no exista. Porque existe, y bastante. Los datos oficiales del INE muestran que Uruguay alcanzó su pico de población en 2020 y desde entonces empezó a bajar. Además, las proyecciones revisadas en 2025 apuntan a una reducción sostenida de la población de acá a 2045 y 2070. Y si se mira el número de nacimientos, el asunto es todavía más evidente: el país viene registrando una caída fuerte y sostenida, y los datos preliminares de 2025 ubicaron los nacidos vivos en torno a 28.900, una cifra históricamente bajísima para Uruguay. O sea, más allá del tono de catequesis con dedo levantado, el problema demográfico está ahí, no es invento de nadie, y ya no se puede tapar con una mantita.
Lo que pasa es que Sturla no se queda en el dato frío. Lo que hace es enchufarle una interpretación moral. No dice solamente que nacen menos niños. Dice, en los hechos, que hay una cultura entera que se está yendo al demonio. Que la gente posterga compromisos, esquiva la paternidad, diluye la idea de familia y termina refugiándose en formas de vida más individuales, más prácticas y menos exigentes. Ahí fue cuando largó esa frase sobre “tener el perrito”, que hizo ruido porque sonó bastante soberbia, bastante canchera y bastante metida en la vida ajena. Como si desde el púlpito se pudiera resumir el drama social del Uruguay contemporáneo en una especie de postal de adultos solos con mascota y cero vocación de criar hijos.
Pero incluso esa frase, tan berreta como provocadora, toca una fibra real. Uruguay tiene problemas serios de envejecimiento, de baja natalidad, de hogares cada vez más chicos y de mucha gente viviendo sola. El cardenal agarra ese cuadro, le pone encima su filtro ideológico, y lo presenta como prueba de un país que habría perdido el rumbo. Donde él ve una crisis de vínculos humanos, otros ven precariedad económica, cambios culturales, incertidumbre laboral, dificultad para sostener proyectos de largo plazo y una vida cotidiana cada vez más cara. Pero claro, para la Iglesia siempre resulta más sencillo decir que el problema es la falta de fe, el compromiso flojo y la gente encariñada con el perro, antes que mirar de frente las condiciones materiales que hacen inviable formar una familia para una parte enorme de la población.
En ese marco también entra su idea de que no puede haber paz verdadera sin una cultura que proteja la vida “de forma integral”, incluyendo a los niños por nacer. Es la forma elegante, eclesiástica y bastante repetida de volver a meter el rechazo al aborto en un paquete más amplio, adornado con palabras nobles. Suena a mensaje espiritual, pero en el fondo es la misma disputa política de siempre. No hay mucha vuelta: Sturla busca reposicionar a la Iglesia como voz que opina sobre todo, desde la ley hasta la cama ajena, pasando por la familia, la natalidad, la soledad y el sentido de la vida. Una especie de comentarista moral permanente del país, aunque cada vez menos gente le compre el libreto completo.
Y después vino el otro tramo de su reflexión, el del “mesianismo exitoso”. Ahí Sturla se puso teológico, pero sin dejar de meter una lectura bastante clara sobre el presente. Trajo a cuento la interpretación de Benedicto XVI sobre el Evangelio de Mateo y la figura de Barrabás. Recordó esa idea de que, en algunas traducciones antiguas, Barrabás también aparecía con el nombre de Jesús, lo que convertía la escena en una elección entre dos tipos de liderazgo: uno triunfal, inmediato, de impacto, casi marketinero; y otro derrotado, doloroso, humillado, incómodo, sin promesa de éxito rápido.
Según Sturla, la multitud eligió a Barrabás porque quería una salida fácil, un mesianismo efectivo, una solución ya, servida en bandeja y sin esfuerzo interior. Y contrapuso eso con el Jesús de Nazaret, el del sacrificio, la entrega, el compromiso personal, el triunfo del amor y toda esa arquitectura moral que la Iglesia pone sobre la mesa cuando quiere diferenciar profundidad espiritual de exitismo berreta. Leído así nomás, parece una reflexión bíblica. Leído en contexto, también suena a comentario bastante transparente sobre la época: tiempos de liderazgos fuertes, frases simples, soluciones mágicas, promesas exprés y mucho vendedor de humo con aura de salvador.
No hace falta forzar demasiado para ver que Sturla está hablando también del clima político y cultural actual, donde abundan los personajes que ofrecen mano dura, orden instantáneo, prosperidad en cuotas y respuestas para todo en veinte segundos. El cardenal no dio nombres, pero el tiro se entiende. Su crítica al “mesianismo exitoso” funciona como advertencia contra los atajos y contra esa fascinación medio infantil por el líder providencial que viene a arreglarlo todo. Otra cosa es que la propia Iglesia no haya sido durante siglos bastante amiga de los verticalismos, los dogmas cerrados y las verdades empaquetadas. Pero bueno, detalles.
Después aparece el capítulo del Papa León XIV y la posible visita a Uruguay. Acá conviene no vender humo porque, por ahora, humo es lo que sobra y confirmaciones lo que falta. Lo que existe hoy son señales, expectativa y comentarios de Sturla, pero no una comunicación oficial cerrada del Vaticano con fecha estampada. El cardenal dijo que tiene la esperanza de que el Papa venga antes de que termine el año y que cualquier definición estaría atada a que termine primero el ciclo electoral en Perú.
Eso tiene sentido desde el punto de vista diplomático y eclesiástico. El cronograma oficial peruano fija las elecciones generales para el 12 de abril de 2026 y el nuevo presidente asumirá el 28 de julio. León XIV, además, tiene un vínculo especialmente delicado con Perú por su historia pastoral allí, así que difícilmente se largue a hacer movimientos que puedan ser leídos como interferencia en plena campaña. No se trata de un detalle menor ni de una escala más en una gira cualquiera: Perú, para este pontífice, no es un lugar neutro.
A eso se suma otro elemento pesado. El Vaticano viene siguiendo de cerca asuntos muy sensibles en ese país, entre ellos el escándalo del Sodalicio y la cuestión de las reparaciones a las víctimas, un tema que volvió a ocupar espacio esta misma semana. Todo eso ayuda a entender por qué una eventual gira sudamericana se maneja con pies de plomo. Se habla de Perú, de Argentina y de Uruguay como posibles destinos de un mismo recorrido, pero por ahora el asunto está más en la zona de la especulación seria que en la de la confirmación formal. O dicho más simple: entusiasmarse, se pueden entusiasmar todos; darlo por hecho, todavía no.
En definitiva, lo que dejó Sturla en estas horas no fue apenas un saludo pascual ni una invitación amable a vivir la fe con alegría. Fue, más bien, una intervención política y cultural bastante completa, envuelta en lenguaje religioso. Por un lado, volvió a cargar contra leyes que la Iglesia considera inadmisibles y que forman parte de transformaciones profundas del Uruguay laico. Por otro, se montó sobre un problema demográfico real para convertirlo en prueba moral de una sociedad cada vez más desvinculada, más envejecida y menos dispuesta a reproducir el modelo familiar que la Iglesia sigue vendiendo como ideal. Y además metió su propia lectura sobre los liderazgos de época, los salvadores instantáneos y la demanda social de soluciones fáciles.
En el fondo, el mensaje tiene menos de celebración y más de ofensiva. La Iglesia sabe que perdió centralidad, sabe que el Uruguay de hoy no se deja disciplinar tan fácilmente desde el altar y sabe también que buena parte de la sociedad vive cada vez más lejos de su doctrina. Pero aun así insiste. Insiste en disputar sentido, en opinar sobre la vida privada, en diagnosticar el rumbo moral del país y en presentarse como reserva ética frente a un mundo que, según su relato, se desarma entre leyes modernas, vínculos flojos, individualismo, mascotas y promesas de cartón.
Dicho sin incienso: Sturla no solo habló de Pascua. Volvió a marcar territorio. Y lo hizo con la vieja receta de siempre: un poco de angustia social real, un poco de nostalgia por un orden perdido, una buena dosis de condena moral y la pretensión, nunca del todo abandonada, de seguir diciéndole a los demás cómo deberían vivir.









