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Lacalle Pou ordena la tropa y baja linea de boicotear.

El dato político más fuerte no es solamente el intento de frenar las obras. Es que haya tenido que salir Lacalle Pou en persona a ordenar la cancha.

Lo de estos días en la Junta Departamental de Montevideo deja bastante claro por dónde viene jugando la oposición: no discutir cómo mejorar la ciudad, sino cómo impedir que el oficialismo avance. El nuevo paquete de préstamos que impulsa Mario Bergara ronda los US$ 300 millones y apunta a obras en limpieza, saneamiento, calles, veredas y revitalización de la Ciudad Vieja. Para aprobarlo necesita mayoría especial, y ahí apareció otra vez la vieja receta: trancar, demorar y convertir una herramienta de gestión en un campo de batalla político. Según informó Búsqueda, Luis Lacalle Pou intervino personalmente para plantear a ediles blancos que no acompañaran el crédito. Del lado del oficialismo, la maniobra fue leída como una señal clarísima de conducción directa desde arriba.

El dato político más fuerte no es solamente el intento de frenar las obras. Es que haya tenido que salir Lacalle Pou en persona a ordenar la cancha. Eso expone dos cosas al mismo tiempo: primero, que abajo suyo el Partido Nacional muestra poca capacidad de mando real y muchas fisuras cuando llega la hora de definir una estrategia; segundo, que sigue siendo la única figura con peso suficiente para disciplinar, arrastrar votos y evitar desmarques. De hecho, la discusión se encendió justamente porque algunos ediles blancos no descartaban acompañar el préstamo, lo que revela que ni siquiera dentro del propio nacionalismo había una negativa cerrada. O sea: sin la sombra del expresidente encima, la línea de bloqueo ni siquiera parecía garantizada. Esa necesidad de intervención directa deja a la vista una oposición con jefatura muy concentrada y con problemas para proyectar liderazgos sólidos hacia adelante.

Y además hay antecedente. No es la primera vez que pasa. En 2022 la Intendencia de Montevideo intentó sacar adelante un préstamo del BID por US$ 70 millones para saneamiento y limpieza. En aquella votación no se alcanzó la mayoría especial: fueron 20 votos a favor y 11 en contra, y la iniciativa quedó frenada. Después, meses más tarde, el proyecto reformulado sí terminó siendo aprobado para saneamiento, también por US$ 70 millones. O sea, ya hubo un episodio donde la oposición eligió primero bloquear una herramienta para obras sensibles y recién después, con cambios y más demora, habilitar parte del camino. El patrón no parece ser el control riguroso del gasto, sino una política de desgaste: si la obra sale, que salga tarde; si se puede enlentecer, mejor; y si de paso se complica la gestión del adversario, mejor todavía.

Ese es el problema de fondo con esta estrategia. Porque una oposición que se para solamente en el “no” puede sacar rédito en la rosca del momento, pero queda vacía cuando tiene que ofrecer un horizonte. Trancar préstamos para limpieza, saneamiento o recuperación urbana puede servir como gesto de dureza partidaria, pero también transmite una idea bastante pobre del futuro: no construir una alternativa, sino obstaculizar la ajena. Y cuando la principal carta sigue siendo que Lacalle Pou baje línea de forma directa para evitar fugas, lo que aparece no es fortaleza, sino fragilidad. Una fragilidad tapada con disciplina vertical y con una táctica de corto plazo: poner palos en la rueda, aunque la rueda sea la de Montevideo misma.

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