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Chernóbil, 40 años después

El 26 de abril de 1986, una prueba técnica mal gestionada, un reactor con fallas de diseño y una cultura de silencio estatal provocaron el peor accidente nuclear de la historia. Cuatro décadas después, Chernóbil sigue hablando: de ciencia, de poder, de trabajadores enviados al límite, de pueblos vaciados y de un mundo que todavía juega con riesgos que no siempre está dispuesto a mirar de frente.
La ciudad de Prípiat se fue a dormir como cualquier otra noche. Era sábado de madrugada, había familias, jóvenes, trabajadores de la central, niños que al otro día iban a seguir jugando en una ciudad levantada como vitrina del progreso soviético.

A pocos kilómetros, en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, el reactor número 4 entraba en una prueba que, en los papeles, debía ser técnica y controlada: comprobar si la inercia de una turbina podía seguir alimentando por unos segundos las bombas de refrigeración en caso de corte eléctrico.

Explosión registrada tras el impacto de un dron contra el Nuevo Confinamiento Seguro de Chernóbil, la enorme estructura construida para cubrir el reactor 4 y contener los restos radiactivos del accidente de 1986

A la 01:23 de la madrugada del 26 de abril de 1986, la historia dejó de ser una prueba. En cuestión de segundos, el reactor se volvió ingobernable. Los informes técnicos posteriores ubicaron la secuencia crítica entre la 01:23:04 y la activación de emergencia a la 01:23:40. Luego vinieron las explosiones, el incendio, el grafito ardiendo, el combustible nuclear expulsado al aire y una nube radiactiva que empezó a viajar sin pedir permiso por Ucrania, Bielorrusia, Rusia y buena parte de Europa.

La causa no fue una sola: fue una cadena

Durante años se intentó reducir Chernóbil a “error humano”. Esa explicación era cómoda: ubicaba la culpa en unos operadores, cerraba el expediente y dejaba más o menos intacto el prestigio de un sistema que no quería admitir sus fallas. Pero Chernóbil fue más que una mala decisión en una sala de control.

El reactor RBMK-1000 tenía vulnerabilidades conocidas. Una de las más graves era el llamado “coeficiente de vacío positivo”: cuando aumentaban las burbujas de vapor dentro del núcleo, podía aumentar la reactividad en vez de disminuir. En condiciones inestables, eso convertía al reactor en una máquina peligrosa. A eso se sumó el diseño de las barras de control, que al insertarse podían generar inicialmente un aumento de potencia en vez de apagar de inmediato la reacción.

El Hotel Polissya (Готе́ль Полісся) era uno de los símbolos de la ciudad de Prypyat, situada junto a la central de Chernobyl. Cuando se produjo la catástrofe de 1986, este fue el hotel en el que durante unos años se alojaba el personal de las comisiones científicas que trabajaron en el reactor N4. Como curiosidad, durante los días posteriores a la explosión, la planta superior de este hotel se usó como torre de control improvisada para coordinar a los helicópteros que intentaban tapar el cráter de la explosión con sacos de material aislante para intentar reducir la radiacción que este emanaba.

La prueba se hizo con el reactor en una zona de baja potencia, especialmente delicada. Se desactivaron sistemas automáticos, se forzó la operación y se llegó a un punto en que el reactor estaba técnicamente vivo, pero fuera de control. Cuando se intentó apagarlo, el diseño respondió de la peor manera posible: en lugar de cortar la reacción a tiempo, ayudó a dispararla. La presión aumentó, los canales de combustible se rompieron, la tapa superior del reactor se levantó y el núcleo quedó expuesto.

Por eso Chernóbil no puede leerse solo como un accidente de operadores. Fue una falla técnica, sí. Pero también fue una falla de cultura institucional: secretos, advertencias no escuchadas, reglamentos insuficientes, confianza excesiva en la tecnología y una jerarquía que prefería obediencia antes que transparencia.

La ciudad que evacuaron tarde

En la zona de exclusión de Chernóbil, muchos objetos que hoy aparecen en fotografías —como máscaras de gas, muebles o materiales abandonados— no siempre pertenecen directamente a la noche del accidente. Tras la evacuación, la limpieza de los sectores más contaminados, la caída de la URSS y años de saqueos, varios espacios fueron alterados, vaciados o incluso reacomodados. Por eso, cada imagen del lugar también debe leerse con cuidado: no todo lo que parece testimonio directo de la tragedia lo es.

Prípiat no fue evacuada de inmediato. La población siguió allí durante horas decisivas, mientras la radiación ya estaba en el aire, en la ropa, en los techos, en el polvo, en la leche y en la vida cotidiana. La evacuación comenzó recién el 27 de abril a las 14:00, unas 36 horas después del accidente. Más de mil ómnibus llegaron a la ciudad y en menos de tres horas Prípiat quedó vacía. La gente salió pensando que volvería pronto. No volvió.

Esa demora fue una de las marcas más crueles de la tragedia. No solo por la exposición física, sino por lo que reveló: frente a una emergencia de esa magnitud, la información fue tratada como un problema político antes que como un derecho de la población.

Los liquidadores: el cuerpo humano como última barrera

Después de la explosión, aparecieron los liquidadores. Bomberos, militares, técnicos, médicos, ingenieros, choferes, obreros, científicos y trabajadores de la propia central. Muchos sabían poco. Otros sabían demasiado. Todos fueron parte de una operación desesperada para apagar incendios, retirar escombros, medir radiación, descontaminar calles, enterrar suelo contaminado, construir barreras y levantar el primer sarcófago sobre el reactor destruido.

Antena del radar soviético Duga, dentro de la zona de exclusión de Chernóbil. La gigantesca estructura formó parte del sistema de alerta temprana de la URSS durante la Guerra Fría y hoy permanece como una de las imágenes más impactantes del abandono posterior al desastre nuclear.

Se estima que unas 600.000 personas participaron en esas tareas. Algunos trabajaban por turnos de pocos minutos en zonas donde la radiación era brutal. Donde los robots fallaban, entraban personas. A esos trabajadores se les llamó “biorrobots”, una palabra fría para describir algo muy concreto: seres humanos puestos en el lugar donde la máquina no resistía.

La heroicidad de los liquidadores no debería usarse para tapar la irresponsabilidad que los puso allí. Muchos evitaron una catástrofe todavía mayor, pero lo hicieron pagando con salud, miedo, silencio y, en varios casos, con la vida.

Las consecuencias: muerte, enfermedad y desarraigo

Las cifras de Chernóbil siguen siendo discutidas porque no todo daño radiactivo es fácil de medir, y porque los efectos se mezclan con crisis sociales, pobreza, desplazamiento, colapso soviético y décadas de incertidumbre. Aun así, hay datos duros.

Según informes internacionales, 31 personas murieron en el período inmediato posterior al accidente. La consecuencia médica más clara fue el aumento de cáncer de tiroides en personas expuestas de niñas o adolescentes, especialmente por el consumo de leche contaminada con yodo radiactivo. UNSCEAR informó que para 2005 se habían diagnosticado más de 6.000 casos de cáncer de tiroides en ese grupo, y que una gran parte probablemente se atribuye al yodo radiactivo liberado por el accidente.

La contaminación afectó enormes territorios de Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Naciones Unidas ha señalado que cerca de 155.000 kilómetros cuadrados quedaron contaminados y que millones de personas estuvieron expuestas a la radiación en distintos grados. También hubo reasentamientos masivos, pérdida de tierras agrícolas, pueblos abandonados y comunidades que quedaron marcadas por una palabra imposible de olvidar: evacuación.

Pero Chernóbil no fue solo radiación. También fue trauma. Fue vivir con miedo a lo invisible. Fue criar hijos preguntándose si el suelo, el agua o la leche estaban contaminados. Fue ver cómo una ciudad moderna se transformaba en ruina turística. Fue el derrumbe de una confianza: la idea de que el Estado siempre sabe, siempre protege y siempre dice la verdad.

La naturaleza volvió, pero no borró la tragedia

Con los años, la zona de exclusión se llenó de vegetación y fauna. Hay bosques, animales, edificios cubiertos por árboles y calles que parecen tragadas por la tierra. Esa imagen suele alimentar una lectura engañosa: “la naturaleza ganó”. En parte sí, porque la vida volvió donde se retiró la actividad humana. Pero eso no significa que el problema haya desaparecido.

Los radionúclidos persisten en el suelo, en plantas, en hongos, en animales y en zonas donde los incendios pueden volver a mover partículas contaminadas. La radiación ambiental bajó, pero Chernóbil no es un parque inocente. Es una herida encapsulada.

Del sarcófago soviético al nuevo confinamiento

Después del accidente se construyó a toda velocidad una estructura de contención conocida como sarcófago. Era una solución urgente, no definitiva. Décadas más tarde se levantó el Nuevo Confinamiento Seguro, una enorme estructura metálica diseñada para cubrir el reactor 4 y permitir trabajos de desmantelamiento más seguros.

Esa obra fue presentada como una respuesta de largo plazo. Sin embargo, Chernóbil volvió a quedar en zona de riesgo con la guerra en Ucrania. En febrero de 2025, un ataque con dron dañó el Nuevo Confinamiento Seguro. La Agencia Internacional de Energía Atómica informó luego que la estructura perdió funciones primarias de seguridad, incluida la capacidad de confinamiento, aunque sin daño permanente en las estructuras de carga ni en los sistemas de monitoreo.

En un informe de 2026, la propia AIEA señaló que el daño provocado por el ataque y el incendio posterior impedía cumplir los dos objetivos principales del confinamiento: contener materiales radiactivos y permitir el desmontaje seguro de estructuras inestables y materiales con combustible nuclear.

Ese dato devuelve a Chernóbil al presente. No como museo de una tragedia soviética, sino como advertencia viva en medio de una guerra contemporánea.

Lo que Chernóbil cambió

Chernóbil obligó al mundo nuclear a revisar normas, diseños, protocolos de emergencia, sistemas de información y cooperación internacional. El accidente impulsó acuerdos de notificación temprana, asistencia mutua y una mirada mucho más dura sobre la seguridad nuclear. También golpeó la confianza pública en la energía atómica y fortaleció movimientos antinucleares en varios países.

Pero no terminó con la energía nuclear. El sector siguió, con más controles y nuevas capas de seguridad. La discusión continúa hasta hoy: para algunos, la energía nuclear es una herramienta necesaria frente al cambio climático; para otros, sigue siendo una tecnología demasiado peligrosa cuando falla la seguridad, la transparencia o la paz.

Chernóbil no da una respuesta simple. Lo que sí deja claro es otra cosa: ninguna tecnología puede sostenerse sobre secretos, improvisación y obediencia ciega.

Cuarenta años después, Chernóbil sigue siendo una palabra incómoda. No porque hable solo del pasado, sino porque señala problemas muy actuales: Estados que ocultan, empresas o sistemas que minimizan riesgos, trabajadores enviados a pagar errores ajenos, poblaciones que se enteran tarde y territorios que quedan marcados por decisiones tomadas lejos de la gente común.

Chernóbil fue un accidente nuclear, pero también fue una tragedia política y humana. Fue la noche en que una ciudad dormía tranquila mientras una máquina, una burocracia y una cultura del silencio se combinaban para cambiar la historia.

La radiación más peligrosa duró días, años o décadas según el material. La otra, la de la desconfianza, todavía no terminó de apagarse.

Fotos ; Joël van der Loo, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

CCTV camera, Public domain, via Wikimedia Commons

-Maikel-, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

Timm Suess, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

Vincent de Groot - http://www.videgro.net, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

LakeCountyIL, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons