Con más del 40% de los votos y una diferencia suficiente para imponerse en primera vuelta, Leonardo Loza quedó a las puertas de la Gobernación de Cochabamba. Pero lejos de una transición serena, cientos de campesinos y militantes mantienen una vigilia frente al centro de cómputo ante el temor de maniobras para frustrar un triunfo que puede devolver al evismo una base de poder decisiva.
Cochabamba volvió a convertirse en el corazón de la disputa política boliviana. Con el 97% de las actas computadas, Leonardo Loza superó el 40% de los votos y abrió la posibilidad concreta de una victoria en primera vuelta en un departamento clave para la articulación de las organizaciones sociales. Pero el dato electoral, por sí solo, no explica la dimensión de lo que está en juego.
Desde hace días, cientos de campesinos se mantienen frente al Hotel Regina, en Tiquipaya, donde se realiza el cómputo oficial, para custodiar el resultado. La escena no es menor: expresa la desconfianza de una parte importante del bloque popular hacia las instituciones que administran el proceso y el temor a que se intente bloquear la llegada del evismo a un nuevo enclave de poder territorial.
La victoria de Loza no aparece en el vacío. Se produce en un contexto de fuerte retroceso institucional y simbólico del Movimiento Al Socialismo tras la caída sufrida el año pasado, y en medio de una ofensiva política orientada a borrar la gravitación de Evo Morales del escenario nacional. Esa intención quedó expuesta con nitidez cuando una Asamblea Legislativa dominada en un 85% por fuerzas liberales y conservadoras no consiguió acordar leyes relevantes para el país, pero sí logró ponerse de acuerdo en una resolución para retirar el busto del expresidente del Parlamento.
Ese gesto no fue apenas decorativo. Formó parte de una operación más amplia para sepultar una experiencia política que, con todas sus tensiones, transformó la estructura social y estatal de Bolivia durante más de una década. Sin embargo, el resultado en Cochabamba vuelve a mostrar que ese ciclo no fue borrado ni en la memoria popular ni en la capacidad de movilización de sus bases.
Loza, uno de los dirigentes más leales a Morales, construyó su victoria sobre todo en el voto rural. Más de 400.000 sufragios, según los datos difundidos, provinieron fundamentalmente de esas zonas donde el tejido sindical, campesino e intercultural sigue teniendo una potencia política que el nuevo oficialismo no logró desactivar. Allí radica buena parte del nerviosismo que rodea el conteo final.
Durante la vigilia, circularon versiones sobre posibles cortes de energía y eventuales intentos de irrupción para dañar papeletas o alterar el proceso. En ese clima, las organizaciones sociales mantuvieron la alerta ante la presencia de infiltrados y denunciaron demoras injustificadas en la finalización del cómputo. La tensión no nace sólo de una sospecha puntual, sino de un cuadro político en el que el bloque popular siente que ya no disputa únicamente cargos, sino también el derecho mismo a seguir existiendo como actor central de la vida boliviana.
Ese malestar se alimenta, además, de antecedentes recientes. A comienzos de año, más de 70 puntos de bloqueo en distintas rutas terminaron forzando al Gobierno a derogar el decreto 5503, una norma de perfil neoliberal que habilitaba decisiones estratégicas sobre recursos naturales con escaso control institucional. Aquella pulseada demostró que, aun fuera del poder central, las organizaciones sociales conservan capacidad de daño, de presión y de iniciativa política.
Por eso la eventual llegada de Loza a la Gobernación tiene un peso que va mucho más allá del plano departamental. Para el evismo, Cochabamba puede convertirse en la plataforma desde la cual reordenar fuerzas, reconstruir alianzas entre campo y ciudad, reagrupar gremiales, transportistas, profesionales y sectores populares, y empezar a proyectar una estrategia de recuperación nacional de cara a 2030.
La lectura no es exagerada. Si Loza asume, el evismo volverá a tener una base institucional relevante desde donde mostrar gestión, defender recursos naturales, reivindicar el Estado Plurinacional y recomponer una narrativa de gobierno frente al nuevo bloque conservador. En otras palabras, Cochabamba podría funcionar como laboratorio de reagrupamiento para una corriente política que fue golpeada, perseguida y arrinconada, pero no derrotada en términos históricos.
También por eso la figura de Evo Morales sigue orbitando el proceso, incluso desde su reclusión política en el Trópico cochabambino y bajo el peso de órdenes de detención. Lejos de desaparecer, su liderazgo sigue operando como referencia estratégica, afectiva y organizativa para una parte significativa de las bases campesinas y sindicales. El intento de expulsarlo del relato oficial no ha logrado vaciar su centralidad en los territorios donde el proceso de cambio echó raíces profundas.
Lo que ocurre en Cochabamba, entonces, no es apenas una definición electoral. Es un capítulo más de la disputa entre dos proyectos de país: uno que busca clausurar el ciclo popular y restaurar una conducción subordinada a las élites liberales y conservadoras, y otro que, aun golpeado, sigue encontrando en la organización social una reserva de fuerza capaz de volver a irrumpir.
En esa disputa, la vigilia frente al centro de cómputo tiene un valor político preciso. No es sólo custodia del voto. Es una señal de que, para amplios sectores del movimiento popular boliviano, la democracia no se delega pasivamente: se defiende en la calle, con presencia, con memoria y con organización.
Leonardo Loza gana, el evismo resiste y el movimiento popular cuida voto por voto





