El dato político central no es sólo la medida en sí, sino lo que revela. Europa no está discutiendo únicamente cómo administra sus fronteras; está mostrando hasta qué punto una parte importante de su dirigencia decidió convertir la migración en coartada
La derecha vuelve a encontrar en la migración un culpable perfecto para esconder sus propios fracasos
Europa vuelve a girar hacia una receta vieja, conocida y peligrosa: cuando la política no sabe resolver el desgaste económico, la frustración social y el descrédito de sus propias élites, aparece el extranjero como blanco ideal. No porque sea el responsable real del problema, sino porque sirve. Sirve para simplificar, para agitar miedo y para fabricar un culpable visible mientras se esconden errores bastante más profundos. En estos días ese giro volvió a quedar expuesto con el avance de nuevas reglas para facilitar deportaciones y habilitar centros de retorno fuera del bloque, impulsadas por una mayoría cada vez más condicionada por la derecha y la extrema derecha.
El dato político central no es sólo la medida en sí, sino lo que revela. Europa no está discutiendo únicamente cómo administra sus fronteras; está mostrando hasta qué punto una parte importante de su dirigencia decidió convertir la migración en coartada. La lógica es brutalmente eficaz: si hay deterioro en los servicios públicos, presión sobre el empleo, inseguridad, malestar social o fatiga institucional, el discurso se acomoda para insinuar que el problema llegó de afuera. Así, quienes gobernaron durante años, recortaron, administraron mal o dejaron crecer la desigualdad encuentran una salida cómoda: desplazar la culpa hacia el último escalón de la cadena, el que menos poder tiene para defenderse.
Ese mecanismo no nació ayer, pero hoy está más aceitado que nunca. El peso político de las fuerzas de derecha dura y extrema derecha viene empujando a varios gobiernos y organismos europeos a endurecer el tono y las herramientas en materia migratoria. El lenguaje se vuelve cada vez más frío: ya no se habla de personas sino de flujos, contención, retornos, externalización. El truco semántico importa, porque cuando se vacía de humanidad a quienes llegan, resulta más fácil vender políticas cada vez más agresivas como si fueran meras soluciones técnicas.
El problema de fondo es que esa dureza selectiva convive con una memoria muy conveniente. Durante años Europa necesitó mano de obra extranjera en sectores mal pagos, envejeció sin resolver del todo su recambio demográfico y mantuvo economías que se beneficiaron del trabajo migrante mientras lo presentaban públicamente como amenaza. Cuando hizo falta limpiar, cuidar, cosechar, construir o sostener tareas rechazadas por buena parte del mercado local, el extranjero fue útil. Cuando se volvió rentable electoralmente, pasó a ser señalado como carga. Esa doble moral está en el centro del asunto.
Por eso el discurso del rechazo no debe leerse sólo como una discusión sobre fronteras, sino como una tecnología política de encubrimiento. La derecha radical y buena parte de la derecha tradicional entendieron que culpar al extranjero rinde más que explicar por qué la vivienda se volvió inaccesible, por qué los salarios pierden terreno, por qué la integración social se resquebraja o por qué las instituciones ya no convencen. Es mucho más sencillo señalar a quien llega en patera, en tren o caminando con una mochila, que admitir la responsabilidad de quienes gobernaron con recetas incapaces de responder al malestar real.
El riesgo es que esa deriva ya no queda en el terreno del discurso. Europa avanza hacia mecanismos que facilitan retornos a terceros países y consolidan la idea de sacar el problema de la vista, aunque eso implique trasladarlo a territorios con menos controles, menos garantías y más zonas grises jurídicas. La obsesión deja de ser resolver con justicia y pasa a ser alejar, expulsar, tercerizar. Lo importante no es qué ocurre con esas personas, sino que dejen de incomodar políticamente dentro de las fronteras del bloque.
Ahí aparece una de las hipocresías más notorias del momento. Europa se reivindica como espacio de derechos, legalidad y civilización democrática, pero al mismo tiempo tolera o impulsa dispositivos que, en la práctica, buscan poner distancia entre sus principios declarados y sus decisiones reales. Cuanto más lejos quede el migrante, menor parece ser el costo moral para quienes diseñan estas políticas. El problema es que la distancia geográfica no limpia la responsabilidad política. Apenas la disimula.
No es casual, además, que este endurecimiento conviva con episodios que exponen el costado más oscuro de la política de fronteras europea. Las investigaciones y denuncias que rodearon en los últimos años a la gestión de Frontex recordaron que detrás de la retórica de control hay antecedentes muy serios sobre abusos, encubrimientos y prácticas incompatibles con el relato humanista europeo. Es decir, no sólo se endurecen las normas: también se acumulan señales inquietantes sobre la manera en que ese endurecimiento puede traducirse en acciones concretas.
La frontera, entonces, ya no es sólo una línea geográfica. Es un escenario de propaganda. Allí la derecha fabrica orden simbólico: promete recuperar control, restaurar identidad, blindar la nación y castigar al intruso. Pero muchas veces ese espectáculo de firmeza no resuelve las causas del enojo social; apenas las administra. Convierte la frustración en resentimiento dirigido y ofrece una sensación de autoridad donde faltan soluciones de fondo. Es una política que funciona bien para ganar titulares, elecciones o puntos en encuestas, pero bastante peor para construir cohesión democrática.
También hay algo más perverso: este tipo de discurso obliga a toda la conversación pública a moverse en el terreno que marca la extrema derecha. Incluso cuando partidos tradicionales intentan despegarse de sus formas más brutales, muchas veces terminan copiando su agenda, endureciendo palabras y medidas por miedo a perder votos. Así, lo que hace algunos años parecía marginal se vuelve centro. Y lo que antes se presentaba como excepcional empieza a sonar razonable. Ese corrimiento del límite es una de las mayores victorias culturales de la derecha europea reciente.
En el fondo, la operación es transparente. Se exagera la amenaza externa para no discutir la decadencia interna. Se dramatiza la llegada del otro para evitar revisar la fragilidad del propio modelo. Se culpa al migrante por tensiones que nacieron mucho antes de que tocara la puerta. Y mientras tanto, quienes recortaron protección social, degradaron servicios, alimentaron desigualdad o vaciaron la política de respuestas concretas se presentan como salvadores del orden. El extranjero funciona entonces como coartada perfecta: no vota, no manda y carga con una culpa que otros le redactan.
Lo más grave es que esta estrategia no sólo deforma la discusión pública, sino que deteriora la calidad moral de las democracias europeas. Cuando el miedo se convierte en programa y la exclusión en herramienta de gobierno, el problema ya no es únicamente qué pasa con quienes intentan entrar, sino qué pasa con las sociedades que deciden cerrarse de ese modo. Porque una democracia que necesita fabricar enemigos vulnerables para sostener su equilibrio político empieza a parecerse demasiado a aquello que dice combatir.
Europa haría bien en preguntarse no sólo cómo frena la migración irregular, sino qué clase de democracia construye cuando convierte a la vulnerabilidad en enemigo público. Porque una cosa es gestionar fronteras y otra muy distinta es hacer de la exclusión un programa político. Y cuando la derecha necesita culpables externos para tapar responsabilidades propias, lo que queda al desnudo no es la amenaza del extranjero, sino la pobreza intelectual y moral de una dirigencia que prefiere perseguir síntomas antes que enfrentar sus propias ruinas.
Europa y la vieja coartada del extranjero










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