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EE.UU suspendió ayuda de 20 mil millones de dolares prometidos en campaña.

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Presidente de Argentina Javier Milei

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Durante la campaña que llevó a Javier Milei a la presidencia, una de las ideas que más circuló, tanto en los mercados como en el debate político y mediático, fue que Argentina tendría un respaldo financiero inmediato desde Estados Unidos si el libertario ganaba las elecciones.

En un país con reservas exhaustas, inflación descontrolada y una economía caminando otra vez al borde del abismo, esa promesa de auxilio externo no aparecía como un dato secundario, sino como una garantía implícita de gobernabilidad. Se instaló así la noción de que, con Milei en el poder, llegarían los dólares, el crédito y la confianza; y que, en cambio, si Milei no ganaba, esa ayuda no saldría y Argentina se caería.

Ese planteo no fue solamente económico. También fue político y electoral. Se construyó un clima en el que la estabilidad futura del país parecía depender de un alineamiento geopolítico claro con Estados Unidos y de la llegada de un gobierno dispuesto a ejecutar sin matices el programa de ajuste y reestructuración que reclamaban los sectores financieros. La idea de un “salvataje” externo operó así como una pieza central del relato de campaña: con Milei había respaldo, sin Milei venía el derrumbe. Esa lógica ayudó a consolidar una percepción de inevitabilidad, como si la única salida viable para Argentina pasara por ese camino.

Dentro de ese marco empezó a mencionarse un eventual paquete de hasta 20.000 millones de dólares, estructurado con participación de grandes bancos de Estados Unidos y con apoyo político desde Washington. Según lo que fue trascendiendo luego en la prensa financiera internacional, los bancos involucrados en esa ingeniería eran JPMorgan, Bank of America y Citi. El mensaje que se dejaba correr era claro: existía la posibilidad de una asistencia de enorme magnitud, capaz de reforzar la posición del nuevo gobierno y de evitar una crisis todavía más profunda. En la práctica, esa expectativa funcionó como argumento de campaña y como mecanismo de presión sobre la sociedad argentina, que escuchó durante meses que el país dependía de esa ayuda para no desmoronarse.

Sin embargo, una vez terminada la contienda electoral, la realidad empezó a alejarse de ese relato. El gran rescate nunca se concretó. Lejos de avanzar hacia un paquete de 20.000 millones de dólares, lo que terminó trascendiendo fue que ese plan había sido archivado o dejado de lado por los propios bancos norteamericanos. En vez de un auxilio masivo, comenzó a estudiarse una variante muchísimo más modesta: un préstamo tipo repo, es decir, una operación de corto plazo, por alrededor de 5.000 millones de dólares y con mayores resguardos para los acreedores. En otras palabras, no se trataba de un salvataje estructural ni de un respaldo extraordinario a gran escala, sino de una herramienta financiera defensiva, mucho más acotada y mucho menos ambiciosa.

A eso se sumó otra señal importante: el propio ministro de Economía argentino negó que el gobierno hubiera discutido formalmente con esos bancos un rescate de 20.000 millones de dólares. Es decir, aquello que durante la campaña se dejaba entrever como una certeza o como una posibilidad casi cerrada, en la gestión pasó a aparecer como algo que nunca estuvo realmente definido en los términos con que se lo había instalado en la discusión pública. Lo que era presentado como un apoyo inminente terminó mostrando una consistencia mucho más débil.

Para entender el fondo del asunto hay que separar con claridad lo concreto de lo proyectado. Sí existieron mecanismos financieros puntuales, como líneas de asistencia o acuerdos transitorios que podían dar algo de aire en el corto plazo. Pero no existió el gran rescate estructural de 20.000 millones que se insinuó en la campaña y en el clima político previo a la llegada de Milei al poder. De hecho, incluso con un gobierno completamente alineado ideológicamente con Washington, el capital financiero actuó con cautela. Los mercados no ofrecieron un cheque en blanco, ni una apuesta automática, ni una expansión fuerte de su exposición sobre Argentina. Al contrario: redujeron el alcance del auxilio y prefirieron estudiar fórmulas más pequeñas, más seguras y más condicionadas.

Eso deja al descubierto que la promesa de respaldo operó sobre todo como una herramienta de ordenamiento político interno. La expectativa de dólares frescos, confianza internacional y ayuda externa fue utilizada para construir la idea de que había una sola salida posible. Pero una vez consumado el triunfo electoral, esa promesa empezó a desinflarse. Lo que se presentó como un salvataje decisivo terminó reducido a alternativas mucho menores, insuficientes para modificar de manera estructural la fragilidad argentina.

En el fondo, el episodio expone un patrón demasiado conocido en América Latina: la utilización de expectativas externas como mecanismo para disciplinar la política doméstica y condicionar a la sociedad. La promesa de respaldo internacional se convierte en argumento de campaña, en factor de presión sobre votantes, actores económicos y opositores, y en una forma de legitimar medidas de ajuste con la promesa de una recompensa futura que muchas veces nunca llega en los términos anunciados. En este caso, la historia deja una conclusión incómoda: la campaña se apoyó, al menos en parte, sobre un salvataje que nunca existió del modo en que fue presentado.

Y ahí aparece la dimensión más profunda del problema. Cuando la política se sostiene sobre expectativas externas que después no se cumplen, el costo no lo pagan los bancos ni los mercados ni los funcionarios que inflaron esas versiones. Lo paga la sociedad. La pagan los trabajadores, los jubilados, los sectores medios empobrecidos y los sectores populares, que quedan otra vez atrapados entre promesas de salvación, ajuste permanente y una economía que sigue buscando sin éxito un punto de equilibrio. El “rescate” fue mucho más potente como relato que como realidad. Y precisamente por eso resulta tan revelador: porque muestra hasta qué punto una promesa financiera puede ser usada como caballito de batalla electoral, aun cuando después la realidad termine demostrando que nunca estuvo verdaderamente asegurada.