En su primera entrevista con una cadena de Estados Unidos, Miguel Díaz-Canel rechazó de plano cualquier intento de agresión militar, operación “quirúrgica” o presión para forzar un cambio de gobierno en la isla. El mensaje llega en medio de un bloqueo energético asfixiante, contactos reservados entre La Habana y Washington y una nueva escalada verbal desde la Casa Blanca.
Miguel Díaz-Canel eligió un tono inusualmente directo para responder a la presión de Washington. En la entrevista concedida a Meet the Press de NBC News, el presidente cubano sostuvo que no existe ninguna justificación para una agresión militar de Estados Unidos contra la isla, ni para una operación “quirúrgica” o el secuestro de un mandatario. Y fue todavía más lejos: advirtió que, si ese escenario llegara a concretarse, habría combate y el pueblo cubano se defendería, aun al costo de la vida. No se trató de una frase aislada, sino de una definición política nítida frente a una coyuntura cada vez más cargada.
La entrevista tiene además un peso simbólico particular. Fue la primera que Díaz-Canel concedió a una cadena estadounidense y parte de ella comenzó a emitirse el jueves 9 de abril, mientras la versión completa quedó programada para este domingo 12. En otro tramo ya difundido, el mandatario también descartó renunciar y respondió con dureza cuando se le preguntó si dejaría el cargo “para salvar a Cuba”: recordó que las autoridades cubanas no reciben mandato de Washington, sino del pueblo cubano. Esa respuesta no sólo apuntó al contenido de la pregunta, sino al marco político desde el que Estados Unidos pretende seguir hablando de Cuba: como si la soberanía ajena fuera negociable.
Lo que Díaz-Canel pone sobre la mesa, en realidad, es una línea que La Habana viene sosteniendo desde hace semanas: diálogo sí, pero sin condiciones de subordinación. El presidente reiteró que Cuba está dispuesta a discutir cualquier tema con Estados Unidos, siempre que no se exijan cambios en su sistema político. Esa posición coincide con lo que funcionarios cubanos vienen planteando en las conversaciones bilaterales abiertas en marzo, que ambas partes reconocen pero mantienen envueltas en reserva. Según Reuters, esos contactos comenzaron en medio de una tensión extraordinaria y con el objetivo declarado, por parte cubana, de alejar la relación del camino de la confrontación.
Ese telón de fondo explica la dureza del mensaje. Cuba atraviesa una crisis energética severa, agravada por el bloqueo de combustibles impulsado por la administración Trump. A mediados de marzo, Díaz-Canel afirmó que durante tres meses no había entrado combustible al país, lo que deterioró aún más las reservas de diésel y fuel oil, volvió inestable la red eléctrica y profundizó los apagones. Reuters y AP reportaron además que la isla produce apenas el 40% del combustible que consume, una dependencia que golpea de lleno sobre la salud pública, el transporte y la producción de bienes y servicios.
La situación empeoró después de la captura de Nicolás Maduro en enero y del corte de los envíos venezolanos de petróleo, una fuente central para el abastecimiento cubano. En ese cuadro, la llegada a fines de marzo de un buque ruso con unas 730.000 barriles de crudo fue presentada como un alivio parcial y el primero en tres meses, mientras Moscú prometió un segundo envío. El dato expone una contradicción reveladora: la Casa Blanca amenazó con imponer aranceles a los países que suministraran petróleo a Cuba, pero finalmente permitió el ingreso del cargamento. Al mismo tiempo, Trump redobló su retórica y llegó a decir que “Cuba’s finished”, además de insinuar una eventual “friendly takeover” que, según él mismo aclaró, podría no ser tan amistosa.
En paralelo, incluso dentro de Estados Unidos empezaron a escucharse voces que cuestionan el rumbo de esa política. Los congresistas demócratas Pramila Jayapal y Jonathan Jackson visitaron La Habana a comienzos de abril y denunciaron el impacto humanitario del cerco energético, al que definieron como una forma de “economic bombing” o bombardeo económico. Tras reunirse con Díaz-Canel y otras autoridades, reclamaron bajar la retórica, retomar negociaciones reales y abandonar una estrategia que describieron como un residuo fallido de la Guerra Fría. El dato importa porque muestra que el aislamiento total de Cuba no aparece hoy ni siquiera como una posición unánime dentro del sistema político estadounidense.
También en las últimas semanas hubo gestos que reflejan una escena menos lineal de lo que sugiere el discurso belicista. Cuba anunció en marzo la liberación de 51 presos bajo un acuerdo con el Vaticano y, a comienzos de abril, sumó un indulto a 2.010 reclusos presentado como una decisión soberana y humanitaria. A eso se agregó la llegada de agentes del FBI a la isla para investigar el tiroteo de febrero contra una lancha con bandera estadounidense, episodio que La Habana denunció como un intento de infiltración armada. Es decir: mientras la confrontación pública escala, siguen existiendo canales de intercambio y cooperación puntual que desmienten la idea de una ruptura absoluta.
Leídas en conjunto, las palabras de Díaz-Canel no parecen un exabrupto, sino una advertencia política y diplomática. Cuba intenta marcar un límite claro: está dispuesta a hablar, incluso en medio de una situación económica crítica, pero no a sentarse a negociar bajo amenaza militar, chantaje energético o exigencias de rendición institucional. En América Latina, donde la historia de las intervenciones estadounidenses sigue demasiado viva, ese mensaje no sólo interpela a Washington: también recuerda que cualquier aventura contra Cuba tendría consecuencias regionales, humanas y políticas de enorme magnitud.
Cuba ofrece diálogo, pero no acepta amenazas ni tutelas.





