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Israel : “Es un Gobierno de muerte que incendia la región”

Más de 5.000 personas se movilizaron en Tel Aviv y hubo protestas en al menos otras 16 localidades para exigir el fin de la guerra. La organización pacifista Standing Together denunció al Ejecutivo de Benjamin Netanyahu por profundizar la violencia regional mientras continúan los bombardeos sobre el sur del Líbano y la devastación sobre Palestina sigue marcando el rumbo de la política israelí.

Más de 5.000 personas se manifestaron este sábado en Tel Aviv y cientos más lo hicieron en al menos 16 localidades de Israel para reclamar el fin de la guerra y denunciar la deriva cada vez más destructiva del gobierno de Benjamin Netanyahu. Las protestas, convocadas por la organización pacifista Standing Together, volvieron a mostrar que incluso dentro de Israel crece el rechazo a una política basada en la escalada militar permanente, la represión y la ampliación del conflicto en toda la región.

Las concentraciones se realizaron en ciudades como Tel Aviv, Jerusalén y Haifa, en un contexto especialmente tenso: aunque rige un alto el fuego con Irán, el gobierno israelí mantiene bombardeos sobre el sur del Líbano y sigue apostando a una lógica de fuerza que ha dejado una marca de muerte y devastación mucho más amplia que sus propias fronteras. En paralelo, continúan las negociaciones entre Estados Unidos e Irán en Islamabad, en una escena regional donde Washington vuelve a aparecer no como factor de paz, sino como parte del engranaje que sostuvo durante años la impunidad militar israelí.

Desde la plaza Habima, en Tel Aviv, el codirector de Standing Together, Alon Lee Green, resumió con dureza el sentido político de la jornada: el de Netanyahu, dijo, es un “Gobierno de muerte que incendia la región”. La frase no fue un exceso retórico. Lo que expresan estas protestas es el rechazo a una conducción que convirtió la guerra en forma de gobierno, al miedo en herramienta política y a la seguridad en una excusa para justificar una maquinaria de violencia que arrasa vidas palestinas, amenaza a los países vecinos y hunde cualquier horizonte real de convivencia.

La movilización también tuvo un componente de disputa democrática interna. Días antes, la Justicia israelí había ordenado ampliar el aforo permitido para las marchas, luego de los choques entre manifestantes y la Policía. El Tribunal Supremo determinó que superar el límite de 1.000 personas no justificaba la dispersión de las protestas, que el gobierno había intentado restringir amparándose en razones de seguridad. Otra vez apareció una escena conocida: un poder ejecutivo que invoca la guerra para disciplinar la protesta y reducir el espacio público, mientras sectores de la sociedad se niegan a aceptar que el estado de excepción se vuelva normalidad.

Las imágenes de la jornada dejaron ver el tono del descontento. En Jerusalén hubo pancartas con consignas contra el autoritarismo del gobierno. En Haifa se vieron carteles en árabe y hebreo con una palabra simple y contundente: “Basta”. En Tel Aviv, varios manifestantes llevaron caretas o disfraces de Donald Trump y Benjamin Netanyahu, subrayando una asociación política evidente: la alianza entre la ultraderecha israelí y el respaldo estadounidense como combustible de una estrategia regional cada vez más agresiva.

Desde el escenario en la plaza Habima, la socióloga Yael Berda planteó una idea central que choca de frente con la narrativa oficial del Estado israelí: la seguridad no vendrá de los asesinatos, sino de la igualdad y de la paz. Esa definición golpea en el corazón del discurso belicista. Porque lo que el gobierno israelí presenta como defensa ha sido, en los hechos, una política sistemática de destrucción, castigo colectivo y expansión de la violencia. Gaza, el sur del Líbano y otros puntos de la región no muestran un camino hacia la seguridad, sino el fracaso deliberado de una estrategia que necesita guerra permanente para sostenerse.

Ese es, justamente, uno de los datos más relevantes de estas protestas. No se trata solo de un malestar por la duración del conflicto o por sus costos internos. Lo que empieza a asomar en estas movilizaciones es una impugnación más profunda a un proyecto político que hizo del militarismo, del supremacismo estatal y de la deshumanización del otro una forma estable de gobierno. Cuando desde dentro de Israel se denuncia que el Ejecutivo “incendia la región”, lo que se está señalando es algo más que una suma de decisiones tácticas: se está cuestionando una lógica de poder.

En ese marco, Standing Together vuelve a ocupar un lugar importante al articular un discurso que rechaza la guerra, el racismo y la ocupación desde una perspectiva de convivencia entre pueblos. No es un dato menor. En un escenario atravesado por la brutalidad, por la censura y por la normalización de masacres presentadas como operaciones de seguridad, sostener públicamente una voz contra la guerra implica disputar sentido en uno de los contextos políticos más envenenados del presente.

La protesta de este sábado deja, así, una imagen política potente. Mientras Netanyahu insiste en prolongar la violencia y Estados Unidos sigue siendo garante estratégico de esa línea, miles de personas salieron a decir que no hay paz posible sobre la base del exterminio, el bombardeo y la humillación permanente de pueblos enteros. También recordaron algo que el discurso oficial intenta borrar: que la seguridad real no nace del terror militar, sino de la justicia, la igualdad y el fin de la ocupación y de la guerra.