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La violencia colonial en Cisjordania.

La nueva edición del semanario italiano L’Espresso no se limita a provocar una polémica diplomática: expone una escena concreta de dominación en Cisjordania y la inserta en un cuadro más amplio de devastación en Gaza, expansión de colonias, presión militar sobre Líbano y violaciones sobre territorio sirio. La reacción del gobierno israelí confirma, en los hechos, cuánto incomoda que se nombre lo que durante demasiado tiempo se quiso naturalizar

No todas las tapas incomodan del mismo modo. Algunas apenas molestan; otras raspan la superficie de un consenso; y hay algunas que, por mostrar una verdad demasiado cruda, desatan una reacción política inmediata. Eso ocurrió con la última portada de L’Espresso, titulada L’abuso, donde aparece un colono israelí armado apuntando con su celular hacia una joven palestina con hiyab. La escena, tomada por el fotógrafo Pietro Masturzo, no fue presentada por la revista como un hecho aislado ni como una postal de color local, sino como la condensación de una violencia cotidiana, estructural y sostenida en Cisjordania ocupada.

La fuerza de esa imagen no está solo en lo que muestra, sino en lo que revela. De un lado, un hombre armado, protegido por una relación de fuerza colonial y militar; del otro, una mujer palestina desarmada, expuesta, convertida en objeto de intimidación y registro. L’Espresso enmarca esa escena dentro de una denuncia mayor: la consolidación del proyecto del llamado “Gran Israel”, sostenido en la expansión territorial, la protección estatal a los colonos y la degradación sistemática de la vida palestina. En esa lectura, lo que ocurre en Cisjordania no puede separarse de la destrucción de Gaza ni de la ofensiva israelí sobre otros frentes de la región.

La reacción israelí fue inmediata. El embajador de Israel en Italia, Jonathan Peled, condenó la tapa y la acusó de manipular la realidad y promover odio. Pero el problema para el gobierno de Benjamin Netanyahu no parece ser la falsedad de la imagen, sino su potencia política. Porque la escena dialoga con un contexto documentado también por organismos internacionales: en marzo, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos advirtió que Israel aceleró la expansión de asentamientos y la anexión de grandes partes de Cisjordania ocupada, forzando el desplazamiento de más de 36.000 palestinos. El informe registró además 1.732 incidentes de violencia de colonos con víctimas o daños a propiedades en el período analizado.

La ONU fue todavía más lejos al señalar que esa dinámica, sumada a la impunidad y al papel activo o permisivo de las autoridades israelíes, plantea serias preocupaciones de limpieza étnica y de traslado forzoso masivo de población palestina. No se trata, entonces, de episodios dispersos ni de una suma de excesos individuales, sino de un patrón. En paralelo, expertos de Naciones Unidas volvieron a alertar en abril sobre nuevos ataques contra lugares que alojan desplazados en Gaza y sobre la continuidad del desplazamiento forzado en Cisjordania, lo que refuerza la idea de una política orientada a volver inhabitable la vida palestina sobre su propia tierra.

A esa lógica se suma la expansión material del proyecto colonizador. Reuters informó esta semana que, según el grupo israelí Peace Now, el gabinete aprobó la creación de 34 nuevos asentamientos en Cisjordania. La misma cobertura recuerda que la comunidad internacional considera ilegales esos asentamientos y que el propio gobierno de Netanyahu ha acompañado un impulso histórico de colonización, en línea con sectores de extrema derecha que buscan enterrar de hecho cualquier perspectiva de un Estado palestino viable.

Por eso la discusión sobre la tapa de L’Espresso va bastante más allá del terreno mediático. Lo que esa portada pone en evidencia es el modo en que una imagen puede romper el lenguaje anestesiado de la diplomacia y devolverle rostro a una estructura de opresión. Cisjordania aparece allí no como un “territorio en disputa”, fórmula útil para eludir responsabilidades, sino como el escenario de una ocupación cada vez más brutal. Gaza no aparece como un daño colateral, sino como parte de una devastación que reorganiza la región a sangre y fuego. Y la avanzada sobre Líbano y Siria queda inscripta en la misma racionalidad expansionista que la revista italiana decide nombrar sin rodeos.

Cuando una tapa genera tanta furia oficial, conviene preguntarse qué tocó. En este caso, tocó una fibra central: la pretensión de seguir administrando la ocupación, el castigo colectivo y el despojo bajo el disfraz de la seguridad. La imagen molestó porque desarma la coartada. Y porque recuerda algo que buena parte del poder internacional prefiere no mirar de frente: que detrás del lenguaje técnico, de los comunicados cautelosos y de las condenas tibias, hay un pueblo sometido a expulsión, violencia y muerte mientras el mundo sigue discutiendo si debe llamar a las cosas por su nombre.