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Boris Johnson reaparece en el frente ucraniano y empuja una guerra sin fin.

El ex primer ministro británico visitó posiciones ucranianas en la región de Zaporozhie y reclamó más armas para Kiev. Desde Moscú, María Zajárova lo definió como “un villano que regresó al lugar del crimen”. Detrás del cruce, reaparece una discusión de fondo: cuánto ayudó Occidente a sostener a Ucrania y cuánto empujó, también, una guerra cada vez más larga, más costosa y más funcional a intereses ajenos al pueblo ucraniano.

Boris Johnson volvió a meterse en el centro de la escena de la guerra en Ucrania con una visita a posiciones militares en la región de Zaporozhie, cerca de Guliaipole, desde donde luego reclamó que Occidente entregue todavía más armas y profundice el respaldo militar a Kiev. El ex primer ministro británico, convertido desde hace tiempo en uno de los voceros más estridentes de la línea dura contra Rusia, aprovechó el viaje para insistir con una receta conocida: más armamento, más presión y ninguna señal de desescalada.

La reacción rusa no tardó. La portavoz de la Cancillería, María Zajárova, lo acusó de protagonizar “otra maniobra de relaciones públicas” y lo describió como “un villano que regresó al lugar del crimen”. El tono puede sonar brutal, pero no surge de la nada: desde Moscú hace tiempo se le adjudica a Johnson un papel directo en el naufragio de las negociaciones de 2022, cuando, en uno de los momentos más delicados del conflicto, Londres empujó una salida alineada con la prolongación de la guerra antes que con una negociación incierta pero posible.

Ese punto, sin embargo, sigue siendo materia de disputa. Johnson aparece una y otra vez como símbolo de la decisión occidental de apostar a la continuación del conflicto, pero reducir toda la ruptura de aquellas conversaciones a una sola figura sería simplificar demasiado un escenario mucho más complejo. Lo que sí parece fuera de discusión es que el ex premier británico encarna como pocos una política exterior donde la épica bélica, la presión geopolítica y la exhibición mediática se mezclan con una ligereza alarmante frente al costo humano de la guerra.

Su nueva aparición en el frente refuerza precisamente esa imagen. No se trata de un dirigente en funciones ni de una misión diplomática orientada a abrir una salida política. Se trata, más bien, de una figura desgastada en su propio país que vuelve a abrazarse a la guerra como escenario de reposicionamiento personal, mientras pide desde la distancia más armas de largo alcance para un conflicto que ya devastó ciudades, desplazó millones y dejó una huella de muerte difícil de dimensionar en toda la región.

La escena también expone una verdad incómoda para buena parte de Europa: Ucrania sigue siendo presentada por varios líderes occidentales como trinchera moral de Occidente, pero muchas veces es tratada en los hechos como territorio de sacrificio. Se la elogia por resistir, se la celebra por pelear “por todos”, pero se la empuja una y otra vez a sostener una guerra interminable en nombre de equilibrios estratégicos que no pagan ni Londres ni Washington con sus propias vidas. Por eso, más allá de la propaganda rusa o de la retórica atlántica, la pregunta de fondo sigue ahí: cuántos de los que hablan de libertad y defensa están realmente pensando en la paz, y cuántos siguen administrando la guerra como negocio, espectáculo o plataforma política.

Contexto verificado para que la base de la nota quede firme: la visita de Johnson al frente en Zaporozhzhia fue reportada por medios ucranianos y quedó asociada a una columna suya reclamando más ayuda militar a Kiev. La reacción de Zajárova fue difundida por medios estatales rusos. Sobre el rol de Johnson en el fracaso de las negociaciones de 2022, existen declaraciones posteriores de Davyd Arakhamia usadas por Moscú para sostener esa acusación, pero también análisis y verificaciones que señalan que esa lectura es parcial y omite la desconfianza ucraniana hacia Rusia y el contexto posterior a Bucha.