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Rusia ratifica su respaldo a Cuba y promete más energía frente al bloqueo de Estados Unidos

El vicecanciller ruso Serguéi Riabkov aseguró en La Habana que Moscú no abandonará a la isla y adelantó que el envío de crudo realizado a fines de marzo no será el último. En medio de apagones, racionamiento y una presión cada vez mayor de Washington, el gesto combina auxilio energético inmediato y una señal política de peso en la región.

Rusia volvió a mover una pieza importante en el tablero latinoamericano y lo hizo donde más se siente la asfixia de la política exterior de Washington: en Cuba. Tras una ronda de conversaciones en La Habana, el vicecanciller Serguéi Riabkov afirmó que Moscú “no abandonará” ni “traicionará” a la isla y dejó en claro que la asistencia energética rusa seguirá sobre la mesa. No fue una frase menor ni una cortesía diplomática: llegó en un momento en que Cuba atraviesa una crisis severa de combustible y electricidad, con cortes prolongados, racionamiento y una economía condicionada por el cerco estadounidense.

El dato concreto detrás de esa definición política es el petróleo. A fines de marzo llegó al puerto de Matanzas el buque ruso Anatoly Kolodkin, con unos 700.000 barriles de crudo, en la primera entrega importante recibida por la isla en varios meses. Washington permitió ese arribo por razones humanitarias, pero dejó en claro que no implicaba un cambio de política. Es decir: incluso cuando la emergencia obliga a aflojar por un momento, la lógica de fondo sigue siendo la misma, y esa lógica es la de usar la energía como mecanismo de presión sobre un país soberano.

Riabkov sostuvo además que la ayuda rusa no se limitará a ese cargamento. Según sus declaraciones, las necesidades energéticas de Cuba son hoy una prioridad y Moscú buscará nuevas respuestas frente a los problemas derivados del embargo y del bloqueo energético. En paralelo, también remarcó que Rusia no piensa replegarse del hemisferio occidental por exigencia de Estados Unidos. La señal tiene una doble lectura: por un lado, aliviar una urgencia material concreta; por otro, reafirmar que Cuba no está sola en un escenario de hostigamiento creciente.

Lo que se ve, entonces, no es sólo una cooperación bilateral más intensa, sino también el fracaso de una estrategia de castigo que pretende rendir por hambre y apagones a toda una sociedad. Distintos reportes recientes muestran que la crisis energética cubana se agravó tras la caída de los suministros externos y que el cargamento ruso apenas ofrecía un alivio transitorio de pocos días bajo régimen de racionamiento. El bloqueo no resolvió nada: empeoró la vida cotidiana, tensionó servicios básicos y volvió más dependiente a la isla de apoyos puntuales del exterior.

En ese marco, el acercamiento entre La Habana y Moscú viene tomando forma desde hace meses. En febrero, el canciller cubano Bruno Rodríguez viajó a Rusia y se reunió tanto con Serguéi Lavrov como con Vladimir Putin, en encuentros donde la parte rusa calificó de inaceptables las nuevas restricciones estadounidenses y reclamó abandonar la lógica de amenaza y bloqueo. Lo que ahora dijo Riabkov en La Habana no apareció de la nada: confirma una línea de apoyo político, diplomático y material que Rusia viene reforzando desde comienzos de año.

No hace falta idealizar a Moscú para ver el punto central. La jugada rusa también responde a intereses geopolíticos propios, pero eso no borra lo esencial: mientras Estados Unidos insiste en castigar a Cuba y en profundizar una política que golpea sobre todo a la población, lo que apareció esta semana fue un actor dispuesto a suministrar energía y a discutir soluciones concretas. Para la isla, hoy, eso significa algo más que combustible: significa margen para resistir un bloqueo que sigue siendo ilegal, cruel y profundamente anacrónico.