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Blindaje, foto y desgaste: Milei se aferra a Adorni mientras crecen las grietas del poder

La reunión de gabinete en Casa Rosada buscó mostrar orden, disciplina y respaldo cerrado al jefe de Gabinete Manuel Adorni. Pero detrás de la escenografía, el oficialismo exhibe una dificultad cada vez más visible para salir del modo defensivo, mientras se multiplican las tensiones internas, cae la imagen del gobierno y las provincias empiezan a olfatear debilidad.

La Casa Rosada volvió a montar una escena conocida: foto institucional, mesa larga, nombres acomodados con precisión y mensaje de unidad en momentos en que el poder libertario empieza a crujir por dentro. El objetivo fue claro: sostener a Manuel Adorni y enviar una señal de autoridad política. Javier Milei y Karina Milei decidieron no soltarlo. No hay plan alternativo a la vista. Por ahora, la apuesta oficial es resistir, aun cuando el costo de ese blindaje parece crecer con el correr de los días.

La reunión de gabinete funcionó más como escenografía que como instancia de resolución. Lo central no fue el contenido sino la imagen. Había que transmitir que el núcleo duro del gobierno sigue en pie, incluso cuando el murmullo interno sobre el peso del caso Adorni ya dejó de ser un rumor marginal. La disposición de los nombres no fue inocente. Todo estuvo pensado para comunicar cohesión y tapar lo que ya resulta difícil ocultar: la interna existe y la crisis alrededor del jefe de Gabinete la empuja al límite.

Pero el problema del gobierno no parece resolverse con una foto. Según el material aportado, el oficialismo intentó además correr la discusión del terreno político hacia el de una supuesta operación internacional, incluyendo restricciones a periodistas acreditados señalados por el propio gobierno como parte de una estructura de desinformación vinculada a Rusia. También se menciona la invocación de “La Compañía”, una firma que habría pagado en 2024 para instalar notas contra Milei. La jugada revela una lógica cada vez más conocida en la ultraderecha regional: cuando la crisis aprieta, se responde con victimización, endurecimiento discursivo y señalamiento a la prensa.

El contraste interno se volvió todavía más incómodo con la decisión de Sandra Pettovello de echar a su jefe de Gabinete, Leandro Massaccesi, luego de que accediera a un crédito hipotecario de casi 420 millones de pesos sin informarlo. Más allá de las diferencias entre ambos casos, el impacto político está en la comparación: mientras en un ministerio se corta por lo sano frente a un ruido, en la cima del poder Milei opta por sostener a Adorni aunque el desgaste se profundice. Ese doble estándar empezó a incomodar incluso a sectores oficialistas que hasta hace poco acompañaban sin fisuras la estrategia de blindaje.

A eso se suma otro elemento que complica el panorama: el deterioro en las encuestas. El texto señala caída en la imagen presidencial, baja en la aprobación de gestión y mayores dudas sobre la economía. No se describe un derrumbe, pero sí una tendencia. Y cuando un gobierno entra en tendencia de desgaste, cada gesto defensivo deja de ser fortaleza y empieza a parecer encierro. La Casa Rosada no logra cambiar la agenda: todo vuelve una y otra vez al mismo punto, al mismo nombre, al mismo problema.

En ese marco, los gobernadores leen el momento y mueven sus fichas. Según el material compartido, Maximiliano Pullaro avanzó con fondos para la caja jubilatoria de Santa Fe y otros trece mandatarios ya reclaman adelantos de coparticipación y asistencia financiera. La negociación cambió de tono. Donde antes había una Casa Rosada que imponía condiciones desde la fortaleza política, ahora asoma un oficialismo obligado a administrar fragilidad. El sostén a Adorni ya no aparece solo como un gesto de lealtad personal, sino como una demostración de poder: si cae, la señal hacia adentro y hacia afuera sería que Milei perdió el control del ritmo de su propio gobierno.

Ahí está la paradoja central. El remedio empieza a confundirse con la enfermedad. Cuanto más se estira el blindaje, más se consolida la idea de que el gobierno no está resolviendo la crisis sino pateando su desenlace. La mesa servida, las sonrisas medidas y la foto prolija pueden ordenar una jornada, pero no alcanzan para tapar una dinámica de desgaste que ya se mete en la interna oficial, en la relación con la prensa, en la disputa con las provincias y en la percepción pública sobre un gobierno que quiso mostrarse invulnerable y hoy aparece, cada vez más, a la defensiva.