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Piquete en el corazón cárnico de Estados Unidos

Mientras en buena parte de América Latina la derecha repite que el piquete es poco menos que una patología del atraso, en el corazón industrial de Estados Unidos acaba de pasar algo bastante más incómodo para ese relato: unos 3.800 trabajadores de la planta de JBS en Greeley, Colorado, levantaron un piquete de tres semanas recién cuando la empresa aceptó volver a negociar. No hubo milagro del mercado ni epifanía empresarial: hubo conflicto, presión sindical y una medida concreta de fuerza para torcerle el brazo a una de las mayores firmas del negocio mundial de la carne. Las nuevas negociaciones quedaron fijadas para el 9 y 10 de abril

La escena desarma bastante verso importado. Porque cuando el corte, el paro o el piquete aparece en Estados Unidos, deja de ser presentado como una amenaza a la civilización y pasa a ser tratado como una herramienta de negociación laboral. Ahí nadie corre a explicar que los huelguistas “no quieren trabajar” o que están “atrasando al país”. Al contrario: se asume que forman parte de una pelea entre capital y trabajo. Y en este caso no se trató de un grupo marginal, sino de una planta clave de la industria frigorífica estadounidense, en un rubro que arrastra tensiones por costos altos, falta de ganado y precios récord para el consumidor.

El conflicto no estalló por capricho. Los trabajadores reclaman salarios que acompañen la inflación y el fin de los cobros por reposición de equipos de protección, un punto especialmente sensible en una actividad dura, riesgosa y físicamente desgastante. El sindicato UFCW Local 7 sostuvo además que la empresa incurrió en prácticas laborales injustas. JBS, por su lado, dijo que no modificó su oferta original y que solo se comprometió a retomar las conversaciones, mientras prepara la reanudación y ampliación de las operaciones en la planta. O sea: el piquete no cerró con una victoria total, pero sí logró algo central, que fue obligar a la empresa a volver a la mesa bajo presión.

Todo esto ocurre, además, en un momento especialmente delicado para el negocio de la carne vacuna en Estados Unidos. Los precios de la carne vienen marcando récords y el rodeo bovino cayó a su nivel más bajo en 75 años, lo que encarece el ganado para faena y aprieta a toda la cadena. A eso se sumó el cierre este año de una planta de Tyson en Nebraska y la reducción de actividad en otra instalación en Texas, un combo que achicó capacidad de procesamiento y volvió todavía más sensible cualquier paro en un establecimiento grande. En otras palabras: el piquete pegó justo donde duele, en una industria que vive de no detenerse nunca.

Por eso el episodio de Greeley vale más que como noticia gremial. Sirve para recordar que incluso en el país que suele venderse como templo de la libre empresa, las patronales no se sientan a negociar por bondad ni por amor al diálogo social. Negocian cuando enfrente hay organización, costo político y daño económico. El piquete, tan demonizado cuando lo hacen los de abajo en esta parte del mundo, allá aparece como lo que realmente es: una herramienta clásica de presión obrera. La diferencia no está en el método. La diferencia está en quién lo cuenta y para defender a quién.