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Malvinas: los muertos, los responsables y los patriotas de cotillón

Cada 2 de abril en Argentina aparece la misma escena: discursos, actos, banderas, homenajes y una catarata de políticos que se acuerdan de Malvinas por un día. Pero Malvinas no es una fecha para la pose. No es un decorado para sacarse una foto con cara seria.

Cada 2 de abril en Argentina aparece la misma escena: discursos, actos, banderas, homenajes y una catarata de políticos que se acuerdan de Malvinas por un día. Pero Malvinas no es una fecha para la pose. No es un decorado para sacarse una foto con cara seria. Malvinas es dolor, es bronca, es memoria, es una herida que sigue abierta. Y también es una verdad incómoda que muchos prefieren maquillar: la causa de Malvinas es justa, pero la guerra de 1982 fue una carnicería empujada por una dictadura asesina que mandó a morir a pibes pobres mientras intentaba salvar su propio pellejo.

Eso hay que decirlo claro. Una cosa es la soberanía sobre las islas, que es un reclamo histórico del pueblo argentino. Y otra cosa muy distinta fue la aventura criminal de la junta militar. Los mismos tipos que venían secuestrando, torturando, desapareciendo gente y sembrando terror en todo el país quisieron disfrazarse de defensores de la patria. Usaron una causa que despierta un sentimiento real en el pueblo para tratar de lavarse la cara. Y para eso mandaron a miles de jóvenes, la enorme mayoría conscriptos, a enfrentar a una de las potencias militares más fuertes del mundo, con hambre, con frío, con mala ropa, mala comida, poca preparación y una conducción desastrosa.

No fue una épica limpia. No fue una gesta romántica. Fue una guerra armada por irresponsables, por criminales y por ineptos. A muchos soldados no solo los castigó el enemigo británico. También los castigaron sus propios jefes. Hubo maltratos, castigos brutales, hambre, abandono y torturas dentro de las mismas filas argentinas. A esos pibes los reventaron de los dos lados: de un lado el ejército británico, del otro sus propios mandos. Esa parte de Malvinas también existe, y esconderla es seguir faltándoles el respeto.

Por eso cuando se habla de Malvinas hay que hablar completo. Hay que recordar a los caídos, abrazar a los excombatientes y defender la soberanía. Pero también hay que señalar a los responsables políticos y militares argentinos que empujaron aquel desastre. Porque si no, todo queda reducido a una versión lavada, cómoda, útil para que cualquier gobierno de turno se envuelva en la bandera y diga dos o tres frases hechas.

Y las consecuencias no quedaron en 1982. Siguen hoy. Siguen en excombatientes que volvieron rotos, solos, silenciados durante años. Siguen en familias marcadas para siempre. Siguen en traumas que nunca cerraron. Siguen en una deuda enorme de la democracia con quienes sobrevivieron. Y siguen también en el uso miserable de Malvinas como un acto ceremonial vacío, como un recurso para aparentar patriotismo mientras por abajo se sostiene otra cosa.

Ahí entra de lleno Javier Milei. Porque una cosa es ir a un acto de Malvinas, poner cara de homenaje y repetir palabras solemnes. Y otra cosa es lo que realmente se piensa y se defiende. Milei ha dicho que admira a Margaret Thatcher. No a cualquier figura histórica: a Thatcher, la jefa del gobierno británico durante la guerra, la mujer que condujo del lado inglés aquella ofensiva y que en Argentina quedó asociada para siempre a la muerte de soldados argentinos y a la reafirmación del poder colonial británico sobre las islas. Entonces no hay mucho misterio. Si vos admirás a Thatcher, después no vengas a hacerte el guardián de la causa Malvinas.

Porque no cierra. No cierra por ningún lado. No se puede homenajear a los caídos de Malvinas y al mismo tiempo rendir admiración a quien encabezó la respuesta militar británica. No se puede hablar de soberanía con una mano y con la otra guiñarle el ojo al colonialismo. No se puede ir a un acto a hablar de patria cuando en el fondo tu mirada del mundo está más cerca de los poderosos de siempre que de los pueblos que resisten.

Y esa es la hipocresía de este tiempo. Está lleno de patriotas de utilería. Gente que usa Malvinas como escenario, como palabra fuerte, como símbolo rentable, pero que no sostiene ni una línea coherente cuando hay que discutir soberanía en serio, colonialismo en serio, dependencia en serio. Les gusta la palabra Malvinas, pero no les gusta todo lo que esa palabra obliga a enfrentar. Porque Malvinas también habla de imperialismo, de entrega, de subordinación y de qué lado se para cada uno.

Desde una mirada popular, de izquierda y sin verso, Malvinas no se puede reducir ni al militarismo rancio ni al show patriótico de ocasión. Malvinas tiene que ser memoria completa. Memoria de los pibes que murieron. Memoria de los que volvieron. Memoria de la responsabilidad criminal de la dictadura. Memoria de las torturas y el abandono. Y memoria también de los políticos de hoy que se llenan la boca con la patria mientras admiran a los enemigos históricos de esa misma causa que dicen defender.

Malvinas no necesita actores. No necesita cotillón patriótico. No necesita homenajes vacíos de tipos que después se dan vuelta y aplauden a Thatcher o relativizan la pelea por la soberanía. Malvinas necesita verdad, coherencia y respeto. Respeto de verdad, no respeto de ceremonia. Y si se va a hablar del tema, entonces hay que hablar entero: de los muertos, del horror, de los responsables y de los caraduras que todavía hoy la usan para hacerse los nacionales mientras piensan como entreguistas.

Si querés, ahora te hago una versión todavía más filosa, más corta y más de editorial de apertura, con un remate final más fuerte para publicar.

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