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Trump amplía las sanciones contra Cuba y vuelve a castigar a un pueblo que ya resiste al límite

La Casa Blanca firmó una nueva orden ejecutiva contra Cuba, dirigida a sectores estratégicos como seguridad, energía, finanzas, minería y defensa. Washington justifica la medida con acusaciones sobre vínculos de La Habana con Irán y Hezbolá, mientras Cuba denuncia un nuevo acto de castigo colectivo y asegura que no se dejará intimidar.

Una nueva escalada contra la isla

Donald Trump volvió a endurecer la política de Estados Unidos contra Cuba. Según información difundida por Reuters, el presidente estadounidense firmó una orden ejecutiva que amplía las sanciones contra el gobierno cubano y habilita medidas contra personas, entidades o afiliados que, según Washington, apoyen el aparato de seguridad de La Habana, participen en hechos de corrupción o estén vinculados a violaciones graves de derechos humanos.

La orden apunta a sectores muy sensibles de la economía cubana: energía, defensa, metales, minería, servicios financieros y seguridad. También abre la puerta a sanciones secundarias, es decir, castigos contra empresas o actores de otros países que realicen o faciliten transacciones con personas o entidades sancionadas.

Ese punto es clave. No se trata solamente de una medida contra funcionarios cubanos. Es una advertencia al mundo empresarial, energético, financiero y comercial que todavía mantiene vínculos con Cuba. En los hechos, Washington vuelve a usar su peso económico para aislar a la isla y presionar no solo a su gobierno, sino también a terceros países y compañías extranjeras.

Un exinvestigador de sanciones del Departamento del Tesoro estadounidense, Jeremy Paner, citado por Reuters, sostuvo que la medida puede ser una de las más importantes para empresas no estadounidenses desde el inicio del embargo. Según su lectura, compañías petroleras, gasísticas, mineras y bancarias que mantenían separadas sus operaciones en Cuba de las de Estados Unidos ya no quedarían necesariamente protegidas.

Cuba responde: “No nos intimidarán”

La respuesta de Cuba llegó por parte de su canciller, Bruno Rodríguez, quien rechazó las medidas y las calificó como “coercitivas unilaterales”. Para La Habana, se trata de una violación de la Carta de las Naciones Unidas y de un intento de imponer un castigo colectivo contra el pueblo cubano.

La frase del canciller resume la posición histórica de Cuba frente al bloqueo y las sanciones: Estados Unidos no tiene derecho a imponer medidas contra Cuba ni contra terceros países o entidades. “No nos intimidarán”, señaló Rodríguez.

La nueva ofensiva llega en un momento especialmente delicado. Cuba atraviesa una crisis energética severa, con apagones, escasez de combustible y dificultades crecientes en servicios básicos. Según la información disponible, la presión de Washington ya había afectado los envíos de petróleo venezolano a la isla y también habría impactado en otros proveedores, lo que agravó la situación interna.

En ese contexto, hablar de sanciones como si fueran una herramienta quirúrgica es falso. Las sanciones golpean a gobiernos, sí, pero también golpean la vida cotidiana de la gente: transporte, energía, alimentos, salud, vuelos, comercio y precios. Quien paga primero no suele ser la elite política, sino la población que ya vive con restricciones.

La excusa geopolítica y el viejo reflejo imperial

Estados Unidos justificó la medida con acusaciones sobre supuestos vínculos de Cuba con Irán y con grupos como Hezbolá. Un funcionario citado por Reuters afirmó que la isla ofrece un entorno propicio para operaciones hostiles de inteligencia, militares y terroristas cerca del territorio estadounidense.

Ese argumento no es nuevo. Washington lleva décadas construyendo amenazas alrededor de Cuba para justificar una política de castigo que nunca logró doblegar a la isla, pero sí deterioró las condiciones de vida de millones de personas. Cada vez que Cuba resiste, Estados Unidos endurece. Cada vez que la isla busca sostener su modelo, Washington responde con presión económica, sanciones y aislamiento.

La orden también aparece en un marco regional más amplio. La administración Trump viene aumentando su presión sobre América Latina y el Caribe bajo discursos de seguridad, lucha contra el narcotráfico y combate a supuestas alianzas hostiles. En esa lógica, Cuba vuelve a quedar colocada como enemigo prioritario, no por representar una amenaza real proporcional a la potencia estadounidense, sino por sostener una soberanía política que Washington nunca aceptó.

Estados Unidos exige desde hace años que Cuba abra su economía, pague reparaciones por propiedades expropiadas tras la Revolución y avance hacia elecciones bajo los parámetros que Washington considera aceptables. Cuba, por su parte, mantiene que su sistema socialista no es negociable.

La nueva orden de Trump no puede leerse aislada. Es parte de una larga historia de presión sobre un país pequeño que lleva décadas bajo bloqueo, sanciones y amenazas. Se puede discutir el modelo cubano, sus errores, sus límites y sus tensiones internas. Pero otra cosa muy distinta es naturalizar que la principal potencia mundial se atribuya el derecho de asfixiar económicamente a un país entero porque no acepta su rumbo político.

La medida vuelve a mostrar el fondo del problema: Estados Unidos no busca solamente sancionar funcionarios. Busca condicionar la soberanía de Cuba, disciplinar a quienes comercian con ella y convertir la crisis económica de la isla en una herramienta política. Y cuando una sanción se diseña sabiendo que puede profundizar apagones, escasez y sufrimiento social, ya no estamos ante diplomacia: estamos ante castigo.

Fuentes Reuters; declaraciones del canciller cubano Bruno Rodríguez; Casa Blanca; antecedentes de sanciones de Estados Unidos contra Cuba.