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Perú vota entre Fujimori y Sánchez en una segunda vuelta marcada por el miedo, la memoria y los indecisos

Keiko Fujimori llega al balotaje con un discurso de orden y mano dura, apoyado en el legado de su padre. Roberto Sánchez busca reunir al voto antifujimorista y promete abrir una salida democrática frente a un Congreso que en los últimos años fue protagonista de bloqueos, vacancias y decisiones que profundizaron la crisis institucional.

Perú llega al balotaje sin margen para certezas

Perú vuelve a votar en un clima de tensión política, ansiedad social y paridad electoral. La segunda vuelta enfrenta a Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y a Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, en una elección donde los sondeos difundidos por la prensa internacional coinciden en un punto: el resultado puede depender de los indecisos, del voto nulo y de quienes hasta último momento dudaron entre apoyar a una candidatura o rechazar a la otra.

La disputa no se limita a dos nombres. Resume dos formas de leer la crisis peruana. Fujimori intenta instalar la idea de que el país necesita orden frente al caos, seguridad frente al miedo y autoridad frente a la inestabilidad. Sánchez, en cambio, busca presentarse como una salida de recuperación democrática frente al poder acumulado por el fujimorismo y sus aliados en el Parlamento durante los últimos años.

El escenario es especialmente delicado porque Perú arrastra una crisis institucional prolongada. En menos de una década el país vio caer presidentes, avanzar vacancias, crecer la desconfianza ciudadana y consolidarse un Congreso con enorme capacidad de bloqueo. En ese marco, el próximo gobierno no solo deberá ganar una elección: tendrá que demostrar que puede gobernar.

Sánchez busca ampliar su base frente al poder parlamentario

Roberto Sánchez llega a la segunda vuelta con el objetivo de reunir a fuerzas progresistas, sectores de centro y votantes antifujimoristas que miran con preocupación un eventual regreso de Fuerza Popular al Ejecutivo. Su campaña procuró ampliar el plan de gobierno mediante acuerdos con otros partidos que participaron en la primera vuelta, en una estrategia destinada a sumar respaldo político y social para enfrentar un Congreso fragmentado.

Uno de los puntos centrales de su propuesta es devolver a la ciudadanía la posibilidad de decidir mediante referendo si quiere o no una Asamblea Constituyente, sin que esa decisión quede bloqueada por el Parlamento. La discusión constitucional en Perú no es un tema menor: aparece asociada al desgaste del régimen político, al reclamo de sectores populares y rurales, y a la percepción de que las instituciones fueron capturadas por alianzas parlamentarias alejadas de las demandas sociales.

Sánchez también ha planteado una respuesta política ante una eventual ofensiva legislativa contra su gobierno. En ese marco, mencionó la posibilidad de que sus vicepresidentas, Analí Márquez y Brígida Curo, renuncien junto a él para activar un mecanismo que derive en nuevas elecciones generales si la oposición bloquea por completo la gestión. La propuesta muestra hasta qué punto el fantasma de la vacancia presidencial sigue ordenando la política peruana.

La mochila política de Keiko Fujimori

Keiko Fujimori llega a su cuarto intento presidencial con un discurso centrado en el orden. Su campaña recupera parte del relato asociado al gobierno de Alberto Fujimori, presentado por sus defensores como el período que estabilizó la economía y derrotó a los grupos armados, pero marcado también por violaciones de derechos humanos, autoritarismo, corrupción y concentración del poder.

La candidata intentó mostrarse más conciliadora que en campañas anteriores. Esa moderación inicial le permitió ampliar su llegada en una primera vuelta extremadamente dispersa, con 35 candidaturas y un voto fragmentado. Sin embargo, el fujimorismo carga con una historia reciente que sigue pesando en buena parte del electorado.

El rechazo no se explica solamente por el recuerdo del gobierno de Alberto Fujimori. También pesa la actuación de Fuerza Popular en el Congreso, especialmente desde 2016, después de la derrota de Keiko frente a Pedro Pablo Kuczynski. En aquel momento, Fujimori rechazó una alianza con el presidente electo y apostó a gobernar desde el Parlamento, con una oposición dura que terminó debilitando al Ejecutivo hasta la renuncia de Kuczynski.

Esa mochila se volvió más pesada tras la caída de Pedro Castillo y el gobierno de Dina Boluarte. Las protestas posteriores dejaron decenas de muertos, mientras el Congreso, con fuerte presencia fujimorista y de sus aliados, protegió políticamente a figuras del gobierno cuestionadas por la represión. Para sus detractores, Fujimori no puede despegarse de las decisiones tomadas por su partido en el hemiciclo ni de una forma de ejercer el poder basada en el bloqueo, la presión y la amenaza de vacancia.

Por eso el balotaje peruano se juega también en el terreno de la memoria. Fujimori apuesta a que el miedo al caos pese más que el rechazo a su apellido y a su partido. Sánchez apuesta a que el recuerdo del autoritarismo, de las vacancias y de la represión empuje a sectores indecisos a votar contra el regreso del fujimorismo al gobierno.


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