El Ministerio de Vivienda anunció una inversión de seis millones de dólares para ampliar respuestas habitacionales destinadas a personas en situación de calle. La señal política es clara: no alcanza con administrar refugios; el Estado debe construir salidas más estables, con techo, acompañamiento y derechos.
Una respuesta habitacional, no solo asistencial
El Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial proyecta generar 720 plazas residenciales para personas en situación de calle entre 2026 y 2028. La estrategia fue presentada por la ministra Tamara Paseyro ante la Comisión de Vivienda de Diputados y prevé una inversión estimada de seis millones de dólares.
La definición más relevante no está solo en la cifra. El punto central es el cambio de enfoque: la cartera plantea ampliar respuestas habitacionales y no limitar la política pública a refugios, centros nocturnos o dispositivos de emergencia. La vivienda aparece así no como premio final después de atravesar un circuito asistencial, sino como parte de la respuesta necesaria para reconstruir autonomía.
El plan será coordinado con el Ministerio de Desarrollo Social, que mantiene la rectoría en las políticas de atención a personas en situación de calle. Vivienda aportará financiamiento para alquileres, garantías institucionales y eventuales adecuaciones menores. El Mides sostendrá el acompañamiento social, clave para que la salida habitacional no quede reducida a una llave entregada sin red de apoyo.
El Estado frente a una deuda social visible
La situación de calle expresa una de las formas más duras de desigualdad. No se trata solo de falta de techo. También pesa la ruptura de vínculos, la pérdida de ingresos, los problemas de salud, la violencia, el deterioro subjetivo y la imposibilidad de sostener una vida cotidiana con mínimos de estabilidad.
Por eso, una política habitacional seria no puede medir su éxito únicamente por la cantidad de camas disponibles durante la noche. Los refugios cumplen una función de emergencia, especialmente ante el frío, la lluvia o el riesgo inmediato. Pero no resuelven de fondo el problema si la persona vuelve cada día al mismo circuito de intemperie, espera y precariedad.
El giro planteado por Vivienda apunta a otra lógica: generar soluciones residenciales integradas al tejido urbano y sostenidas por coordinación estatal. En una mirada de izquierda, progresista y humanista, esa decisión importa porque reconoce algo básico: vivir bajo techo no es un favor, es una condición mínima para ejercer otros derechos.
Alquileres, garantías y acompañamiento
El diseño anunciado distribuye responsabilidades entre organismos. El MVOT financiará las viviendas y las garantías, mientras el Mides aportará el seguimiento social. Esa coordinación es imprescindible, porque el sinhogarismo no se corrige solo con mercado ni solo con voluntad individual. Requiere presencia pública, recursos, técnicos, territorio y continuidad.
La inversión prevista equivale a unos dos millones de dólares por año hasta 2028. La cifra deberá evaluarse en función de su ejecución real, de la calidad de las soluciones, de la distribución territorial y de la capacidad de sostener los procesos una vez asignadas las plazas.
También habrá que mirar si el plan logra llegar a perfiles distintos: personas solas, mujeres, adultos mayores, personas con consumo problemático, trayectorias de institucionalización, problemas de salud mental o años prolongados de vida en calle. La respuesta habitacional debe ser concreta, pero también flexible. No todas las personas llegan al mismo punto ni necesitan el mismo tipo de acompañamiento.
El anuncio instala una dirección política correcta: pasar de la administración de la emergencia a una política de vivienda con horizonte de estabilidad. El desafío será convertir las 720 plazas en salidas reales y no en una cifra más dentro de una presentación parlamentaria.
Fuentes
Presidencia de la República
