Quatroges

Ganó Lula

Luiz Inácio Lula da Silva logró una histórica remontada electoral y derrotó a Flávio Bolsonaro en una de las elecciones más disputadas de Brasil. Tras quedar detrás en la primera vuelta, el presidente consiguió reunir una nueva mayoría y conquistar otro mandato. Millones de brasileños celebran una victoria que renueva la esperanza del progresismo y abre un nuevo capítulo para la mayor democracia de América Latina.

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Una victoria construida contra la corriente

Luiz Inácio Lula da Silva volvió a demostrar que su historia política todavía conserva capítulos por escribir. En una de las elecciones más disputadas de la democracia brasileña, el dirigente del Partido de los Trabajadores consiguió revertir el resultado de la primera vuelta y derrotar a Flávio Bolsonaro, heredero político de un movimiento que aspiraba a regresar al Palacio del Planalto.

Con el 98,27 % de las secciones electorales escrutadas, Lula alcanzaba el 51,75 % de los votos válidos, equivalentes a 63.049.525 sufragios, frente al 48,25 % obtenido por Bolsonaro, con 58.795.080 votos. Una diferencia de 4.254.445 votos que llevó al Tribunal Superior Electoral a declarar matemáticamente definida la elección, cuando todavía restaban algunas urnas por contabilizar. La ventaja se había vuelto irreversible y Brasil ya tenía presidente electo.

No fue una victoria sencilla, ni siquiera durante el escrutinio. La alternancia entre ambos candidatos al frente del conteo mantuvo en suspenso la definición hasta que el avance de las urnas permitió establecer el resultado. Pero la remontada más importante había comenzado mucho antes, después de una primera vuelta que dejó a Bolsonaro en ventaja y obligó al progresismo a ampliar su convocatoria.

El apellido Bolsonaro había logrado mantener su gravitación electoral y convertir a Flávio en una alternativa de poder. Lejos de desaparecer con el desgaste de su principal referente, el movimiento encontró una continuidad política que obliga a comprenderlo como una expresión profundamente arraigada en sectores de la sociedad brasileña.

Frente a esa realidad, Lula necesitó reconstruir una mayoría que excediera los límites del Partido de los Trabajadores. Organizaciones sindicales, movimientos sociales, fuerzas progresistas, sectores democráticos y ciudadanos sin identificación partidaria encontraron distintas razones para coincidir en su candidatura.

Esa confluencia constituye una de las mayores fortalezas de su triunfo, aunque también introduce una contradicción que acompañará su próximo gobierno: no todos quienes votaron por Lula comparten necesariamente su proyecto económico, social o político.

En una sociedad atravesada por desigualdades históricas, diferencias regionales y tensiones culturales, la victoria también expresa la voluntad de millones de brasileños de preservar conquistas sociales y evitar un retorno a políticas que consideran perjudiciales para sus condiciones de vida.

Para quienes encuentran en el Estado una herramienta de justicia social, el resultado representa una oportunidad. Para quienes esperan transformaciones más profundas, supone una responsabilidad que comienza precisamente cuando terminan los festejos.

Porque Lula ganó la elección presidencial, pero el conjunto del poder político brasileño presenta una realidad bastante menos favorable.

El Parlamento que ganó la derecha

La primera vuelta dejó una fotografía política que la segunda no puede modificar. Mientras Lula consiguió recuperar la Presidencia, las elecciones legislativas consolidaron a la derecha como una fuerza determinante en el Congreso Nacional.

El Partido Liberal, que llevó a Flávio Bolsonaro como candidato presidencial, obtuvo 121 de las 513 bancas de la Cámara de Diputados, convirtiéndose en la primera fuerza parlamentaria. La federación integrada por el PT, el Partido Comunista de Brasil y el Partido Verde alcanzó 88 escaños, de los cuales 70 corresponden al PT.

En el Senado, el panorama resulta igualmente complejo: el PL contará con 28 de los 81 senadores, frente a apenas nueve del PT.

Son cifras que muestran hasta qué punto una victoria presidencial puede convivir con una correlación de fuerzas legislativas adversa.

A ese escenario se suma el peso del llamado Centrão, un conjunto heterogéneo de partidos y dirigentes cuya capacidad de negociación ha sido decisiva en la política brasileña. Sus integrantes no responden a una orientación única ni constituyen necesariamente una extensión del bolsonarismo, pero representan un entramado de intereses que condiciona la formación de mayorías parlamentarias.

La experiencia brasileña demuestra que gobernar requiere acuerdos. El problema aparece cuando esos acuerdos terminan subordinando los objetivos de transformación a las condiciones impuestas por quienes controlan los votos necesarios para aprobar las leyes.

Las reformas tributarias, las políticas laborales, la redistribución del ingreso, la protección ambiental y el fortalecimiento de los servicios públicos deberán atravesar un Parlamento donde las fuerzas conservadoras disponen de una presencia significativa.

No alcanza con conservar el Poder Ejecutivo cuando buena parte de las herramientas legislativas necesarias para desarrollar un programa político quedan sujetas a negociaciones permanentes.

El peligro es doble. Por un lado, la posibilidad de que iniciativas fundamentales sean bloqueadas. Por otro, que las modificaciones exigidas para conseguir su aprobación terminen vaciándolas de contenido.

Brasil conoce demasiado bien esa tensión. El presidencialismo de coalición ha permitido construir gobernabilidad, pero también ha generado compromisos que, en determinadas circunstancias, limitaron la capacidad de los gobiernos para cumplir sus propuestas originales.

La paradoja adquiere ahora una dimensión particularmente significativa. Lula consiguió derrotar electoralmente al candidato de una derecha que, simultáneamente, fortaleció su representación institucional.

Sería un error interpretar esa situación como una victoria completa del progresismo. El resultado presidencial expresa una mayoría electoral; la composición del Congreso revela que esa mayoría no se reproduce automáticamente en todas las instituciones.

Y esa contradicción define el verdadero alcance de la encrucijada brasileña.

La difícil tarea de convertir los votos en transformaciones

Una elección puede modificar el gobierno sin alterar sustancialmente las relaciones de poder que condicionan sus decisiones.

La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de fuerzas populares que alcanzaron la Presidencia con un importante respaldo ciudadano y encontraron, una vez instaladas en el gobierno, obstáculos provenientes del Parlamento, de los grandes intereses económicos y de estructuras institucionales poco dispuestas a acompañar cambios profundos.

Brasil no constituye una excepción.

El bolsonarismo conserva una representación política, territorial y social considerable. Su derrota presidencial no elimina las causas que explican su crecimiento, ni las redes de apoyo que le permitieron disputar nuevamente el Gobierno.

La derecha ha demostrado que puede perder una elección y conservar una formidable capacidad para condicionar la siguiente etapa política. Ignorar esa realidad sería regalarle tiempo y espacio para reorganizarse.

Lula, por su parte, enfrenta una responsabilidad que trasciende la administración cotidiana del Estado. Su desafío será demostrar que el progresismo todavía dispone de respuestas efectivas frente a los problemas materiales de millones de brasileños.

La pobreza, la concentración de la riqueza, la precariedad laboral, la desigualdad territorial y las dificultades de acceso a servicios esenciales no desaparecen con una victoria electoral. Tampoco pueden quedar indefinidamente postergadas en nombre de la estabilidad parlamentaria.

Las mayorías sociales que hacen posibles los triunfos progresistas necesitan comprobar que su participación tiene consecuencias concretas sobre sus condiciones de vida.

Allí adquieren particular importancia los sindicatos, los movimientos populares, las organizaciones campesinas, los colectivos estudiantiles y las distintas expresiones de una sociedad civil que no debería quedar reducida a su participación electoral cada cuatro años.

La movilización democrática y la organización social constituyen herramientas fundamentales para sostener políticas redistributivas, ampliar derechos y evitar que la necesidad de negociar termine imponiendo una renuncia progresiva al programa de gobierno.

El nuevo mandato también adquiere una dimensión regional. Brasil es una pieza fundamental para la integración latinoamericana, la cooperación Sur-Sur y la construcción de una política internacional con mayor autonomía frente a los intereses de las grandes potencias.

La continuidad de Lula abre posibilidades para fortalecer esos caminos, aunque su desarrollo dependerá tanto de la orientación del Gobierno como de la capacidad para sostener sus iniciativas dentro del propio país.

Un Brasil socialmente más justo y políticamente estable representa una oportunidad para toda América Latina. Un Brasil paralizado por las disputas institucionales, en cambio, puede convertirse en otra demostración de las dificultades que enfrenta el progresismo cuando consigue administrar el gobierno sin modificar las relaciones de poder.

La victoria de Lula merece celebrarse. Su trayectoria política, la remontada electoral y la capacidad para reunir una nueva mayoría constituyen acontecimientos de indudable importancia.

Pero la celebración no debería confundirse con complacencia.

El resultado deja una derecha fortalecida en el Congreso, una sociedad profundamente dividida y un gobierno que necesitará construir acuerdos sin resignar los principios fundamentales que justifican su existencia.

El desafío no será únicamente gobernar durante los próximos cuatro años. Será conseguir que ese tiempo se traduzca en avances capaces de mejorar la vida de las mayorías y fortalecer las condiciones sociales que hacen posible la democracia.

Lula obtuvo una nueva oportunidad. Brasil deberá comprobar si esa oportunidad permite profundizar un proyecto de justicia social o si las negociaciones parlamentarias terminan reduciendo sus aspiraciones a los límites de lo políticamente permitido.

Hay motivos para festejar, pero también razones suficientes para hacerlo con precaución.

Porque la verdadera victoria de un proyecto progresista no se mide exclusivamente por su capacidad para llegar al gobierno, sino por las transformaciones que consigue realizar una vez que lo alcanza.

Lula ganó la Presidencia. La derecha conquistó una posición de fuerza en el Parlamento. Entre ambas realidades se encuentra el futuro de Brasil.

Y también una pregunta que trasciende sus fronteras: ¿hasta dónde puede avanzar el progreso cuando quienes aspiran a transformar la sociedad deben negociar cada paso con quienes defienden la permanencia del orden existente?

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