El doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio abrió una emergencia humanitaria, pero también expuso una de las caras más crueles de la economía digital: creadores de contenido, figuras públicas y marcas que transformaron los escombros, los centros de acopio y el sufrimiento de las víctimas en escenarios para conseguir seguidores, promocionar negocios o alimentar el algoritmo.
De la emergencia humanitaria al espectáculo para redes sociales
Mientras equipos de rescate, organismos públicos, organizaciones sociales y miles de ciudadanos se movilizaban para buscar sobrevivientes y recolectar agua, alimentos, medicamentos, ropa e insumos esenciales, algunos creadores de contenido llegaron a las zonas afectadas con otra prioridad: grabar videos, realizar transmisiones en vivo y obtener imágenes capaces de generar impacto en las plataformas digitales.
La necesidad de protagonismo produjo escenas que provocaron una fuerte indignación. Las zonas destruidas comenzaron a utilizarse como escenarios, las donaciones como elementos de una sesión fotográfica y las víctimas como parte de un contenido destinado a obtener reproducciones e interacciones.
Uno de los casos más cuestionados fue el del entrenador e influencer venezolano Gianpiero Fusco, conocido por promover ejercicios de calistenia y dietas cetogénicas.
Poco después de los terremotos, Fusco publicó un video en el que relacionó las posibilidades de supervivencia con la condición física de las personas. En su intervención hizo referencias despectivas a personas obesas o de contextura delgada y planteó que una mejor preparación corporal habría permitido enfrentar de otra manera la emergencia.
Las declaraciones generaron un rechazo inmediato. El influencer terminó eliminando el contenido y publicó una disculpa en la que asumió la responsabilidad por lo expresado. Reconoció que había utilizado la tragedia fuera de contexto y afirmó que no había dimensionado la magnitud del desastre.
La controversia, sin embargo, continuó. Posteriormente aparecieron imágenes de Fusco caminando sin camisa, descalzo y sin equipamiento adecuado entre estructuras dañadas. Para numerosos usuarios, la escena no representaba una acción de rescate, sino una puesta en escena construida para proyectar una imagen de heroísmo personal.
El episodio dejó una pregunta elemental: ¿qué ayuda concreta aporta una persona que ingresa a una zona de riesgo sin preparación, sin protección y acompañada por una cámara?
Otro caso que provocó fuertes críticas fue el de la creadora de contenido Paola Faría, integrante del programa dominicano Sin Filtro Radio Show.
En un video difundido masivamente se la observa posando junto a un cargamento de botellas de agua y otros víveres reunidos en un centro de acopio para las familias damnificadas. Mientras una persona le tomaba fotografías, Faría cambiaba de posición delante de los productos destinados a la ayuda humanitaria.
La escena fue interpretada por miles de usuarios como una sesión fotográfica realizada en medio de una emergencia. Las donaciones, que debían representar la solidaridad colectiva, quedaron convertidas en la escenografía de una producción personal.
Faría pidió disculpas a quienes se sintieron ofendidos y sostuvo que las imágenes habían sido sacadas de contexto. Según explicó, su intención era agradecer a quienes habían colaborado con la recolección de insumos. La explicación no impidió que continuara el cuestionamiento sobre la necesidad de posar delante de la ayuda y registrar el momento como una producción estética.
Un reportaje emitido por Venevisión recogió testimonios de rescatistas y periodistas que denunciaron la presencia de personas dedicadas a realizar transmisiones en vivo en lugares donde se desarrollaban tareas de búsqueda.
Uno de los trabajadores relató que, mientras los equipos removían escombros con pico y pala, una persona permanecía a su lado transmitiendo con un teléfono porque sus seguidores querían saber qué estaba ocurriendo.
El problema no radica en registrar una emergencia ni en informar sobre ella. Las imágenes y los testimonios pueden servir para visibilizar necesidades, solicitar ayuda y documentar lo ocurrido. La diferencia está en el propósito, el método y el respeto hacia quienes perdieron familiares, viviendas o buena parte de su historia personal.
El periodismo profesional dispone de criterios editoriales, protocolos de seguridad y reglas destinadas a evitar la revictimización. Una cámara colocada frente a una persona que acaba de atravesar una tragedia puede profundizar su angustia. Una versión sin confirmar puede provocar pánico. Una transmisión realizada dentro de una zona restringida puede interferir con un operativo de rescate.
El algoritmo no distingue entre solidaridad y oportunismo
La polémica no se limitó a quienes ingresaron a las zonas afectadas. Algunas marcas y figuras públicas utilizaron la conmoción generada por los terremotos para promocionar productos o emprendimientos.
Pink Pilates Caracas publicó una imagen creada mediante inteligencia artificial en la que aparecía un espacio de entrenamiento rodeado de escombros, con una bandera venezolana deteriorada en el fondo. La producción fue interpretada como un intento de utilizar la destrucción del país como recurso publicitario.
La publicación fue retirada y la cuenta dejó de estar disponible después de la reacción adversa de los usuarios. La escena sintetizó una lógica cada vez más extendida: convertir cualquier acontecimiento, incluso una catástrofe con víctimas, en una oportunidad para posicionar una marca.
La actriz y presentadora venezolana Gaby Espino también quedó en el centro de las críticas después de publicar un mensaje sobre la situación de Venezuela y enlazarlo con la promoción de su negocio vinculado a la empresa multinivel Farmasi.
Espino comenzó expresando preocupación por las consecuencias de los terremotos, pero luego invitó a sus seguidores a participar en una llamada informativa para conocer cómo generar ingresos mediante su emprendimiento.
La combinación entre el mensaje de solidaridad y la convocatoria comercial provocó un fuerte rechazo. Numerosos usuarios consideraron improcedente utilizar el contexto de la tragedia para captar posibles participantes de un negocio multinivel.
La actriz respondió que continuar trabajando no significaba permanecer indiferente ante el sufrimiento de Venezuela. También sostuvo que muchas personas necesitaban generar ingresos para ayudar a sus familias. El cuestionamiento, sin embargo, no se centraba en su derecho a trabajar, sino en la utilización de una emergencia nacional como introducción para una propuesta comercial.
Estos casos muestran un problema que supera las decisiones individuales. Las plataformas digitales están diseñadas para premiar la exposición constante, la reacción inmediata y los contenidos capaces de retener la atención. Cuanto mayor es el impacto emocional, mayor puede ser la circulación de una publicación.
Dentro de ese modelo, el sufrimiento también adquiere valor económico. Una imagen dramática produce reproducciones; las reproducciones generan visibilidad; la visibilidad atrae contratos, publicidad y oportunidades comerciales.
La solidaridad deja entonces de ser solamente una acción orientada a ayudar y comienza a funcionar como una estrategia de posicionamiento personal. No alcanza con entregar una donación: hay que grabarla. No basta con colaborar en un centro de acopio: es necesario posar frente a los suministros. No alcanza con expresar preocupación: el mensaje debe terminar con una invitación comercial.
El problema no es que la ayuda sea comunicada. Las campañas públicas pueden estimular nuevas colaboraciones y multiplicar los recursos disponibles. El límite aparece cuando las personas afectadas y los bienes reunidos colectivamente son utilizados como accesorios de una narrativa cuyo personaje principal es quien sostiene el teléfono.
Desinformación, poder económico y responsabilidad social
La actuación de algunos creadores de contenido durante los terremotos reabrió el debate sobre la confianza depositada en figuras digitales que no siempre cuentan con preparación periodística, científica o técnica.
Un estudio mundial publicado por la UNESCO en 2024, realizado entre 500 creadores de contenido de 45 países, reveló que el 62% no verifica sistemáticamente la información antes de compartirla.
La investigación también mostró que el 42% utiliza la cantidad de reproducciones y reacciones como un criterio para evaluar la credibilidad de un contenido. Solamente un tercio manifestó conocer adecuadamente las normas relacionadas con la libertad de expresión y los derechos de autor.
La propia UNESCO reconoce que los creadores digitales ocupan actualmente un lugar importante en el sistema informativo, pero advierte que muchos tienen dificultades para distinguir fuentes confiables, contrastar datos y evaluar la calidad de las afirmaciones que difunden.
Durante una emergencia, estas carencias dejan de ser un problema menor. Un rumor sobre nuevos terremotos, una cifra falsa de víctimas, una supuesta advertencia científica o una información equivocada sobre rutas de evacuación pueden generar miedo, desplazamientos innecesarios y decisiones peligrosas.
Una investigación de la Universidad de Portsmouth publicada en 2025 también advirtió sobre los riesgos psicológicos, sanitarios y sociales asociados con la actividad de determinados influencers.
El trabajo identificó problemas como la difusión de información falsa, la promoción de productos peligrosos, la imposición de modelos de belleza irreales, el fomento de la comparación social, la publicidad engañosa y la exposición de datos personales.
La universidad señaló que el mercado vinculado a la influencia digital podría alcanzar los 480.000 millones de dólares en 2027. También citó una encuesta de 2024 según la cual el 60% de los consumidores confía en las recomendaciones formuladas por influencers.
No se trata, por tanto, de un fenómeno superficial. Detrás de las publicaciones existe una industria de enorme tamaño que utiliza vínculos emocionales y relaciones de confianza para orientar comportamientos, consumos y opiniones.
El problema aparece cuando esa influencia no está acompañada por obligaciones equivalentes. Una figura con millones de seguidores puede ofrecer consejos sanitarios sin formación médica, interpretar un fenómeno sísmico sin conocimientos científicos o formular acusaciones sin presentar pruebas.
La democratización de la comunicación permitió que sectores históricamente excluidos pudieran expresarse sin depender de grandes empresas periodísticas. Esa conquista no debe ser menospreciada. Pero la ampliación del derecho a comunicar no elimina la responsabilidad por las consecuencias de lo publicado.
Tampoco todos los creadores de contenido actuaron de manera irresponsable. Muchos utilizaron sus plataformas para informar sobre centros de acopio, difundir listas de insumos necesarios, ubicar personas desaparecidas y convocar donaciones. Las redes fueron también una herramienta para conectar familias y organizar la solidaridad.
Lo que predominó en Venezuela fue la movilización comunitaria: rescatistas, trabajadores públicos, organizaciones sociales, instituciones privadas y ciudadanos que pusieron tiempo, recursos y esfuerzo al servicio de quienes habían sido golpeados por los terremotos.
Las publicaciones oportunistas fueron masivamente condenadas por los propios usuarios. Esa reacción demostró que una parte importante de la sociedad distingue entre informar y explotar, entre ayudar y utilizar la ayuda, entre acompañar a una víctima y convertirla en contenido.
La discusión no exige censurar las redes ni impedir que los ciudadanos documenten una emergencia. Exige responsabilidad, formación, mecanismos de regulación y respeto por la dignidad humana.
En una tragedia, las víctimas no son personajes secundarios de una producción digital. Los centros de acopio no son estudios fotográficos. Los escombros no son una escenografía. Y la solidaridad no puede reducirse a una estrategia para conseguir seguidores.
