El Banco Central resolvió nuevas medidas sobre el régimen de encajes para incentivar el ahorro y el crédito en moneda nacional. En una región donde el dólar vuelve a aparecer como refugio, dependencia o bandera política, Uruguay elige otro camino: reconstruir confianza en su moneda, reducir vulnerabilidades externas y poner el ahorro de los uruguayos al servicio del desarrollo local. No es política monetaria para la política; es política monetaria para dar estabilidad, crédito y previsibilidad.
El peso como herramienta de estabilidad
El Banco Central del Uruguay volvió a mover piezas en su estrategia de desdolarización. Esta vez, el Directorio aprobó modificaciones en el régimen de encajes bancarios con un objetivo explícito: fortalecer el ahorro, el crédito y la inversión en moneda nacional.
La medida apunta a cambiar incentivos dentro del sistema financiero. En términos simples, los encajes son la parte de los depósitos que los bancos deben mantener inmovilizada en el Banco Central. Cuanto mayor es el encaje, menor es la proporción de esos fondos que puede transformarse en crédito. Por eso, tocar encajes no es un detalle técnico aislado: afecta el costo de captar dinero, la disponibilidad de préstamos y el atractivo relativo de ahorrar en pesos o en dólares.
El primer cambio establece una reducción gradual de las alícuotas de encaje para obligaciones de corto plazo en pesos y unidades indexadas. El cronograma baja el encaje a 14% desde el 1° de julio, a 13% desde el 1° de agosto y a 12% desde el 1° de setiembre de 2026.
El segundo cambio apunta al otro lado de la balanza: los dólares. A partir del 1° de setiembre, el BCU mantiene los niveles de encaje vigentes en moneda extranjera, pero modifica la forma en que remunera esos saldos. La nueva remuneración será equivalente a la tasa de política monetaria de la autoridad emisora de la moneda —por ejemplo, la Reserva Federal en el caso del dólar— menos 1,5 puntos porcentuales.
El mensaje es claro. Intermediar en pesos debe ser más conveniente. Captar ahorro en moneda nacional debe permitir más crédito en moneda nacional. Y los dólares, que durante décadas funcionaron como refugio cultural de los uruguayos, no pueden seguir ocupando el centro de una economía que cobra salarios, paga jubilaciones, consume, produce y vive en pesos.
Una economía menos rehén del dólar
La desdolarización no significa prohibir el dólar ni negar su importancia en el comercio, el ahorro o las reservas. Significa ordenar los incentivos para que Uruguay no viva pendiente de una moneda que no emite, una tasa que no decide y una política monetaria que se define fuera del país.
Una economía demasiado dolarizada queda más expuesta a los vaivenes internacionales. Cuando los hogares ahorran en dólares pero gastan en pesos, cualquier movimiento brusco del tipo de cambio puede afectar decisiones de consumo. Cuando empresas o familias con ingresos en pesos toman obligaciones en dólares, aparece una fragilidad evidente: si el dólar sube, la deuda se encarece aunque el ingreso no acompañe.
El Banco Central también marcó otro punto central: buena parte del ahorro colocado en moneda extranjera termina financiando otras economías. En cambio, el ahorro en moneda nacional tiene mayor capacidad de canalizarse hacia crédito interno, vivienda, empresas, inversión productiva y empleo.
Ese es el fondo político y económico de la medida. Uruguay no busca desdolarizar por capricho ni por una consigna vacía. Busca que el dinero de los uruguayos trabaje más para Uruguay.
La coyuntura ayuda. El país llega a esta etapa con inflación baja en términos históricos, expectativas más alineadas con la meta del Banco Central y un sistema financiero sólido. Ese contexto permite empujar una agenda que en otros momentos era más difícil: fortalecer el peso sin generar sobresaltos, construir credibilidad y hacer que ahorrar en moneda nacional sea una decisión razonable, no un acto de fe.
En mayo, la inflación interanual fue de 3,77%, dentro del rango objetivo. Ese dato importa porque la confianza en la moneda nacional no se decreta. Se construye con estabilidad de precios, reglas claras y una autoridad monetaria que actúe con continuidad.
Uruguay y Brasil ante una región tentada por el atajo
La decisión uruguaya también debe leerse en clave regional. En América Latina vuelve a ganar espacio el debate sobre la dolarización. Argentina reinstaló la discusión con el gobierno de Javier Milei. Ecuador y El Salvador siguen siendo los ejemplos más conocidos de dolarización formal. En otros países, el dólar funciona de hecho como refugio cotidiano frente a crisis cambiarias, inflación o pérdida de confianza.
Ese camino puede parecer rápido, pero tiene costo. Dolarizar implica resignar herramientas propias de política económica. Significa depender de decisiones tomadas en Washington, aceptar una moneda ajena como centro del sistema y perder capacidad para responder con instrumentos nacionales ante shocks externos.
Uruguay elige otro rumbo. No niega la realidad global ni desconoce el peso del dólar en el comercio internacional, pero apuesta a recuperar margen de maniobra. Es una línea que también conversa con movimientos más amplios en el Sur Global, donde Brasil impulsa el uso de monedas locales en el comercio y en el financiamiento internacional para reducir exposición a la volatilidad del dólar.
No se trata de inventar una moneda común ni de romper con el sistema financiero global. Se trata de algo más concreto: usar más las monedas propias, defender la capacidad de decisión nacional y evitar que cada movimiento de la Reserva Federal o cada sacudón geopolítico se traduzca automáticamente en problemas para trabajadores, empresas y hogares.
Uruguay tiene una historia larga de confianza cultural en el dólar. Esa cultura no cambia con una sola resolución. Pero estas medidas forman parte de una agenda gradual: mejorar la remuneración relativa del peso, bajar costos para intermediar en moneda nacional, advertir sobre riesgos cambiarios y construir un sistema financiero más alineado con las necesidades del país.
La política monetaria, bien entendida, no se hace para ganar una discusión partidaria. Se hace para cuidar estabilidad, crédito, inversión y trabajo. En esa dirección, la apuesta del Banco Central no mira la próxima encuesta: mira una economía menos dependiente, menos frágil y más capaz de financiar su propio desarrollo.
