Quatroges

La ultraderecha y los métodos de siempre: el método de siempre, el miedo

Con la popularidad de Donald Trump deteriorándose y unas elecciones de mitad de mandato cada vez más difíciles para los republicanos, la respuesta vuelve a un recurso tan viejo como conocido: fabricar miedo. Comunistas, anarquistas, socialistas y enemigos de la patria reaparecen como amenazas capaces de sustituir en el discurso aquello que el gobierno tiene crecientes dificultades para exhibir como resultados.

Cuando faltan respuestas, aparece el enemigo

Esta mirada de Quatroges toma como punto de partida un texto de Lisa Lerer publicado por The New York Times desde Dallas, donde el Partido Republicano realizó una inusual convención de cara a las elecciones de mitad de mandato. Lo que allí ocurrió permite observar un mecanismo político que excede largamente a Estados Unidos: cuando la derecha más radical pierde terreno, el adversario deja de ser simplemente un competidor electoral y pasa a convertirse en una amenaza contra la nación, la familia, el orden y hasta la propia civilización.

Durante horas, dirigentes republicanos hablaron mucho menos de los logros de la administración Trump que de los peligros que supuestamente encarnan los demócratas. Desde el escenario se habló de una “revolución bolchevique”, de comunistas, anarquistas y socialistas dispuestos a transformar Estados Unidos en un infierno. El propio Trump dedicó buena parte de su intervención a recorrer las principales contiendas electorales para presentar a sus adversarios como marxistas, extremistas y simpatizantes del terrorismo.

No es casualidad que ese lenguaje aparezca cuando las encuestas se vuelven más incómodas. El miedo no necesita demostrar que una política funcionó, ni explicar por qué aumentó un precio, ni justificar una guerra, ni responder por el deterioro de las condiciones materiales. Basta con convencer a una parte de la sociedad de que, por malo que sea el presente, aquello que viene detrás será mucho peor.

Comunismo, caos y patria: un libreto conocido

La operación tiene una estructura reconocible. Primero se construye un enemigo. Después se lo coloca fuera de los límites de lo aceptable. Finalmente se persuade al votante de que las elecciones ya no consisten en elegir entre proyectos políticos, sino en evitar una catástrofe. El adversario no está equivocado: es peligroso. No propone otra distribución de la riqueza: quiere destruir el país. No representa otra corriente política: odia la cultura nacional.

En Dallas, ese libreto apareció prácticamente completo. Dirigentes republicanos describieron a los demócratas como una fuerza que pretende destruir los fundamentos de Estados Unidos. Las referencias al socialismo, al comunismo y a la izquierda radical dominaron la escena mientras asuntos bastante más concretos —el costo de los alimentos, la atención sanitaria, la economía cotidiana o las consecuencias de la guerra con Irán— quedaban desplazados por una batalla ideológica presentada en términos casi apocalípticos.

La técnica tampoco pertenece exclusivamente a Trump. La política del miedo tiene una larga historia. Pero la ultraderecha contemporánea la ha convertido en uno de sus instrumentos centrales: inmigrantes que vienen a destruir el país, delincuentes que acechan cada esquina, izquierdistas que quieren quedarse con la propiedad, feministas que amenazan a la familia, organizaciones sociales que preparan el caos. Cambian los nombres y los escenarios. La estructura permanece.

El miedo como sustituto de la política

El contexto ayuda a entender la intensidad del discurso. Trump enfrenta un escenario complejo para las elecciones de mitad de mandato y su aprobación aparece debilitada incluso en áreas que anteriormente constituían fortalezas políticas, como la economía, la inmigración y la seguridad nacional. Algunas de las principales decisiones de su gobierno —los aranceles, la guerra con Irán y las redadas migratorias— acumulan rechazo y desgaste.

Frente a esa realidad, convertir a la oposición en un peligro existencial tiene una ventaja electoral evidente: obliga a discutir sobre el enemigo y no sobre el gobierno. Ya no importa tanto si la administración cumplió, si mejoró la vida de la población o si sus decisiones fueron acertadas. La pregunta que se pretende instalar es otra: ¿se atrevería usted a permitir que gobiernen los comunistas?

Es uno de los métodos de siempre porque sigue funcionando cuando encuentra una sociedad suficientemente insegura, fragmentada o temerosa. La ultraderecha necesita enemigos porque el miedo simplifica aquello que la realidad vuelve complejo. Reduce la política a una frontera entre nosotros y ellos, entre patriotas y traidores, entre orden y caos. Y cuando esa frontera logra imponerse, discutir salarios, salud, vivienda, desigualdad o derechos pasa a un segundo plano. El miedo ocupa todo el espacio.

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