Las exportaciones brasileñas hacia Estados Unidos bajaron 13% durante el primer semestre, mientras las ventas a China crecieron 22% y alcanzaron un máximo histórico. El proteccionismo de Washington acelera una reconfiguración que amplía la autonomía de Brasil, aunque mantiene pendiente el desafío de industrializar la relación con Pekín y proteger el empleo.
El mapa económico de América Latina está cambiando y la política exterior de Donald Trump contribuye a acelerar esa transformación. Mientras Washington levanta nuevos muros arancelarios contra Brasil, China amplía sus compras, sus inversiones y su participación en el comercio de la principal economía de la región.
Durante el primer semestre de 2026, Brasil exportó productos por US$ 17.400 millones a Estados Unidos, 13% menos que en el mismo período del año anterior. Como consecuencia, la participación estadounidense en las ventas externas brasileñas cayó al 9,4%, el registro más bajo desde que comenzó la serie estadística en 1997. Las importaciones procedentes de Estados Unidos también retrocedieron 12,5% y se ubicaron en unos US$ 19.000 millones.
La tendencia contraria se produjo con China. Las exportaciones brasileñas al mercado chino alcanzaron US$ 58.300 millones, con un crecimiento cercano al 22%, mientras las importaciones sumaron US$ 38.500 millones. El intercambio bilateral se aproximó así a los US$ 97.000 millones y dejó para Brasil un superávit de US$ 19.800 millones.
Washington castiga a un país con el que mantiene superávit
El discurso estadounidense sostiene que Brasil aplica prácticas comerciales “injustas”. Sin embargo, los propios datos contradicen la imagen de Estados Unidos como víctima: Washington mantiene un saldo comercial favorable con Brasil y acumuló en los últimos 15 años un superávit de bienes y servicios de US$ 424.500 millones, de acuerdo con cifras presentadas por el Gobierno brasileño.
Brasil también asegura que una parte mayoritaria de los productos estadounidenses ingresa con arancel cero o con gravámenes reducidos. Desde julio de 2025 se realizaron más de 30 reuniones entre autoridades de ambos países, sin que el diálogo impidiera la aplicación de nuevas sanciones comerciales.
El Gobierno de Trump estableció primero una sobretasa del 25% sobre una amplia lista de productos brasileños, utilizando la Sección 301 de la legislación comercial estadounidense. Washington incluyó entre sus cuestionamientos el funcionamiento del sistema público de pagos Pix, la regulación de las plataformas digitales, la política sobre etanol, la propiedad intelectual y la deforestación.
Días después agregó otro gravamen del 12,5%, formalmente justificado por la ausencia de una prohibición brasileña a la importación de mercancías producidas mediante trabajo forzoso. Esta última medida fue aplicada a 60 socios comerciales y no surgió de una acusación específica de que las exportaciones brasileñas sancionadas fueran producidas en esas condiciones.
Las dos decisiones alcanzan al 23,1% de las exportaciones brasileñas hacia Estados Unidos. Dentro de ese universo, productos equivalentes al 16,5% de las ventas al mercado estadounidense deberán soportar un arancel combinado del 37,5%. Fueron exceptuados bienes estratégicos para el consumo y la industria de Estados Unidos, entre ellos café, carne bovina, aeronaves y piezas de aviación.
Las exoneraciones revelan los límites del propio tarifazo: Washington sanciona allí donde puede presionar a Brasil, pero evita encarecer productos que necesita su población o sus cadenas industriales. Más que una defensa equilibrada del comercio, la Sección 301 funciona como una herramienta unilateral para exigir cambios internos a otros Estados mediante la amenaza económica.
China ocupa el espacio que Estados Unidos abandona
La política de Trump está produciendo un resultado contrario al objetivo declarado de contener la influencia china en América Latina. A medida que el mercado estadounidense se vuelve más imprevisible, empresas brasileñas buscan destinos alternativos y China se consolida como el principal comprador de la producción del país.
El crecimiento de las ventas a Pekín estuvo impulsado por petróleo, soja, mineral de hierro y carnes. China ya adquiere el 54% del petróleo crudo exportado por Brasil. Las ventas brasileñas de carne bovina al país asiático crecieron 50% durante el semestre y alcanzaron US$ 4.800 millones, mientras las de carne de pollo aumentaron 43%.
En sentido contrario, Brasil compró a China vehículos eléctricos e híbridos, paneles solares, maquinaria y componentes tecnológicos. Los automóviles electrificados representaron alrededor del 15% de las importaciones brasileñas procedentes del mercado chino, mientras las compras de chips de memoria crecieron 218% en valor.
El vínculo ofrece a Brasil un margen de maniobra que no existía cuando Estados Unidos ejercía una posición casi excluyente sobre las economías latinoamericanas. La posibilidad de comerciar con China, la Unión Europea, los países del BRICS y otros mercados reduce la capacidad de Washington para imponer condiciones sin consecuencias.
No obstante, sustituir la dependencia política respecto de Estados Unidos por una relación concentrada en exportar petróleo, soja y minerales tampoco constituye una estrategia completa de soberanía. El verdadero desafío consiste en utilizar el acceso al mercado chino para impulsar transferencia tecnológica, producción industrial, infraestructura pública y cadenas regionales de valor.
Soberanía económica con trabajo protegido
El Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva rechazó las acusaciones estadounidenses, anunció que iniciará los procedimientos previstos por la Ley de Reciprocidad y planteó llevar la controversia ante la Organización Mundial del Comercio. Brasil sostiene que la utilización de la legislación interna estadounidense para sancionar políticas soberanas carece de respaldo en las normas multilaterales.
También fue retomado el Plan Brasil Soberano, administrado por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social, con líneas destinadas a exportadores, proveedores y sectores industriales afectados por los aranceles o por la inestabilidad internacional. El programa contempla capital de giro, financiamiento para exportaciones, compra de bienes de capital e inversiones productivas.
Existe, sin embargo, un aspecto que debe ser corregido desde una perspectiva de defensa de las trabajadoras y los trabajadores: a diferencia del programa aplicado en 2025, el nuevo esquema de créditos de 2026 no exige a las empresas asumir un compromiso de mantenimiento del empleo. El apoyo público debería estar condicionado a preservar puestos de trabajo, impedir despidos oportunistas y evitar que las pérdidas sean trasladadas a quienes viven de su salario.
Para América Latina, la disputa deja una enseñanza. La respuesta al proteccionismo de Estados Unidos no puede limitarse a negociar excepciones país por país ni a aceptar el papel de proveedor de materias primas. La región necesita integración productiva, comercio en monedas propias, infraestructura compartida, ciencia pública y capacidad industrial.
El retroceso estadounidense en Brasil no es solamente una variación estadística. Es el resultado de una política imperial que pretende disciplinar a la principal economía latinoamericana y termina empujándola hacia un mundo más multipolar. La oportunidad histórica consiste en transformar ese nuevo escenario en soberanía real, desarrollo con valor agregado y mejores condiciones de vida para los pueblos.
