Dos periodistas del diario estadounidense recorrieron La Habana durante una semana y registraron cómo las familias cubanas enfrentan apagones, escasez de combustible y dificultades crecientes para transportarse, cocinar y conservar alimentos. El reportaje muestra las respuestas solidarias de una sociedad sometida a una ofensiva económica que busca convertir la energía en un instrumento de presión política.
¿Cómo sobrevive un país cuando prácticamente deja de recibir petróleo? Esa fue la pregunta que llevó a Jack Nicas y Alex Pena, periodistas de The New York Times, a viajar a Cuba y permanecer durante una semana documentando la vida cotidiana de una población sometida a una crisis energética sin precedentes.
El equipo periodístico ingresó a la isla con las primeras visas concedidas al medio estadounidense en casi ocho años. Su objetivo fue observar directamente qué ocurre cuando un país entero debe continuar funcionando mientras se reduce de manera drástica el ingreso de combustible.
El recorrido mostró apagones prolongados, dificultades para el transporte y hogares obligados a reorganizar cada aspecto de su rutina. También registró algo que suele quedar fuera del relato construido desde Washington: la capacidad de las comunidades cubanas para compartir recursos, improvisar soluciones y sostener la vida colectiva en medio de una política deliberada de asfixia.
La energía convertida en un arma contra Cuba
La emergencia energética no puede separarse de la política de presión impulsada por el gobierno de Donald Trump. Estados Unidos profundizó las medidas destinadas a impedir que Cuba reciba petróleo, especialmente el procedente de Venezuela, y extendió las amenazas sobre empresas, intermediarios y países dispuestos a comerciar con la isla.
El mecanismo no necesita detener físicamente cada buque. El peso de Estados Unidos sobre el sistema financiero, las aseguradoras, el transporte marítimo y el comercio internacional permite generar temor entre quienes podrían vender, trasladar o financiar combustible destinado a Cuba.
El resultado es un cerco que afecta directamente a la población. Sin petróleo suficiente se reduce la generación eléctrica, circulan menos ómnibus, se dificulta el traslado de alimentos, se interrumpe el bombeo de agua y aumenta la presión sobre hospitales, escuelas, comercios y viviendas.
Washington presenta estas medidas como sanciones contra el gobierno cubano. Sin embargo, sus consecuencias recaen sobre millones de personas que deben pasar largas horas sin electricidad, encontrar formas alternativas de cocinar, conservar medicamentos o trasladarse hasta sus lugares de trabajo.
Cuando se impide que un país acceda a la energía necesaria para sostener sus servicios esenciales, el objetivo ya no es sancionar a determinados funcionarios. Se utiliza la vida cotidiana de toda una población como herramienta para provocar agotamiento, malestar social y desestabilización política.
Baterías, vehículos eléctricos y solidaridad barrial
Durante su recorrido, los periodistas encontraron una red de soluciones construidas por las propias familias. En algunos hogares, las baterías se cargan durante las pocas horas en que regresa la electricidad y luego permiten mantener encendidos ventiladores, teléfonos o pequeñas luces durante los cortes.
Los vehículos eléctricos, especialmente motos y triciclos de fabricación china, adquirieron una importancia creciente ante la falta de gasolina. Algunos son utilizados para trasladar personas, alimentos y mercancías, mientras otros fueron adaptados con paneles solares y diferentes sistemas de recarga.
Estas respuestas no eliminan la gravedad de la situación. Una batería doméstica no sustituye una red eléctrica nacional y un triciclo eléctrico no puede reemplazar el transporte público de una ciudad. Pero muestran cómo la población cubana busca mantener en movimiento su vida cotidiana pese a las condiciones impuestas desde el exterior.
Una de las escenas registradas resume ese esfuerzo comunitario. En un barrio de La Habana, una familia utilizaba un generador alimentado con gas para proyectar películas destinadas a niños que no tenían electricidad en sus hogares.
La imagen no representa una normalidad energética ni una solución definitiva. Muestra a una comunidad que, incluso bajo condiciones extremas, utiliza los recursos disponibles para crear un espacio compartido y ofrecer a los niños algunas horas de entretenimiento en medio de los apagones.
La solidaridad barrial se convierte así en una infraestructura tan importante como las baterías, los paneles o los generadores. Cuando el bloqueo intenta aislar y fragmentar, las respuestas colectivas permiten compartir electricidad, alimentos, transporte e información.
El bloqueo busca transformar el sufrimiento en presión política
La política estadounidense parte de una lógica conocida: deteriorar las condiciones materiales de vida hasta que el descontento social se vuelva insoportable y pueda ser utilizado contra el gobierno cubano.
No se trata solamente de restringir operaciones financieras o congelar activos. Impedir el ingreso de combustible afecta la producción, el transporte, la refrigeración de alimentos, la atención sanitaria, el abastecimiento de agua y prácticamente todas las actividades indispensables para la vida.
La energía se convierte de esa manera en un arma política. Cada apagón prolongado, cada ómnibus que deja de circular y cada hogar que no puede conservar sus alimentos forman parte del efecto buscado por una estrategia que pretende presentar posteriormente las consecuencias del cerco como prueba del fracaso cubano.
El bloqueo también amplía las desigualdades. Las familias que reciben ayuda desde el exterior pueden acceder con mayor facilidad a paneles solares, baterías o vehículos eléctricos. Quienes dependen exclusivamente de sus ingresos y de los servicios públicos quedan más expuestos a los cortes y a la escasez.
Esa diferencia no es producto de una elección libre de la sociedad cubana, sino del modo en que una medida de coerción económica golpea con mayor fuerza a quienes cuentan con menos recursos.
La visita de The New York Times adquiere especial relevancia porque permite que un medio estadounidense observe directamente las consecuencias humanas de una política promovida desde su propio país. Lo documentado contradice la idea de que las sanciones son decisiones abstractas que solamente afectan a las autoridades.
Detrás de cada restricción aparecen personas esperando que vuelva la electricidad, familias reorganizando sus horarios, trabajadores buscando cómo trasladarse y comunidades compartiendo los pocos recursos disponibles.
Un pueblo que no acepta desaparecer
El reportaje encontró una Cuba golpeada, pero no inmóvil. La población adapta vehículos, almacena electricidad, comparte generadores y crea pequeñas redes de apoyo para sostener actividades que en otras circunstancias dependerían de una infraestructura estable.
Esa capacidad de resistencia no debe ser utilizada para minimizar el daño. Que un pueblo encuentre formas de sobrevivir no vuelve legítimo el castigo que se le impone. Por el contrario, evidencia la dimensión de una política que obliga a millones de personas a dedicar tiempo, dinero y esfuerzo a resolver necesidades que podrían cubrirse con normalidad si el país pudiera comerciar libremente.
Cuba no enfrenta simplemente una escasez de combustible. Enfrenta una estrategia que pretende impedirle comprarlo y castigar a quienes intenten suministrarlo.
El recorrido de los periodistas estadounidenses terminó mostrando algo que el discurso de Washington intenta ocultar: los apagones y la falta de petróleo no son únicamente cifras energéticas. Son las consecuencias concretas de una decisión política destinada a quebrar la resistencia de un país mediante el sufrimiento de su población.
