Daniel Noboa ofreció a Xi Jinping que China tendrá en Ecuador “un amigo al otro lado del Pacífico” y llegó a Pekín buscando más comercio, inversiones, tecnología y financiamiento. El movimiento coloca al presidente ecuatoriano ante una contradicción difícil de disimular: su gobierno convirtió la alianza política y militar con Estados Unidos en uno de sus principales ejes internacionales, justamente cuando Washington endurece su estrategia para contener la expansión china en América Latina y reclama preservar el hemisferio como un espacio prioritario de sus propios intereses.
China ya no es una relación secundaria para la economía ecuatoriana
La visita de Estado de Noboa a China dejó bastante más que fotografías protocolares. Después de reunirse el martes con Xi Jinping, el presidente ecuatoriano mantuvo el miércoles 19 de agosto un encuentro con el primer ministro Li Qiang y llevó una agenda concreta: profundizar el Tratado de Libre Comercio vigente desde mayo de 2024, abrir el mercado chino a más productos ecuatorianos, agilizar certificaciones sanitarias y aduaneras y atraer capital hacia energía, infraestructura, vivienda, electromovilidad, energías renovables, minería y agroindustria. Ecuador quiere vender más camarón, banano, cacao, café y flores, pero también habilitar aguacates, arándanos, piñas, carne de ave y nuevos productos pesqueros y agroindustriales. No es una búsqueda marginal: durante el primer semestre de 2026 China fue el segundo socio comercial de Ecuador detrás de Estados Unidos y el primero si se excluye el petróleo; las importaciones procedentes del gigante asiático alcanzaron unos 4.472 millones de dólares, 28% más que un año antes, mientras las exportaciones ecuatorianas crecieron 23%, y más de la mitad del camarón exportado por Ecuador tiene como destino ese mercado. En vísperas de la visita, Pekín además levantó las restricciones que mantenía sobre ocho plantas procesadoras ecuatorianas de camarón, aunque otras seis continuaban suspendidas. A eso se sumaron acuerdos en industria verde, economía digital y cooperación económica y comercial, más cerca de 43 millones de dólares de cooperación china no reembolsable para equipamiento médico, reactivación productiva, educación, prevención de riesgos e incluso vehículos para el patrullaje policial. Noboa no viajó, por tanto, simplemente a mantener una relación diplomática: fue a profundizar una asociación económica que Ecuador difícilmente podría reemplazar sin pagar un costo importante.
Xi puso sobre la mesa la palabra que Washington menos quiere escuchar: autonomía
La dimensión más interesante del encuentro apareció cuando Xi dejó de hablar de camarones, minerales o inversiones y llevó la conversación directamente al terreno geopolítico. Ante uno de los gobiernos latinoamericanos más próximos a Washington, el presidente chino sostuvo que América Latina debe mantener su condición de zona de paz, defender su independencia y poder escoger sus socios internacionales de acuerdo con sus propios intereses, sin interferencias externas. Noboa respondió calificando a China como socio y amigo, prometió profundizar la confianza política, respaldó la posición china sobre Taiwán y aseguró que Pekín tendría “un amigo al otro lado del Pacífico”. La escena adquiere otra dimensión cuando se observa qué ocurre simultáneamente en la relación ecuatoriana con Estados Unidos. El Comando Sur considera a Ecuador un socio regional clave; su jefe, Francis Donovan, visitó el país en marzo y nuevamente en julio de este año, mientras fuerzas estadounidenses y ecuatorianas profundizaron entrenamiento, interoperabilidad y operaciones contra organizaciones vinculadas al narcotráfico. En junio, Noboa se reunió en el Pentágono con Pete Hegseth, quien definió al hemisferio occidental como una prioridad de Washington y acordó ampliar la cooperación militar bilateral. Ecuador también participó de la estrategia regional de seguridad promovida por Donald Trump, pese a que en noviembre de 2025 los propios ecuatorianos rechazaron en referéndum, con 60,82% de los votos, eliminar la prohibición constitucional que impide instalar bases militares extranjeras. El dato marca un límite político significativo: el gobierno de Noboa avanzó en una integración de seguridad cada vez mayor con Estados Unidos, pero la sociedad ecuatoriana ya rechazó entregar un cheque en blanco cuando esa cooperación toca directamente la soberanía territorial.
El problema para Noboa puede comenzar cuando Washington le exija elegir
Por ahora no existe una exigencia pública de Estados Unidos para que Ecuador abandone los acuerdos concretos negociados durante esta visita, pero sería ingenuo analizar lo ocurrido en Pekín como si Ecuador pudiera moverse fuera de la creciente disputa entre las dos grandes potencias. La administración Trump viene actuando abiertamente para limitar la presencia china en el hemisferio: presionó sobre inversiones y puertos vinculados a capitales chinos, cuestionó proyectos estratégicos en Perú, Panamá y Chile y prepara cientos de millones de dólares para programas destinados específicamente a contrarrestar la influencia de Pekín en telecomunicaciones, infraestructura y otros sectores considerados sensibles. El Congreso estadounidense también ha colocado la competencia con China dentro de su agenda para Ecuador, mientras documentos de política exterior de Washington definen como prioridad impedir que potencias extrarregionales controlen activos estratégicos en América. Y allí aparece la verdadera contradicción de Noboa: buena parte de lo que acaba de pedir a China —infraestructura, minería, energía, inteligencia artificial, economía digital, tecnología y electromovilidad— pertenece exactamente al conjunto de sectores donde Estados Unidos intenta limitar la expansión china. Ecuador puede intentar durante algún tiempo una fórmula pragmática: seguridad y respaldo político con Washington, mercados, inversión y tecnología con Pekín. Pero cuanto más se profundice la disputa entre ambas potencias, más pequeño será ese espacio. La cuestión que deja abierta la visita no es si Noboa quiere mantener buenas relaciones con ambos; los números explican perfectamente por qué las quiere. La pregunta es qué hará un gobierno tan estrechamente alineado con Estados Unidos si Washington termina reclamándole que la alianza tenga un precio también en sus relaciones con China. Para Ecuador, como para el resto de Sudamérica, el debate de fondo vuelve a ser el mismo que Xi decidió colocar explícitamente sobre la mesa en Pekín: si los países latinoamericanos podrán relacionarse con quien consideren conveniente de acuerdo con sus propios intereses o si la vieja pretensión de administrar el continente como zona de influencia exclusiva volverá a imponerse sobre la soberanía regional.
