Quatroges

Milei desempolvó a Galtieri: Malvinas como salvavidas de un gobierno en crisis

En medio del desgaste económico, el deterioro de su imagen y las dificultades crecientes de millones de argentinos, Javier Milei recurrió a una cadena nacional para envolverse en la bandera de Malvinas. El tono recordó inevitablemente a Leopoldo Fortunato Galtieri, quien en 1982 buscó transformar una causa nacional legítima en la tabla de salvación de una dictadura asfixiada por su propio fracaso. La diferencia roza el absurdo: Milei reivindicó durante años a Margaret Thatcher, defendió que debía contemplarse la voluntad de los habitantes implantados por el Reino Unido y convirtió el alineamiento con Washington en política exterior. Ahora, cuando necesita reconstruir autoridad, se presenta como custodio de la soberanía argentina frente a los mismos intereses que históricamente admiró.

De Thatcher al nacionalismo por cadena nacional

El jueves 3 de septiembre, Milei aseguró que “las Malvinas son argentinas” y que los isleños no tienen un derecho legítimo a la autodeterminación. Advirtió que no permitirá que empresas extranjeras exploten petróleo sin autorización argentina y anunció un decreto para acelerar las sanciones, una nueva Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, la creación de un Consejo de Seguridad Nacional y el financiamiento de una base naval integrada en Tierra del Fuego. Solo le faltó asomarse al balcón de la Casa Rosada y repetir la frase de Galtieri: “Si quieren venir, que vengan; les presentaremos batalla”.

La defensa de la soberanía argentina sobre las Malvinas es legítima, histórica e irrenunciable. Precisamente por eso no debería utilizarse como escenografía de emergencia para un gobierno debilitado. Milei no llegó a esta posición luego de una trayectoria consecuente: durante años manifestó su admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra que dirigió la respuesta militar británica en 1982. En mayo de 2024 volvió a considerarla “una de las grandes líderes de la historia de la humanidad” y comparó su admiración por ella con la que alguien podría sentir por futbolistas de equipos rivales.

Todavía en 2025, Milei sostenía que el deseo de los habitantes de las islas debía considerarse un factor esencial para resolver la controversia. Esa formulación se aproximaba al argumento británico de la autodeterminación, rechazado tradicionalmente por Argentina porque la población originaria fue desplazada y sustituida después de la ocupación colonial de 1833. Ahora Milei afirma exactamente lo contrario: que los isleños no poseen ese derecho y que las Malvinas constituyen una situación colonial. No explicó qué descubrimiento histórico produjo semejante conversión. Simplemente cambió el discurso cuando el nuevo traje nacionalista comenzó a resultarle políticamente conveniente.

El espejo de 1982 y una economía contra el pueblo

La semejanza con Galtieri no consiste en afirmar que Milei esté preparando una guerra. Consiste en la utilización de Malvinas como refugio de un poder que atraviesa dificultades económicas y necesita recuperar iniciativa política. En marzo de 1982, pocos días antes del desembarco, una multitud convocada por la CGT había sido reprimida mientras reclamaba “Paz, pan y trabajo”. La dictadura sufría el rechazo social provocado por la recesión, el endeudamiento, la caída salarial, la desindustrialización y la destrucción iniciada por el programa económico de José Alfredo Martínez de Hoz.

Galtieri había colocado al frente del Ministerio de Economía a Roberto Alemann, quien profundizó un programa de austeridad, congelamiento salarial, reducción del gasto público, devaluación, acercamiento al Fondo Monetario Internacional y privatización de empresas estatales. No era idéntico, punto por punto, al programa de Milei, pero pertenecía a la misma familia económica: disciplinar los salarios, achicar el Estado, abrir la economía, favorecer al capital financiero y presentar el sufrimiento social como un sacrificio inevitable para alcanzar una prosperidad siempre postergada.

Más de cuatro décadas después, Milei gobierna con una motosierra dirigida contra el gasto público, los salarios estatales, las jubilaciones, la obra pública, la educación y las políticas sociales. Aunque consiguió reducir la inflación y exhibe algunos indicadores favorables, los salarios reales permanecen deteriorados, amplios sectores perdieron capacidad de consumo y millones de familias dependen del endeudamiento para cubrir necesidades cotidianas. En junio de 2026, la morosidad de los préstamos personales alcanzó un récord del 12,8%, mientras cerca de seis millones de personas acumulaban atrasos superiores a 90 días. Cuando la economía deja de ofrecer una épica convincente, aparece la patria por cadena nacional.

Una maniobra que puede volver a favorecer a Londres

La aventura de Galtieri terminó beneficiando políticamente a Margaret Thatcher. La primera ministra atravesaba una situación interna complicada, pero la victoria militar fortaleció su liderazgo y contribuyó a su reelección en 1983. Gran Bretaña consolidó su presencia militar en el Atlántico Sur, profundizó el control sobre las islas y encontró nuevas condiciones para explotar los recursos de la región. Argentina, en cambio, pagó con la vida de 649 de sus combatientes, muchos de ellos jóvenes enviados sin preparación suficiente por una dictadura que pretendió utilizar su patriotismo para prolongar su permanencia en el poder.

Milei corre ahora el riesgo de repetir otra parte de aquella historia: lanzar una retórica grandilocuente que permita a Londres endurecer su posición y presentarse como protector de los isleños frente a una supuesta amenaza argentina. El gobierno británico ya respondió que su postura es “inquebrantable”, defendió la voluntad de los habitantes del archipiélago y aseguró que sus fuerzas permanecerán allí. Si la consecuencia de la cadena nacional es reforzar el discurso británico, aumentar la militarización regional y desplazar la vía diplomática, el resultado volverá a ser favorable para el ocupante.

También resulta revelador que el giro soberanista de Milei surgiera después de que Donald Trump amenazara con revisar la posición estadounidense sobre Malvinas debido a sus diferencias con el Reino Unido. El presidente argentino no construyó una política exterior autónoma: esperó una señal de Washington para descubrir una causa que forma parte de la identidad nacional desde mucho antes de su llegada al poder. Su supuesto desafío a Gran Bretaña continúa dependiendo de los movimientos de la Casa Blanca. Malvinas no puede ser una ficha en una disputa entre Trump y Londres ni un recurso publicitario para un mandatario que ayer exaltaba a Thatcher y hoy ensaya gestos de Galtieri.

La causa Malvinas merece memoria, diplomacia, integración latinoamericana, defensa de los recursos naturales y una estrategia sostenida en el derecho internacional. Merece respeto por los combatientes y por una sociedad que todavía carga las heridas de la guerra. Lo que no merece es ser utilizada para ocultar una crisis económica ni para fabricar una unidad nacional alrededor de un presidente que convirtió la entrega de soberanía económica en programa de gobierno. Galtieri utilizó Malvinas para intentar salvar una dictadura y terminó fortaleciendo a Thatcher. Milei debería recordar esa historia antes de disfrazarse de patriota frente a las cámaras.


Compartir esta nota: Facebook X