Quatroges

Los frutos no caen lejos del árbol

Pedro Bordaberry descartó un juicio político contra Yamandú Orsi por el caso de la camioneta, pero eligió justificarlo con una frase que desnuda la calidad política de una parte de la oposición uruguaya: “Si viene Cosse en lugar de Orsi estamos en el horno”. El problema ya no es solo la camioneta. El problema es una derecha que convierte cualquier episodio menor en escándalo nacional, juega con herramientas institucionales graves y después las baja al nivel de una chicana contra la vicepresidenta.

Un juicio político no es una frase para hacer televisión

El caso de la camioneta de Yamandú Orsi merecía explicaciones. Las tuvo. Podrán parecer suficientes o insuficientes, pero el punto político central es otro: la oposición decidió inflar un episodio administrativo y ético hasta convertirlo en una causa nacional, como si el país estuviera ante una crisis institucional.

No lo estaba.

Hubo una compra cuestionada, un descuento importante, pedidos de informes, declaraciones cruzadas y una decisión posterior del presidente de donar el vehículo a la ANEP. Eso puede discutirse. Lo que no resiste análisis serio es usar el tema como plataforma permanente de desgaste contra un gobierno que recién empieza.

Ahí aparece Pedro Bordaberry. Primero se presenta como dirigente responsable, dice que no hay que debilitar la figura presidencial y descarta el juicio político. Hasta ahí, una posición institucionalmente razonable. Pero enseguida arruina el argumento: no habría que avanzar porque, si cae Orsi, asumiría Carolina Cosse.

Esa frase es grave. No por ingeniosa, porque no lo es. Es grave porque muestra cómo una herramienta constitucional extrema queda reducida a cálculo partidario y prejuicio político. Bordaberry no dijo simplemente que no había mérito jurídico. Dijo que, aun en la hipótesis de discutir la salida del presidente, el problema sería quién viene después.

Eso no es republicanismo. Eso es berretada parlamentaria con traje.

Bordaberry y la oposición del escándalo permanente

La derecha uruguaya está mostrando una falta de densidad política preocupante. Donde debería haber control serio, hay griterío. Donde debería haber fiscalización responsable, hay operación de desgaste. Donde debería haber oposición democrática, aparece una pulsión permanente de trabar, embarrar y convertir cada asunto menor en una prueba de vida o muerte del gobierno.

No es nuevo en la región. Las derechas sudamericanas aprendieron a trabajar así: no siempre ganan con propuestas, muchas veces intentan gobernar desde la obstrucción. Instalan sospechas, fuerzan escándalos, exageran episodios, desgastan presidentes y después se presentan como defensoras de la institucionalidad que ellas mismas tensionan.

En Uruguay todavía se cuidan las formas, pero el método empieza a reconocerse. No hace falta romper la Constitución para bordearla políticamente. Alcanza con banalizar sus herramientas. Alcanza con hablar de juicio político como quien comenta una jugada de fútbol. Alcanza con insinuar crisis donde hay una controversia manejable.

Bordaberry sabe perfectamente que un juicio político no es un juguete discursivo. Sabe que no se trata de “me gusta” o “no me gusta” quién queda en la Presidencia. Sabe que la Constitución no fue escrita para que la oposición mida si le conviene Orsi, Cosse o cualquier otro nombre del Frente Amplio.

Por eso su frase no fue un exabrupto inocente. Fue una confesión política.

El apellido, la memoria y la baja calidad democrática

El título no habla de sangre. Habla de tradición política. Nadie es responsable por lo que hizo su padre. Pedro Bordaberry no es Juan María Bordaberry. Pero cuando un dirigente con ese apellido juega livianamente con la estabilidad presidencial, cuando convierte la posibilidad de un juicio político en una chicana contra una vicepresidenta electa, la memoria histórica pesa.

Pesa porque Uruguay sabe lo que significa tratar la institucionalidad como un obstáculo. Pesa porque la democracia uruguaya no necesita dirigentes que se llenen la boca hablando de República mientras usan la Constitución como pieza de presión mediática. Pesa porque venir de una historia familiar marcada por el golpe de Estado debería exigir más prudencia democrática, no menos.

Bordaberry tenía una salida simple: decir que no había mérito para un juicio político y punto. Pero eligió agregar que el problema sería Cosse. Ahí quedó claro el nivel. No se discutía la gravedad jurídica del caso. Se discutía el rechazo político a una mujer de izquierda que, por mandato popular, ocupa la Vicepresidencia y está en la línea constitucional de sucesión.

Eso también hay que decirlo: el comentario contra Cosse no fue solo una chicana. Fue una forma de deslegitimar por adelantado a una autoridad electa. No por una causa institucional. No por una violación constitucional. No por un delito grave. Simplemente porque a Bordaberry no le gusta.

Esa es la pobreza del argumento.

La oposición uruguaya puede controlar, preguntar, investigar y exigir transparencia. Para eso está. Pero otra cosa es hacer del escándalo permanente una estrategia. Otra cosa es poner palos en la rueda todos los días. Otra cosa es transformar cada episodio menor en una guerra política y después posar de adulta responsable.

Bordaberry quiso aparecer como garante de la institucionalidad. Terminó mostrando lo contrario: una oposición que no se anima a decir que quiere tumbar al presidente, pero tampoco puede evitar fantasear con el desgaste; una oposición que no tiene votos ni argumentos para un juicio político, pero sí tiene tiempo para convertirlo en chiste; una oposición que habla de República mientras reduce la Constitución a una herramienta de conveniencia.

Da vergüenza que el debate público uruguayo caiga a ese nivel.

El país tiene problemas reales: trabajo, seguridad, vivienda, pobreza infantil, salud, educación, tarifas, frontera, producción nacional. Frente a eso, una parte de la oposición eligió discutir una camioneta durante semanas y ahora pretende cerrar el capítulo con una frase de sobremesa: no conviene mover a Orsi porque viene Cosse.

Ese es el tamaño político del argumento.

Y ese es, también, el problema de fondo: cuando la derecha no tiene proyecto de país, fabrica escándalos. Cuando no tiene mayoría social para imponer su programa, bloquea. Cuando no puede discutir de frente, chicanea. Cuando no encuentra delito, sugiere crisis. Cuando no puede tumbar, desgasta.

Uruguay merece una oposición seria. No una oposición que juegue con fósforos al lado de la Constitución

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