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Las mujeres que sostienen la vida en la Lima olvidada: el trabajo de cuidados que Perú todavía no reconoce

Una investigación de la periodista Silvia M. Bardales Q., publicada en Wayka con fotografías de Valia Aguirre, expone el peso invisible que cargan miles de mujeres en Lima Norte: cuidar hogares, alimentar comunidades, sostener ollas comunes, atender personas mayores, niños y personas con discapacidad, casi siempre sin salario, sin descanso y sin protección estatal.

El cuidado que sostiene barrios enteros

En las periferias de Lima, el trabajo que permite que la vida siga funcionando no aparece en los grandes indicadores económicos ni ocupa el centro de la agenda política.

Está en las ollas comunes que se encienden antes del amanecer, en las mujeres que cocinan para decenas de vecinos, en quienes empujan una silla de ruedas por calles sin pavimentar, en las que cuidan niños ajenos mientras otras madres salen a trabajar, en las que atienden personas mayores sin cobertura suficiente del Estado.

La investigación publicada por Wayka pone el foco en Lima Norte, especialmente en zonas de Comas, Carabayllo y San Martín de Porres. Allí, las mujeres organizadas no solo sostienen sus hogares: también sostienen parte del tejido social que el Estado no alcanza a cubrir.

El dato económico es contundente. Según la Cuenta Satélite del Trabajo Doméstico No Remunerado del INEI, este trabajo representa el 20,4% del PBI de Perú. De ese total, las mujeres aportan el 76%.

No se trata de una ayuda secundaria ni de una tarea menor. Es trabajo. Produce valor. Ahorra costos al Estado, a las familias y a la economía formal. Pero sigue siendo tratado como una obligación natural de las mujeres, como si cuidar fuera un destino y no una responsabilidad social que debe repartirse.

Mientras el Congreso peruano discute lentamente la creación de un Sistema Nacional de Cuidados, las mujeres de las periferias no pueden esperar. Cocinan, cuidan, acompañan, organizan, gestionan donaciones, atienden emergencias barriales y siguen acumulando cansancio.

Triple jornada, pobreza y salud quebrada

La investigación recoge testimonios de mujeres que viven jornadas imposibles. No tienen un solo trabajo: tienen varios, superpuestos y casi siempre mal o nada remunerados.

Sandra Velásquez, presidenta de la Olla Común San Lorenzito e integrante de la Red de Mujeres Organizadas de Carabayllo contra la Violencia de Género, relata una rutina que empieza antes de las cinco de la mañana. Compra alimentos en el mercado, vuelve a su casa, prepara el desayuno, limpia, atiende animales, corre a la olla común y termina cerca de las tres de la tarde. Después siguen las reuniones, la cena familiar, los informes diarios de raciones y su propio trabajo como enfermera.

Alejandra Contreras Meza, integrante de la Red de Mujeres de Carabayllo, también cuida niños y personas mayores en su comunidad. Lo hace mientras cocina para su familia y busca algún ingreso económico tejiendo. Su testimonio muestra una realidad repetida: el cuidado comunitario es fundamental, pero suele pagarse con gestos simbólicos o directamente no pagarse.

Ese sistema tiene consecuencias concretas. Según el diagnóstico “Brechas, necesidades y servicios de cuidado en Lima Norte”, elaborado por DEMUS, las mujeres en Perú dedican entre 20 y 24 horas más por semana que los varones al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.

Esa brecha no solo quita tiempo. Quita salud, estudio, descanso, autonomía económica y participación política.

La falta de servicios públicos suficientes agrava la situación. Las cunas de Cuna Más y los centros del INABIF no cubren la demanda real. En los distritos analizados, la responsabilidad del cuidado de personas adultas mayores y personas con discapacidad recae casi por completo sobre las mujeres de la familia. La brecha de cobertura estatal llega al 99,8%.

El resultado es una forma silenciosa de empobrecimiento. Mujeres que dejan trabajos formales porque no tienen con quién dejar a sus hijos. Mujeres que enferman y postergan consultas médicas porque, si ellas paran, se detiene la casa, el comedor o la red barrial.

Luz Medina, secretaria de Conamovidi en San Martín de Porres y representante de la Red Metropolitana contra la Violencia de Género de Lima Metropolitana, describe años de desgaste acumulado en comedores populares, comités vecinales y tareas comunitarias. Habla de compañeras con cáncer, artrosis, várices, piernas dañadas y cuerpos agotados por sostener al mismo tiempo la casa, la economía familiar y el trabajo social.

Ese es el costo físico de un modelo que descansa sobre una idea injusta: que las mujeres siempre pueden un poco más.

Del sacrificio privado al derecho al cuidado

Las organizaciones de mujeres de Lima Norte no están esperando reconocimiento pasivo. Están construyendo respuestas desde el territorio.

En Carabayllo, las redes de mujeres reunieron 1.000 firmas para reclamar un sistema local de cuidados. La demanda es concreta: guarderías, servicios para personas mayores, apoyo para personas con discapacidad, espacios de descanso y salud mental para cuidadoras, y políticas municipales que no deleguen todo en las familias.

En Comas, Cecibel Hilasaca, representante de ACEPRODES e integrante de la Dirección Colegiada de la Mesa de Género, reclama que la municipalidad avance con una propuesta de sistema local de cuidados. Su planteo apunta a un punto central: las lideresas comunitarias también cuidan, también se desgastan y también necesitan protección.

La discusión ya no puede quedar encerrada en la idea de “ayuda social”. El cuidado es un derecho. Implica el derecho a cuidar, a ser cuidado y al autocuidado.

Ese enfoque fue reconocido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en su Opinión Consultiva OC-31/25, que ubicó el derecho al cuidado dentro del marco de los derechos humanos y lo vinculó con la igualdad, la no discriminación, la autonomía y la corresponsabilidad social.

También existen marcos internacionales previos que obligan a los Estados a medir y reconocer el trabajo doméstico no remunerado, como la CEDAW, y a promover servicios públicos que permitan conciliar vida familiar y laboral, como los convenios de la OIT sobre trabajadores con responsabilidades familiares y trabajadoras domésticas.

El punto político es claro: cuidar no puede seguir siendo una carga privada, femenina y gratuita.

La sostenibilidad de Perú no puede depender del sacrificio permanente de mujeres que cocinan, cuidan, organizan y enferman sin reconocimiento. Lo que ocurre en Lima Norte expone una deuda estructural de toda América Latina: los Estados hablan de crecimiento, inversión y productividad, pero siguen ignorando el trabajo que permite que millones de personas puedan vivir cada día.

El cuidado sostiene la economía. Sostiene la infancia. Sostiene la vejez. Sostiene a las personas con discapacidad. Sostiene los barrios. Y, sin embargo, quienes lo hacen siguen siendo las más postergadas.

Reconocer ese trabajo no es un gesto simbólico. Es una obligación política.

Foto: Valia Aguirre


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