Quatroges

La foto-Parte 1

Cuento de Quatroges

«Una jaula salió en busca de un pájaro.»
— Franz Kafka

La niebla había empezado a bajar antes de que terminara de oscurecer. No era frecuente verla así, tan espesa, empujándose entre los árboles y las casas hasta borrar los fondos del pueblo. Desde lejos, las personas parecían bultos oscuros que avanzaban despacio, encogidos bajo paraguas y pilotos, apareciendo durante unos segundos debajo de cada farol y volviendo enseguida a hundirse en aquella leche gris. Era uno de esos pueblos del interior que podían pasar inadvertidos dentro del mapa del Uruguay, rodeados de campo, caminos angostos y distancias que comenzaban apenas terminaban las últimas casas. Allí la noche solía llegar sin ceremonia. Las puertas se cerraban, alguna radio quedaba encendida detrás de una ventana y, poco después, apenas se escuchaban los perros, algún motor lejano y los árboles. Aquella noche no. El viento había comenzado temprano y llevaba horas empujando nubes bajas sobre los techos. Después llegó una llovizna fina, dulzona, engañosa. Las calles se oscurecieron. El agua convirtió la tierra de las cunetas en barro y dejó sobre las veredas un brillo sucio que devolvía, deformadas, las luces del alumbrado. Las casas fueron apagándose, una detrás de otra. Primero las ventanas de las habitaciones, después las cocinas, finalmente los porches. Desde cierta distancia daba la impresión de que una mano invisible recorría el pueblo y bajaba interruptores. Al final quedó una sola casa encendida.

Era una construcción antigua, grande para el lugar, apartada unos metros de la calle detrás de una verja y de un pequeño jardín que la lluvia había aplastado contra la tierra. Frente a la entrada había huellas de barro. No muchas. Comenzaban junto al portón, cruzaban el pequeño sendero y desaparecían bajo el alero. La lluvia había deshecho los bordes de algunas, pero todavía conservaban suficiente forma como para saber que no llevaban demasiado tiempo allí. Desde las pisadas, la mirada podía subir por los escalones húmedos, detenerse en la puerta cerrada, recorrer la fachada y llegar hasta una ventana del piso principal. La luz estaba encendida. Detrás del vidrio, una silueta pasó rápidamente de un lado al otro.

Adentro, Marcos revolvía un baúl como si hubiera perdido algo que podía desaparecer para siempre. Sacaba papeles, ropa, carpetas viejas, cajas de cartón, fotografías envueltas en sobres que ni siquiera abría. Los objetos caían a su alrededor y formaban un pequeño desastre sobre el piso. Tenía las manos negras de polvo. También la cara. Una mancha le cruzaba la mejilla y otra se le había pegado sobre la frente, dándole el aspecto de un caramelo que hubiera rodado debajo de una cama.

—Tiene que estar —murmuró, y volvió a hundir los brazos en el baúl.

No sabía exactamente qué forma tendría aquello que buscaba. Una carta. Una anotación. Una fecha. Una palabra que alguien hubiera escrito muchos años antes sin comprender que alguna vez serviría para demostrar algo. Pero tenía que existir. Una pista. Algo que confirmara que no estaba equivocado. Que había una razón. Que las cosas no habían ocurrido simplemente porque sí.

Desde algún lugar de la casa llegaba una canción tan baja que parecía confundirse con la lluvia. En el equipo de música, una cinta giraba desde quién sabía cuándo. Al terminar, la casetera cambiaba de sentido y volvía a empezar. La abuela la había dejado sonando. Marcos alzó apenas la cabeza.

—¿Qué tema es este?

Escuchó unos segundos y después volvió a hundir las manos en el baúl. Un golpe de viento sacudió una ventana en el comedor. Marcos se detuvo. Otra ráfaga hizo vibrar los vidrios. Entonces sintió aquello otra vez. No era una voz. Tampoco una idea. Era algo más parecido a un tirón. Una dirección. Como si desde otra habitación un hilo invisible se hubiera enganchado detrás de sus ojos y estuviera obligándolo a mirar hacia allí. Se incorporó de golpe, cruzó el pasillo y entró al comedor.

La tormenta había ganado fuerza. Una de las ventanas estaba mal cerrada y el viento entraba por la abertura levantando una cortina blanca hasta hacerla avanzar por la habitación. El aire estaba caliente. Demasiado caliente para una noche de lluvia. Marcos sintió la humedad pegada a la camisa. La cortina volvió a levantarse y durante un instante pareció una figura, un cuerpo largo, pálido, sin rostro, que entraba desde la oscuridad. Marcos parpadeó. La tela cayó. El viento rugió contra la casa. Algo golpeó el techo. Otro trueno llegó desde lejos y se acercó rodando sobre el pueblo. Marcos miró hacia la ventana. El viento inflaba las cortinas, doblaba las ramas del jardín y hacía estremecer los marcos. En su respiración irregular, en aquel aire que entraba y salía con violencia, empezó a formarse una criatura. Un lomo. Una cabeza. La respiración enorme de un animal agazapado del otro lado de la casa. Desde adentro, a Marcos le pareció que el dragón alzaba la cabeza hacia el cielo. Entonces el cielo se rompió como un vidrio de azúcar.

La claridad del relámpago llenó el comedor. Marcos levantó un brazo frente a los ojos. Cuando volvió a mirar, vio la pared. Primero fue apenas una mancha. Después un punto negro. El punto comenzó a abrirse desde el centro como un papel que se quema. Los bordes se curvaron. La oscuridad creció. Marcos retrocedió. La cortina volvió a levantarse y pasó delante de él como un fantasma blanco. El hueco de la pared siguió abriéndose. Del otro lado había luz. No la luz azul de un relámpago. Luz de día. Marcos sintió que algo lo empujaba hacia adelante, o que tiraba de él. No pudo distinguirlo. El piso desapareció. El calor también. Y de pronto el cielo era celeste.

Un celeste limpio, inmenso, sin una sola nube. Marcos corrió. Tenía diez años y corría. La hierba le golpeaba las pantorrillas. El aire olía a tierra tibia y hojas. Había insectos que saltaban delante de sus zapatos y pájaros que cambiaban de árbol cuando él pasaba. No pensaba en nada. No necesitaba pensar. Corría porque podía correr. Porque el campo estaba allí. Porque sus piernas respondían y el mundo parecía hecho exactamente para que un niño lo atravesara. Respiró profundamente. Sintió que se llenaba de mariposas. Entraban con el aire y revoloteaban dentro de su pecho. Algunas bajaban hasta la barriga. Otras chocaban contra sus costillas. El corazón saltaba entre ellas como un trapecista feliz. Marcos se rió.

El monte estaba más adelante. Lo conocía. Conocía el sendero, las piedras, los árboles torcidos por años de viento y el lugar exacto donde el terreno descendía. Allí estaba el Pozo de los Encantos. El nombre le gustaba más que el pozo. Le gustaba repetirlo. Encantos. Parecía una palabra capaz de guardar cosas. Se acercó. No tenía miedo. El agua oscura estaba abajo, quieta, escondida entre paredes húmedas y plantas que crecían donde casi nunca llegaba el sol. Marcos se inclinó apenas. Le gustaba pensar que si uno esperaba lo suficiente podía escuchar algo. No sabía qué. Tal vez una voz. Tal vez el agua diciendo su propio nombre. Miró hacia el monte y durante un segundo vio otra cosa: gomas ardiendo, una calle cortada, piernas atravesando humo negro, la mano de su padre apretándole la suya. La imagen desapareció antes de formar una historia. Marcos volvió a mirar el campo. Los pájaros seguían allí. El viento movía las copas de los árboles. Se sentó junto al pozo.

Durante un instante, una voz de hombre atravesó el campo. No venía del monte. Tampoco del pozo. Marcos levantó la cabeza.

—¿Quién es este que canta?

La música se hundió otra vez detrás de los pájaros y el campo volvió a cerrarse sobre él. Estaba bien allí. No quería moverse. Todo lo necesario cabía dentro de aquel lugar. El sol. La hierba. El agua. El aire. La certeza absoluta de que nada malo podía ocurrir mientras pudiera quedarse sentado junto al Pozo de los Encantos.

—¡Marcos!

La voz llegó desde lejos. Él no respondió.

—¡Marcos! ¡A comer!

Era la abuela. La conocía tan bien que podía imaginar la forma de su boca al llamarlo. Marcos bajó la vista. Algo cambió. No sabía qué. La felicidad seguía allí, pero ya no ocupaba todo el cuerpo. Era una sensación pequeña, conocida. Como cuando uno entra en una habitación y sabe que estuvo allí antes aunque no recuerde cuándo. La abuela lo cuidaba. Le daba de comer. Lavaba su ropa. Sabía cuándo tenía fiebre. Lo esperaba. Todo eso era cierto. Y, sin embargo, algunas veces Marcos sentía que detrás de esas cosas había otra que no podía ver. Una cosa sin nombre.

—¡Marcos!

Miró otra vez el pozo. Quiso quedarse. Entonces sintió un tirón hacia abajo. No en la ropa. No en un brazo. En todo el cuerpo. La voz de la abuela se alejó. El cielo perdió intensidad. Los pájaros dejaron de oírse. El campo comenzó a palidecer.

La voz se apagó. El campo perdió color alrededor de Marcos y el olor del pasto cedió, poco a poco, al polvo de los libros. Cuando volvió a reconocer la casa, estaba frente a la biblioteca.

Se quedó quieto. La puerta estaba abierta. Conocía cada estante, los lomos gastados, las enciclopedias que nadie consultaba desde hacía años, la mesa pesada junto a la ventana, el sillón de cuero reseco. Avanzó. Sus pies parecían saber más que él. Podía recorrer aquella casa con los ojos cerrados. Girar donde terminaba el corredor, evitar la tabla que crujía junto a la biblioteca, encontrar una llave sin mirar el cajón. Entró. El olor a libros viejos era real. También el polvo. También la madera. Marcos pasó una mano sobre una mesa. Después cruzó hacia el salón y, al hacerlo, los miriñaques regresaron.

Primero apareció una falda. Enorme. Rozó su brazo al pasar. Después otra. Y otra. El salón se llenó de telas. Desde abajo, los adultos eran columnas que hablaban. Las voces se cruzaban por encima de la cabeza de Marcos. Algunas reían. Otras bajaban de tono cuando alguien se acercaba. Los vasos tintineaban. Había perfume, tabaco, alcohol y comida. Una mujer pasó junto a él envuelta en una falda tan amplia que durante un segundo Marcos no vio nada más. Cuando volvió a ver, el salón estaba lleno. Damas rígidas como figuras de cera. Hombres oscuros inclinándose unos hacia otros. Vestidos que flotaban sobre el piso. Copas. Bandejas. Botellas que brillaban debajo de las lámparas. El licor parecía salir de pequeñas fuentes de cristal.

Marcos respiró aquel aire cargado. Era demasiado bajo para el mundo. Los muebles eran altos. Las personas eran altas. Las conversaciones ocurrían en un lugar situado por encima de él.

—Enderezate.

La voz llegó junto a su oreja. La abuela. Marcos levantó los hombros.

—Saludá.

Una mujer lo miraba. Él obedeció.

—Buenas noches.

La mujer sonrió.

—Qué precioso.

La mano de la abuela se apoyó sobre su espalda. Desde afuera parecía una caricia. Los dedos buscaron la carne blanda del brazo. El pellizco llegó rápido. Marcos sintió el ardor subirle hasta el hombro. No hizo ningún sonido.

—Sonreí —dijo la abuela sin dejar de sonreír ella.

Marcos sonrió. La mujer siguió hablando. El pellizco quedó latiendo.

Después vino otro. Más tarde otro. No siempre por algo que él entendiera. Una respuesta demasiado baja. Una postura. Mirar hacia otro lado. Moverse cuando debía quedarse quieto. Él aprendía. El salón le enseñaba. Sonreír mientras dolía. Decir que sí. Saludar. Callarse. Los adultos podían hablar de cualquier cosa. Él tenía que saber cuándo desaparecer.

Vio a su madre. Estaba del otro lado del salón. La reconoció antes de verle la cara, por la manera de mover una mano cuando hablaba. Marcos quiso ir hacia ella. Su padre estaba cerca. Los dos parecían pertenecer a una zona más clara de la habitación. Su madre lo vio y sonrió. Esta vez Marcos no necesitó que nadie le ordenara hacerlo. Corrió, o creyó correr. El salón se alargó. Las personas se interpusieron. Los vestidos crecieron. Un hombre dio un paso y lo obligó a desviarse. Cuando llegó al lugar donde estaban sus padres, ya no estaban.

—¿Mamá?

Nadie respondió.

—¿Papá?

Las conversaciones siguieron.

Marcos buscó entre las piernas de los adultos. Nada. Sintió la mano de la abuela sobre el hombro. Esta vez no lo pellizcó.

—Vení.

Había otra habitación. O tal vez era la misma. La abuela estaba sentada frente a él. Marcos no recordaba qué había ocurrido antes de aquella conversación. Solo recordaba la cara. La voz. Y las palabras. Sus padres habían muerto mientras trabajaban en Europa. Un accidente de auto. Nada más. Marcos había esperado otra frase. Alguna palabra capaz de deshacer lo anterior. No llegó.

Desde entonces los imaginaba. Nunca había visto aquel coche. Nunca había visto aquella carretera. Pero la había construido tantas veces que podía recorrerla. Una carretera sin nombre. Un automóvil detenido a un costado. Sus padres abrazados para siempre dentro del coche. Como si el último movimiento de sus vidas hubiera sido buscarse. Como si hubieran tenido tiempo. Como si al menos hubieran muerto juntos.

Marcos quiso preguntar algo. No supo qué. La abuela dijo otras cosas que se perdieron. Él se fue hacia un rincón. Allí sí pudo llorar. Las voces del salón continuaron. Las copas. Las risas. Los vestidos. Los hombres. La casa siguió funcionando alrededor de su dolor. Nadie dejó de conversar porque sus padres hubieran muerto. Solo el rincón le devolvía su llanto.

Una ráfaga golpeó la ventana. Marcos abrió los ojos. La cortina blanca se levantó frente a él. El salón estaba vacío. No había mujeres. No había hombres. No había miriñaques. Solo muebles. Polvo. La casa. El dragón recuperaba fuerzas afuera. Marcos caminó hasta la ventana y la cerró. Después cerró la otra. El golpe seco de los marcos encajando devolvió al salón su forma. Respiró. Oyó la lluvia. Miró alrededor.

Entonces la vio.

La abuela estaba allí. Sentada. Inmóvil. Marcos se acercó. Le tocó una mano. Estaba fría. La miró durante varios segundos. No había nada monstruoso en ella. Ningún gesto. Ninguna transformación. Solo un cuerpo. Un cuerpo que llevaba aproximadamente treinta horas muerto. Marcos volvió la cabeza hacia el reloj. Eran más de las cuatro de la madrugada. Frunció el ceño. Treinta horas. Miró nuevamente a la abuela.

—¿Cómo había pasado el tiempo?

La pregunta quedó flotando.

No podía ordenar las horas. Había anochecido. Había buscado en el baúl. Había estado en el comedor. Había corrido. Había tenido diez años. Había visto a sus padres. Había llorado. Y ahora eran más de las cuatro. O quizá había sido siempre más de las cuatro.

Se levantó y comenzó otra vez a buscar. Entró en el dormitorio de la abuela. Abrió cajones. Revisó una mesa. Después fue al baño. Abrió el botiquín. Lo hizo casi sin pensar. Sus dedos reconocieron el pequeño tirador antes que sus ojos. Adentro había cajas, frascos, gasas, medicamentos antiguos, otros más recientes. Los movió. Leyó algunos nombres. Volvió a dejarlos. Buscó detrás. Nada. Cerró. Lo abrió otra vez. Revisó el estante inferior. Nada. Marcos se quedó mirando el interior del botiquín como si hubiera olvidado qué había ido a buscar. Después lo cerró.

Volvió junto a la abuela.

—Tenés frío.

Esperó. No hubo respuesta. Buscó una manta. La desplegó con cuidado y se la colocó encima. Acomodó uno de los bordes sobre sus piernas.

—Así está mejor.

La lluvia golpeaba los vidrios. Marcos miró la estufa. Todavía quedaban algunas brasas. Se agachó. Puso leña. Sopló. El fuego tardó. Una llama pequeña se abrió entre los restos negros. Marcos añadió otro trozo. La habitación comenzó a recibir aquel calor pobre. Se sentó frente a la abuela.

—Sabés, abuela… —dijo.

Esperó un instante. Ella no respondió.

—Al final era esto.

Miró el fuego.

—Todo era esto.

La abuela permaneció inmóvil.

—Uno aprende primero sin saber que está aprendiendo. Te dicen cómo sentarte. Cómo saludar. A quién mirar. Cuándo callarte. Cuándo sonreír. Si no entendés, te enseñan.

Se tocó el brazo. Por un instante volvió a sentir un pellizco que llevaba décadas desaparecido de la piel.

—Te enseñan acá.

Golpeó suavemente con dos dedos el lugar.

—Después ya no hace falta que te pellizquen. Lo hacés solo.

Una brasa se quebró dentro de la estufa.

—Eso es lo genial, ¿no? Que llega un momento en que nadie tiene que vigilarte. Aprendiste a vigilarte vos.

Marcos sonrió apenas.

—La gente cree que la hipocresía es mentir. Qué palabra chica para una cosa tan grande.

Se levantó y caminó hasta la ventana. El vidrio estaba cubierto de agua.

—Mentir es fácil. Decís algo que no es cierto. La hipocresía es otra cosa. Es construir un mundo entero para que nadie tenga que decir la verdad.

Volvió hacia la abuela.

—Es vestir bien una casa. Poner las copas. Servir el licor. Hablar bajito. Sonreír. Y si un niño siente que algo está mal, lo pellizcás debajo de la mesa.

La miró.

—Pero no delante de todos.

Silencio.

—Nunca delante de todos.

Marcos caminó despacio por la habitación.

—Después crecemos y hacemos lo mismo. Solo que ya no usamos los dedos.

La lluvia arreció.

—Usamos trabajos. Uniformes. Escritorios. Puertas. Sellos. Miedo. Vergüenza. Usamos el hambre. Usamos lo que dirán. Usamos a los otros.

El fuego respiró detrás de él.

—Y así el monstruo no necesita entrar rompiendo nada. Ya está adentro.

Marcos levantó la cabeza.

—Ese es el truco.

Se quedó un momento escuchándose.

—Nos hacen creer que el monstruo es el que grita. El que rompe una puerta. El que tiene dientes. Pero los peores aprenden a hablar despacio.

La abuela no se movió.

—Te dicen que es por tu bien.

Marcos rió, pero no había alegría.

—Siempre es por tu bien.

Se acercó más.

—Te ordenan porque te quieren. Te callan porque te protegen. Te separan porque conviene. Te vigilan porque hay peligro. Te castigan porque algún día lo vas a agradecer.

Bajó la voz.

—Y después un día descubrís que viviste la mitad de tu vida obedeciendo a alguien que ya ni siquiera está ahí.

La llama se agitó.

—Ese monstruo sabe esperar.

Marcos miró el pasillo oscuro.

—Puede esperar años. Décadas. Se mete en la familia. Después en la escuela. Después en el trabajo. Después en la calle. Y cuando querés darte cuenta, todos están enseñándole a todos cómo comportarse.

Afuera, una rama raspó la pared.

—No hace falta encerrar a todo el mundo si conseguís que cada uno construya su propia celda.

Se quedó quieto.

—Ni siquiera hace falta prohibir que hablen. Alcanza con enseñarles qué cosas es mejor no decir.

La miró.

—¿No era así?

El silencio de la abuela parecía crecer.

—Una cosa se oculta. Después otra. Después nadie recuerda quién empezó.

Marcos apretó los labios.

—Y al final la mentira se convierte en educación.

Volvió a sentarse.

—En buenas maneras.

El fuego crujió.

—En orden.

La palabra quedó suspendida.

—Qué palabra peligrosa.

Marcos apoyó los codos sobre las rodillas.

—Orden.

La repitió más despacio.

—Parece limpia.

Miró sus manos todavía sucias de polvo.

—Pero a veces debajo del orden hay una montaña de cosas que alguien decidió que nadie debía mirar.

Pasaron varios segundos.

—Yo miré.

La abuela no contestó.

—O estoy tratando.

Se frotó los ojos.

—Porque hay algo.

Volvió a mirar hacia el pasillo.

—Hay algo que empuja.

Su voz perdió firmeza.

—Y no sé si está afuera.

Se llevó una mano al pecho.

—O acá.

Respiró.

—Pero está.

La lluvia golpeó con más fuerza.

—Tiene que haber una pista.

Marcos cerró los ojos.

—Algo dejaron.

Abrió los ojos.

—Siempre dejan algo.

El calor de la estufa le daba en un costado del rostro.

—La hipocresía también deja rastros. Aunque limpie. Aunque ordene. Aunque cambie de nombre.

Se inclinó hacia la abuela.

—¿Sabés cuál es el problema?

Esperó.

—Que cuando alguien rompe la fila, todos se asustan.

Marcos levantó un dedo.

—No porque esté equivocado.

Otro.

—Sino porque demuestra que la fila podía romperse.

Se reclinó.

—Por eso hay que señalarlo. Decir que está loco. Que está solo. Que entendió mal. Que exagera.

Se quedó mirando el fuego.

—Que es peligroso.

La voz se hizo más baja.

—Así los demás vuelven a su lugar.

La lluvia bajó durante unos instantes. Marcos pareció escuchar algo que venía de muy lejos.

—Oye, compañero…

No dijo nada más.

Silencio. La abuela no respondió. Desde afuera llegaba la lluvia, más pareja ahora, golpeando el techo con una paciencia interminable. Y entonces volvió la voz del equipo. La misma voz de hombre, gastada por tantas vueltas de la cinta. Marcos giró la cabeza.

—¿Qué tema es este?

No encontró respuesta.

Sacó un cigarrillo. Lo sostuvo unos segundos entre los dedos antes de llevárselo a los labios. El fósforo raspó la caja. La llama apareció pequeña, amarilla. Marcos la acercó. La punta del cigarrillo se encendió y, cuando aspiró, el papel avanzó con un crujido casi imperceptible. Dejó salir el humo despacio. Subió frente a él, se abrió bajo la luz y quedó flotando sobre la habitación. Marcos sostuvo el cigarrillo entre los dedos. Escuchó la voz. La lluvia. La cinta. El pequeño fuego dentro de la estufa. Durante unos segundos todo estuvo en su sitio.

Entonces el viento golpeó otra vez. La ventana vibró. La cortina blanca se levantó. Marcos se puso de pie. Otra ráfaga. La casa crujió. El humo del cigarrillo se deshizo. Marcos volvió a ver la boca abrirse en la pared y al fantasma blanco entrar de nuevo. La oscuridad creció desde el centro. El borde negro avanzó. Marcos dejó caer el brazo. No huyó. Miró.

El viento rugió.

Y alguien golpeó la puerta.

Tres golpes. Secos.

Marcos se volvió.

Otros tres. Más fuertes.

—¡Abra!

Una voz humana.

Marcos permaneció quieto.

—¡Abra la puerta!

Los golpes volvieron.

La boca negra seguía en la pared. O había estado allí. Marcos miró. Solo vio pared. La cortina cayó.

Caminó hacia la entrada y abrió.

Los hombres que estaban del otro lado traían la lluvia sobre los hombros. Uno pasó primero. Otro detrás. La casa cambió inmediatamente. No porque hubiera cambiado nada en ella, sino porque ahora había otros ojos. Los agentes miraron el corredor, el piso, los papeles, las cajas abiertas, el humo suspendido, la estufa encendida. Marcos quedó a un costado.

Uno de ellos lo observó unos segundos. Después vio a la abuela. La habitación se quedó inmóvil. El agente se acercó sin tocar el cuerpo. El otro recorrió con la mirada los muebles, la manta colocada sobre las piernas, las cenizas, el cigarrillo, el desorden que se extendía desde el baúl hasta las otras habitaciones.

Marcos los miraba.

Nadie preguntó por dragones. Nadie miró la pared. No había grietas. No había quemaduras. No había ningún borde negro. Solo pared.

—Señor…

Marcos levantó la vista.

El policía dio un paso hacia él.

—¿Qué pasó aquí?

Marcos no respondió enseguida.

Algo había llamado su atención.

No al policía.

Más allá.

Sobre un mueble, entre objetos que durante toda la noche habían parecido no existir, había una fotografía.

Marcos caminó hacia ella. Los agentes siguieron sus movimientos. Tomó el marco.

Era un niño.

Diez años.

Miraba a la cámara con una expresión tranquila. El rostro redondo. Los ojos abiertos. La cara limpia y dulce. Cara de caramelo.

Marcos sostuvo la fotografía con ambas manos.

Durante unos segundos no existió la tormenta. Ni la Policía. Ni el cuerpo. Ni la casa.

Solo aquel niño mirándolo desde un tiempo donde todavía no sabía lo que iba a perder.

El agente volvió a hablar.

—¿Qué pasó aquí?

Marcos levantó lentamente una mano, señaló la fotografía y dijo:

—Fue él.

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