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Israel no quiere la paz

Los bombardeos israelíes sobre el sur del Líbano golpearon de lleno el frágil entendimiento entre Estados Unidos e Irán y volvieron a colocar a la región al borde de una nueva escalada. Mientras Washington y Teherán intentaban sostener una vía diplomática para frenar la guerra y reabrir plenamente el estrecho de Ormuz, Israel respondió con más ataques, más ocupación militar y un mensaje político claro: la paz no entra en sus planes si implica detener su ofensiva regional.

Líbano bajo fuego en medio de una negociación clave

El sur del Líbano volvió a ser atacado por Israel en una jornada que dejó al menos 18 muertos y más de 30 heridos, según las cifras difundidas por autoridades libanesas y recogidas por agencias internacionales. Los bombardeos alcanzaron distintas localidades del sur del país y se produjeron en medio de una etapa delicada: Estados Unidos e Irán buscaban avanzar en un acuerdo más amplio para detener la guerra regional, estabilizar el Golfo Pérsico y reducir el frente libanés.

La escalada incluyó también la muerte de cuatro soldados israelíes en acciones atribuidas a Hezbolá. Israel respondió con nuevos bombardeos y el primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó que sus fuerzas permanecerán en el sur del Líbano el tiempo que considere necesario.

Ese punto es central. Si un acuerdo regional incluye el cese de hostilidades y la reducción de los frentes abiertos, la permanencia militar israelí en territorio libanés funciona como un obstáculo directo. No se trata solo de una diferencia diplomática: es una ocupación que mantiene encendida la posibilidad de guerra.

Luego de la escalada, se anunció un nuevo alto el fuego entre Israel y Hezbolá, negociado con participación de Estados Unidos, Qatar y apoyo de Irán. Pero el dato político queda marcado: la violencia israelí volvió a intervenir justo cuando la diplomacia intentaba abrir una salida.

Ormuz, Irán y el costo mundial de la guerra

El estrecho de Ormuz quedó otra vez en el centro de la crisis. Por allí pasa una parte importante del comercio energético mundial, por lo que cualquier tensión militar en esa zona tiene consecuencias inmediatas sobre el precio del petróleo, los seguros marítimos, el transporte global y la economía de numerosos países.

El acuerdo preliminar entre Estados Unidos e Irán tenía entre sus puntos la reapertura de Ormuz y la normalización gradual de la navegación. Sin embargo, la situación marítima continúa bajo tensión: hay reportes de minas, tránsito limitado y advertencias de seguridad para los buques que cruzan la zona.

La crisis muestra cómo la guerra se expande más allá del lugar donde caen las bombas. Un ataque en el sur del Líbano puede terminar afectando una negociación en Suiza, el precio internacional del crudo, la seguridad marítima en el Golfo Pérsico y la economía de países que no participan directamente del conflicto.

Irán había condicionado el avance diplomático a un cese real de las hostilidades en todos los frentes, incluido Líbano. La nueva ofensiva israelí debilitó ese camino y volvió a darle fuerza a los sectores que apuestan por la confrontación antes que por una salida negociada.

La paz que Israel bloquea

La conducta del gobierno israelí confirma una línea política sostenida: cada vez que aparece una posibilidad de desescalada, impone una condición militar nueva. En Gaza, en Líbano, en Siria o frente a Irán, Israel actúa como si la seguridad solo pudiera construirse mediante bombardeos, ocupación y castigo colectivo.

El problema no es solo Netanyahu. Es una estructura de poder que hace de la guerra permanente una herramienta de supervivencia política, control territorial y presión regional. La ultraderecha israelí no necesita una paz justa: necesita enemigos activos, fronteras militarizadas y una amenaza constante que le permita justificar la ocupación.

Desde una mirada humanista, el centro debe estar en las poblaciones civiles. Las familias libanesas bombardeadas, los desplazados, los heridos, los niños que viven bajo drones y aviones de guerra no son daños secundarios de una estrategia militar. Son víctimas de una política que normalizó la violencia como forma de gobierno.

La paz exige retiro de tropas, respeto a la soberanía libanesa, freno a los bombardeos, cumplimiento de los acuerdos y garantías para todas las poblaciones civiles de la región. Israel, en cambio, vuelve a elegir el camino contrario: sostener la ocupación, ampliar la ofensiva y condicionar cualquier negociación al derecho de seguir atacando.


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