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El estrecho de las lágrimas: los hutíes toman la costa yemení y aprietan una arteria del comercio mundial

Yemen : foto Wikimedia Commons

Una ofensiva relámpago de Ansar Allah modificó en pocos días el mapa estratégico del mar Rojo. Los hutíes tomaron Moca, Dhubab, Perim y nuevas islas frente a Bab el Mandeb, mientras Arabia Saudita perdió temporalmente su principal vía terrestre para esquivar el bloqueado estrecho de Ormuz. El petróleo volvió a superar los 107 dólares, Washington evita abrir otro frente militar y decenas de miles de yemeníes vuelven a huir de una guerra que nunca terminó. Detrás de la disputa regional aparece una realidad más grande: dos de los puntos más sensibles del comercio energético mundial están hoy atravesados por una misma guerra.

De Moca a Perim: la ofensiva que cambió el mapa en cuestión de días.

El avance comenzó a adquirir dimensión estratégica cuando las fuerzas hutíes, formalmente Ansar Allah, rompieron las posiciones del gobierno yemení reconocido internacionalmente en la costa occidental y tomaron Moca, el histórico puerto sobre el mar Rojo situado a unos 80 kilómetros de Bab el Mandeb. La ofensiva continuó hacia Dhubab, directamente sobre el estrecho, y alcanzó después Perim, también denominada Mayún, una pequeña isla volcánica cuya ubicación resulta mucho más importante que su tamaño: está en medio de Bab el Mandeb y divide el paso marítimo en dos canales. Las fuerzas gubernamentales se retiraron de varias posiciones y el movimiento hutí completó así el control de la costa yemení occidental que conduce hasta la entrada meridional del mar Rojo. En las últimas horas el mapa volvió a moverse: combatientes hutíes desembarcaron también en Hanish Mayor y Hanish Menor después de la retirada de centenares de efectivos vinculados al gobierno.

Eso no significa que Ansar Allah pueda cerrar Bab el Mandeb accionando una llave ni que sea propietario del estrecho. Frente a Yemen están Yibuti y Eritrea, el tráfico marítimo continúa y este lunes todavía podían observarse buques atravesando el paso. Significa, sin embargo, que el movimiento dispone ahora de posiciones terrestres e insulares desde las cuales puede vigilar, amenazar o atacar una de las rutas marítimas más sensibles del planeta. Perim se encuentra dentro del propio estrecho y las islas Hanish amplían hacia el norte la profundidad territorial de esa presencia. Los hutíes ya demostraron desde 2023 que no necesitan ocupar físicamente una ruta para volverla comercialmente riesgosa: misiles, drones y ataques contra embarcaciones fueron suficientes para que grandes navieras desviaran parte de sus operaciones alrededor del cabo de Buena Esperanza y para que el tráfico por la zona llegara a caer aproximadamente un 60 % respecto de los niveles anteriores a la crisis.

Bab el Mandeb significa en árabe la Puerta de las Lágrimas. Tiene unos 29 kilómetros en su punto más angosto y conecta el golfo de Adén con el mar Rojo, y desde allí con el canal de Suez y el Mediterráneo. Aproximadamente el 12 % del comercio mundial pasa habitualmente por esa vía y por ella circula un volumen de hidrocarburos equivalente a alrededor del 7 % de la producción mundial de petróleo. Su importancia actual es todavía mayor porque el otro gran cuello de botella de la península arábiga, el estrecho de Ormuz, está severamente afectado desde el comienzo de la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero. Durante meses, Arabia Saudita intentó compensar esa situación trasladando petróleo por tierra desde sus campos orientales hacia Yanbu, en el mar Rojo. El problema para Riad es que esa solución desemboca ahora precisamente en las aguas sobre las que los hutíes acaban de multiplicar su capacidad de presión.

Arabia Saudita quedó entre dos cuellos de botella y el petróleo ya reaccionó

La dimensión de la crisis aparece con mayor claridad cuando se observa el mapa energético. Arabia Saudita cuenta con el oleoducto Este-Oeste, de unos 1.200 kilómetros, que une la zona petrolera de Abqaiq con el puerto de Yanbu y puede transportar hasta siete millones de barriles diarios. Desde que Ormuz dejó de funcionar normalmente, esa infraestructura se convirtió en la principal vía saudita para sacar crudo sin atravesar el golfo Pérsico. Antes del último ataque transportaba alrededor de cuatro a cinco millones de barriles diarios. La semana pasada drones lanzados desde territorio iraquí golpearon instalaciones del oleoducto y obligaron a suspender buena parte de sus operaciones. Dos funcionarios regionales estimaron que las reparaciones podrían demandar entre tres y cinco semanas, aunque Riad todavía no ha establecido públicamente un plazo definitivo y parte de la línea podría recuperar capacidad antes.

La coincidencia temporal es lo que vuelve extraordinariamente delicada la situación. Por un lado, Ormuz continúa sometido a severas restricciones iraníes; por otro, el conducto terrestre construido precisamente para evitar Ormuz quedó dañado; y al final de ese conducto está el mar Rojo, donde los hutíes acaban de conquistar posiciones alrededor de Bab el Mandeb. Compradores y operadores sauditas calculaban durante el fin de semana que las reservas almacenadas en Yanbu permitirían sostener determinados niveles de exportación durante apenas cinco a siete días si la tubería permanecía fuera de servicio. En el escenario más adverso, hasta un 4 % del suministro mundial de petróleo podría quedar comprometido. El mercado reaccionó inmediatamente: este lunes el Brent superaba los 107 dólares por barril y llegó a tocar aproximadamente 108,65 dólares, mientras el WTI estadounidense se ubicaba por encima de 102 dólares. Las tarifas de los grandes petroleros también habían alcanzado máximos y empezó a escasear combustible marítimo en algunos mercados.

La alternativa tampoco es gratuita. Los buques pueden evitar el área rodeando África por el cabo de Buena Esperanza, pero para numerosos trayectos eso significa agregar miles de kilómetros, más combustible, mayores costos de seguros, menor disponibilidad de barcos y hasta unas tres semanas adicionales de navegación. Esa factura termina trasladándose desde el petróleo a los combustibles, desde los combustibles al transporte y desde allí al precio de alimentos, fertilizantes, productos industriales y bienes importados. La crisis, por tanto, está lejos de limitarse a Arabia Saudita o al golfo. Un país como Uruguay no depende militarmente de Bab el Mandeb, pero tampoco queda aislado de una escalada sostenida: petróleo más caro y fletes internacionales más altos terminan atravesando precios, producción y comercio exterior. El control de una pequeña isla frente a Yemen puede parecer una cuestión remota hasta que esa isla altera el costo de mover una tonelada de mercadería alrededor del mundo.

Irán gana una carta, Washington evita otro frente y Yemen vuelve a pagar el precio

Teherán celebró abiertamente el avance. La Guardia Revolucionaria calificó las conquistas de Ansar Allah en la costa occidental como una “victoria divina” y las presentó como resultado de años de resistencia. El apoyo político y material iraní a los hutíes está ampliamente documentado, aunque reducir al movimiento a una simple fuerza ejecutora de órdenes iraníes tampoco describe completamente su historia. Ansar Allah posee agenda propia, estructura territorial, fuerzas armadas y una disputa con Arabia Saudita que antecede al actual enfrentamiento entre Teherán y Washington. Irán sostiene que no controla las decisiones hutíes. Al mismo tiempo, fuentes iraníes han reconocido contactos mucho más estrechos: durante esta escalada se informó que comandantes de la Guardia Revolucionaria viajaron a Yemen y que Teherán prometió apoyo adicional. Para Irán, el resultado objetivo es innegable: un aliado con autonomía propia pasó a ejercer una enorme capacidad de presión sobre el segundo gran cuello de botella marítimo de la península.

Los hutíes aseguran que no pretenden bloquear indiscriminadamente el comercio. Su portavoz militar afirmó que la navegación permanecerá segura para todas las compañías salvo los buques sauditas, ya sometidos a un bloqueo anunciado por el movimiento, mientras la dirigencia hutí sostiene que sus operaciones terminarán cuando cesen los ataques contra Yemen y se levante el bloqueo. La promesa tiene un límite evidente: las navieras, aseguradoras y mercados no calculan el riesgo solamente a partir de las declaraciones de quien controla la costa. Lo hacen en función de capacidad militar, antecedentes y probabilidad de escalada. Esa diferencia entre la garantía política de Ansar Allah y la evaluación comercial explica por qué el tránsito continúa pero los costos aumentan. El lunes, además, los hutíes anunciaron el lanzamiento de decenas de misiles y drones contra la base aérea Rey Khalid, en Khamis Mushait, mientras Arabia Saudita mantenía alertas en varias ciudades del sur. La guerra ya no se circunscribe al litoral.

Washington enfrenta su propia contradicción. Estados Unidos bombardeó posiciones hutíes durante dos meses en 2025 y suspendió aquella campaña después de alcanzar un entendimiento por el que Ansar Allah dejaría de atacar determinadas rutas marítimas. Ahora Mohammed bin Salman volvió a pedir apoyo militar estadounidense. Donald Trump rechazó, hasta el momento, ordenar ataques directos y ofreció inteligencia y asistencia para selección de objetivos. Este lunes el comandante del Comando Central estadounidense, almirante Brad Cooper, se reunió con el príncipe heredero saudita en Yeda. La cautela de Washington no responde a falta de importancia estratégica: responde al riesgo de transformar una guerra ya extendida contra Irán en otro frente abierto en Yemen, después de una década en la que la intervención encabezada por Arabia Saudita no consiguió derrotar a los hutíes.

La nueva correlación también golpea la arquitectura política del Golfo. Arabia Saudita y otros gobiernos árabes habían previsto reunirse este lunes en Omán con Irán para discutir un mecanismo que permitiera aliviar las restricciones en Ormuz. El encuentro fue aplazado por falta de consenso. Riad queda así en una posición incómoda: necesita contener a Ansar Allah, proteger sus exportaciones y evitar una confrontación regional todavía mayor, mientras Estados Unidos no muestra disposición a abrir inmediatamente otro frente. Para Teherán, en cambio, el valor estratégico de Bab el Mandeb es que agrega presión a la ya ejercida en Ormuz y transforma las rutas de navegación en una herramienta de negociación. Dos pasos marítimos separados por toda la península arábiga terminaron conectados por una misma guerra.

Pero detrás del petróleo, los mapas y el cálculo de las potencias vuelve a aparecer Yemen. Más de 82.000 personas fueron desplazadas solamente desde comienzos de septiembre y más de 2.000 cruzaron por mar hacia Yibuti. Autoridades yemeníes informaron alrededor de 150 civiles muertos desde el 3 de septiembre y más de 200 heridos. Familias que ya habían huido de anteriores etapas de la guerra vuelven a abandonar pueblos de Taiz y de la costa con lo que pueden cargar. Yemen arrastra desde 2014 una guerra que dejó más de 150.000 muertos, hambre, destrucción de infraestructura y una de las mayores crisis humanitarias de las últimas décadas. La tregua auspiciada por Naciones Unidas en 2022 redujo considerablemente los grandes combates, pero nunca produjo un acuerdo político definitivo. La ofensiva de septiembre demuestra hasta qué punto aquella paz era apenas una suspensión precaria de la guerra.

El avance hutí constituye una derrota estratégica para las fuerzas apoyadas por Arabia Saudita y una demostración de los límites de más de una década de intervención exterior. También representa un peligro nuevo: que la población yemení vuelva a convertirse en el terreno sobre el que las potencias regionales e internacionales disputan petróleo, rutas y zonas de influencia. Bab el Mandeb puede condicionar mercados de Nueva York a Shanghái y afectar los precios de países situados a miles de kilómetros, pero las primeras consecuencias siempre recaen sobre quienes viven a sus orillas. En apenas unos días una ofensiva militar colocó nuevamente a Yemen en el centro de la geopolítica mundial. Para los mercados es un cuello de botella. Para decenas de miles de yemeníes que vuelven a abandonar sus hogares, sigue siendo una guerra.

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