Quatroges

Se van las tropas: Estados Unidos completa su retirada militar de Irak

Estados Unidos completó la salida de sus últimas fuerzas militares de Irak, 23 años después de la invasión que en 2003 derrocó a Saddam Hussein y abrió una etapa que transformó al país y a toda la región. Bagdad presenta el retiro como un paso hacia la recuperación plena de su soberanía, aunque la relación con Washington continuará por otras vías: cooperación militar bilateral, inteligencia, inversiones y una arquitectura financiera que todavía coloca buena parte de los ingresos petroleros iraquíes dentro del sistema estadounidense.

De la invasión de 2003 al último soldado que abandona Irak

La retirada del 30 de septiembre cierra el último capítulo de una presencia militar que comenzó con una guerra muy distinta a la que Washington termina ahora. En marzo de 2003, Estados Unidos encabezó junto con Reino Unido la invasión que derribó al gobierno de Saddam Hussein y estableció una autoridad de ocupación sobre Irak. Las tropas estadounidenses permanecieron hasta diciembre de 2011, cuando concluyó aquella primera etapa militar. Tres años después regresaron, esta vez a pedido del gobierno iraquí y al frente de una coalición internacional creada para combatir al Estado Islámico, que había conquistado Mosul y extensas zonas de Irak y Siria.

La segunda retirada fue mucho más gradual. Estados Unidos e Irak acordaron en septiembre de 2024 un proceso en dos etapas. La misión de la coalición en las zonas federales debía cerrarse primero, mientras una presencia residual permanecería en el Kurdistán iraquí para apoyar operaciones contra el Estado Islámico en Siria hasta septiembre de 2026. En enero de este año, las autoridades iraquíes anunciaron que los asesores internacionales ya habían abandonado las principales instalaciones militares de las zonas federales y que Ain al-Asad y otros centros habían vuelto al control completo de las fuerzas iraquíes. Quedaba la base utilizada en Erbil para la segunda fase del acuerdo.

Ese último tramo terminó ahora. Los últimos soldados estadounidenses salieron de Erbil y la Operación Inherent Resolve dejó de operar desde territorio iraquí. Durante este año todavía había alrededor de 2.500 militares estadounidenses en el país. El gobierno de Bagdad había convertido el 30 de septiembre en una fecha política: el comienzo de una nueva etapa en la que las fuerzas iraquíes asumirían la responsabilidad plena de su seguridad y el Estado buscaría concentrar bajo su autoridad las armas que continúan en manos de distintas organizaciones.

La salida ocurre además en un Irak muy diferente del que recibió a las tropas estadounidenses en 2003. El Estado Islámico perdió el territorio que llegó a controlar, las fuerzas de seguridad iraquíes fueron reconstruidas durante años y el gobierno sostiene que puede enfrentar por sí mismo a las células que permanecen activas. Al mismo tiempo, Bagdad intenta evitar que su territorio vuelva a convertirse en escenario de la disputa entre Washington y Teherán, dos potencias que durante décadas proyectaron sobre Irak una parte sustancial de su enfrentamiento regional.

Una guerra que dejó muertos, torturas y un país atravesado por la violencia

El último avión militar estadounidense que abandona Irak no se lleva consigo la historia iniciada en 2003. Iraq Body Count, uno de los principales registros independientes construidos a partir de informes oficiales, hospitales, morgues, organizaciones y prensa contrastada, contabiliza entre 200.000 y 226.000 civiles muertos violentamente desde la invasión y sitúa en alrededor de 300.000 el total de muertes violentas documentadas al incorporar combatientes. Esas cifras abarcan distintas etapas y responsables: la invasión y ocupación, la insurgencia, la violencia sectaria, las operaciones militares, los atentados yihadistas y posteriormente la guerra contra el Estado Islámico.

La ocupación dejó además episodios que quedaron documentados por las propias instituciones estadounidenses. Las investigaciones del Ejército confirmaron abusos contra detenidos en la prisión de Abu Ghraib, incluidos actos de violencia, humillación y abusos sexuales, así como fallas graves de mando y supervisión. La prisión terminó convertida en uno de los símbolos mundiales de la ocupación.

También quedó la masacre de la plaza Nisur. En septiembre de 2007, contratistas de Blackwater que trabajaban para el Departamento de Estado estadounidense abrieron fuego en una transitada zona de Bagdad. La Justicia de Estados Unidos estableció posteriormente que murieron 14 civiles iraquíes desarmados, entre ellos dos niños de nueve y once años, y que numerosas personas resultaron heridas. Los responsables fueron condenados años después.

A ese legado se sumó la desarticulación del Estado iraquí después de la invasión, los enfrentamientos entre comunidades, las milicias, los atentados y el posterior crecimiento del Estado Islámico. Cuando Washington regresó militarmente en 2014, lo hizo para combatir una organización que había prosperado dentro de un país debilitado por más de una década de guerra y conflicto interno. Las fuerzas iraquíes soportaron después la mayor parte de la lucha terrestre para recuperar Mosul y otros territorios, mientras la coalición proporcionaba aviación, inteligencia, entrenamiento y apoyo logístico.

Por eso, en Irak la celebración de la retirada convive con una memoria mucho más compleja. Para una parte de la sociedad significa el final de una presencia militar extranjera asociada a la invasión, la ocupación y episodios de violencia que marcaron a una generación. Para otros sectores, especialmente en el Kurdistán, la salida también genera preocupación frente a las milicias y ante la posibilidad de una recuperación de células yihadistas. Ambas realidades forman parte del país que queda después de la retirada.

El uniforme se retira, pero la soberanía también se disputa fuera de los cuarteles

La salida militar modifica la relación entre Bagdad y Washington, pero no la termina. El propio gobierno iraquí plantea pasar de una relación basada en la presencia de tropas a otra centrada en cooperación económica, tecnológica, militar y de inversiones. Estados Unidos también anunció que mantendrá mecanismos de entrenamiento, intercambio de inteligencia y cooperación antiterrorista, mientras el comando de la Operación Inherent Resolve trasladó su estructura principal a Jordania.

El vínculo alcanza además una dimensión menos visible que las bases militares. Los ingresos obtenidos por Irak de sus exportaciones petroleras continúan canalizándose a través de una cuenta del Banco Central iraquí en la Reserva Federal de Nueva York. Esa arquitectura tiene su origen en el sistema financiero creado después de la invasión de 2003, cuando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas estableció el Fondo de Desarrollo para Irak y dispuso el depósito de los ingresos petroleros bajo mecanismos internacionales de administración y supervisión.

Más de dos décadas después, el mecanismo cambió de forma pero conserva una característica central: los dólares procedentes del petróleo iraquí pasan por Nueva York. Reuters documentó este mismo 30 de septiembre que esa estructura proporciona a Washington una capacidad significativa de influencia sobre el acceso de Irak a su propia liquidez en dólares y que Estados Unidos ya ha utilizado restricciones al flujo de divisas como instrumento de presión financiera. El petróleo aporta alrededor del 90% de los ingresos presupuestarios iraquíes, por lo que la cuestión excede largamente el terreno bancario.

El gobierno de Ali al-Zaidi busca ahora combinar dos objetivos: terminar la presencia de fuerzas extranjeras y, al mismo tiempo, conservar una relación estratégica con Estados Unidos. El propio primer ministro definió a Washington como un socio central, promovió la llegada de empresas estadounidenses y planteó sustituir la relación militar por una asociación económica y de inversión. En paralelo, su gobierno reivindica que las decisiones sobre Irak deben adoptarse en Bagdad y trabaja para concentrar el uso de las armas exclusivamente bajo la autoridad estatal.

Ahí comienza la etapa que sigue a la retirada. Después de 23 años desde la invasión, la soberanía iraquí deja de medirse por la cantidad de soldados estadounidenses estacionados en sus bases y pasa a jugarse también en otros terrenos: quién controla las armas, quién decide la política exterior, cómo administra Irak sus ingresos petroleros, hasta dónde llega la cooperación militar extranjera y cuánto margen conserva el país para manejar sus recursos y sus relaciones internacionales sin presiones externas. Estados Unidos abandona sus últimas posiciones militares, pero la disputa por la autonomía real de Irak continúa mucho más allá de los cuarteles.


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