El 73% de quienes trabajan en la salud en Uruguay son mujeres y en enfermería la proporción llega al 87%. Sin embargo, esa presencia disminuye a medida que se asciende hacia los espacios de mayor decisión y aparecen fuertes diferencias salariales. Un nuevo estudio mundial publicado en The Lancet Public Health vuelve a poner sobre la mesa una desigualdad que Uruguay también reproduce: las mujeres sostienen buena parte de los sistemas sanitarios, pero eso todavía no se traduce en igual poder, reconocimiento ni remuneración.
Un fenómeno mundial que Uruguay conoce de cerca
La fuerza laboral sanitaria mundial prácticamente se triplicó entre 1990 y 2023: pasó de 40,9 millones a 122,1 millones de trabajadores. Las mujeres explicaron el 71,4% de ese crecimiento y en 2023 representaban el 68,9% del personal sanitario mundial. El estudio, que analizó 20 categorías profesionales en 204 países y territorios, advierte al mismo tiempo que serían necesarios otros 34,4 millones de médicos, enfermeros, parteras, odontólogos y farmacéuticos para alcanzar niveles moderados de cobertura sanitaria universal.
América Latina y el Caribe forman parte de ese problema. La investigación estima que la región necesita alrededor de 1,31 millones de enfermeros y parteras adicionales y unos 204.000 médicos. Pero la discusión no se limita a cuántas personas faltan: también importa quién realiza los trabajos de cuidado, cuánto recibe a cambio y quién termina tomando las decisiones.
Uruguay ofrece una fotografía especialmente clara. Un informe elaborado por el Ministerio de Salud Pública con datos de 2024 establece que las mujeres representan el 73% del conjunto del personal sanitario, contra apenas 45% del mercado laboral general. Si se consideran específicamente los prestadores relevados por el MSP, la feminización alcanza el 75%: 59.658 mujeres frente a 19.881 hombres.
El fenómeno se profundiza en las tareas directamente vinculadas al cuidado. Las mujeres representan el 87% de las licenciaturas en Enfermería, el 82,6% de los auxiliares de Enfermería y el 82,2% de los profesionales de técnicas médicas. También son mayoría en las especialidades médicas, con 67,3%, y en las especialidades básicas, con 65,5%.
Pero cuando la mirada se desplaza hacia dirección y jefaturas, la participación femenina cae al 59,8%. Continúan siendo mayoría, pero ya muy por debajo del 75% que representan dentro del conjunto de trabajadores relevados. Y cuanto más alto es el escalón, más evidente resulta la pérdida de representación.
El techo aparece en los cargos y también en los salarios
En las direcciones generales de las instituciones sanitarias, las mujeres ocupan el 43,5% de los puestos; en las direcciones técnicas, el 44,4%. Solamente en las direcciones administrativas alcanzan una ligera mayoría, con 53,5%.
La desigualdad se profundiza al observar cómo se distribuye la masa salarial. Aunque las mujeres ocupan el 53,5% de las direcciones administrativas, reciben el 40,6% de la masa salarial correspondiente a esos cargos. En las direcciones generales representan el 43,5% de quienes ocupan los puestos, pero concentran el 33,7% de la remuneración. En las direcciones técnicas, son el 44,4% y reciben el 33,1%.
El propio MSP advierte que esos resultados pueden responder a una combinación de brecha salarial y acceso desigual a los puestos de mayor jerarquía dentro de una misma categoría. Es decir: las mujeres llegan a los equipos de dirección, pero con menor frecuencia alcanzan los lugares donde se concentra el mayor poder y las remuneraciones más altas.
Los valores hora promedio muestran la misma estructura. En dirección y jefaturas, el valor medio registrado para los hombres fue de $1.442 por hora y para las mujeres de $1.007, una brecha que el MSP calcula en 43%. En las especialidades anestésico-quirúrgicas, los valores fueron $2.428 para hombres y $1.772 para mujeres, con una brecha de 37%. En profesionales de técnicas médicas fue de 16%; en administración, servicios y oficios, 11%; y en especialidades médicas, 9%.
Licenciatura en Enfermería constituye una excepción: el valor hora promedio fue de $705 para las mujeres y $691 para los hombres, una diferencia de 2% a favor de ellas. Pero esa pequeña inversión no modifica la fotografía general de un sistema donde la feminización del trabajo es mucho mayor en los espacios de cuidado que en los de mayor poder institucional.
Hay otro dato que profundiza la discusión. Entre quienes realizaron capacitaciones relevadas por el MSP, las mujeres registraron mayores porcentajes de formación universitaria que los hombres, 26% contra 23%, pero en posgrados la relación se invierte: 10% de las mujeres frente a 14% de los hombres. El Ministerio señala la dificultad de compatibilizar formación, trabajo y vida personal como uno de los elementos que deben ser estudiados.
Cuidar dentro del sistema y seguir cuidando al llegar a casa
La desigualdad sanitaria no termina cuando acaba el turno. La última Encuesta de Uso del Tiempo disponible muestra que las mujeres uruguayas dedican en promedio 34,4 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 20,6 horas de los hombres. En el cuidado de personas dependientes participa el 45,7% de las mujeres y el 32,4% de los varones.
El resultado configura una doble carga difícil de ignorar: las mujeres son abrumadora mayoría en los empleos profesionales y auxiliares que sostienen los cuidados dentro del sistema sanitario y, una vez fuera del mercado de trabajo, continúan asumiendo la mayor parte de los cuidados en los hogares.
En enfermería, una de las columnas vertebrales de cualquier sistema sanitario, aparecen además problemas de disponibilidad y distribución. Uruguay tenía registrados 8.079 licenciados en Enfermería habilitados, pero los datos laborales de 2024 identificaban solamente 5.018 en actividad. Entre los auxiliares había 30.846 habilitados y 20.262 trabajando. A esto se suma el multiempleo: 32,2% de las licenciadas y 25,3% de las auxiliares tenían más de un trabajo.
La distribución territorial tampoco es uniforme. Mientras el sur del país registra 17,2 cargos de licenciatura en Enfermería cada 10.000 habitantes, en el oeste hay apenas 9,8. La desigualdad laboral, por lo tanto, deja de ser solamente un problema de género cuando comienza a afectar la capacidad del sistema para disponer de profesionales allí donde son necesarios.
El actual Ministerio de Salud Pública comenzó a incorporar el problema a su agenda. En enero de 2026 creó la Unidad de Planificación y Desarrollo Estratégico en Enfermería, con cometidos que incluyen la elaboración de políticas, el monitoreo de la cantidad y distribución del personal y la participación de la profesión en la formulación de los planes nacionales de salud. En julio se aprobó además el reglamento de articulación de esa Unidad con la Comisión Nacional Asesora de Enfermería.
Es un punto de partida frente a una estructura construida durante décadas. Porque aumentar la cantidad de mujeres dentro del sistema no alcanza si la feminización continúa concentrándose en los trabajos de cuidado y pierde fuerza cuando comienza la distribución del poder.
Uruguay tiene una fuerza sanitaria con rostro mayoritariamente femenino. Ellas atienden, acompañan, administran medicamentos, realizan procedimientos, sostienen guardias, cuidan pacientes y hacen funcionar servicios enteros. Los números muestran, sin embargo, que esa enorme presencia todavía no tiene una correspondencia equivalente en los lugares donde se decide ni en la distribución de los ingresos.
El desafío no consiste solamente en sumar mujeres a un sistema donde ya son mayoría. Consiste en discutir cuánto vale el trabajo que realizan, cómo se distribuyen las responsabilidades de cuidado, qué posibilidades reales tienen de desarrollarse profesionalmente y quién ocupa finalmente la silla donde se toman las decisiones.
