La promesa de Javier Milei tiene algo de regreso al pasado: después de presentar su programa como una revolución económica capaz de transformar Argentina, el modelo termina descansando cada vez más sobre aquello que el país extrae del suelo y vende al exterior. Petróleo, gas y minería aparecen como las grandes estrellas de una economía en la que, al mismo tiempo, cierran empresas, cae la demanda interna y la apertura comercial golpea a la producción nacional. Vaca Muerta fue presentada por el propio presidente como una “panacea”, el gran mecanismo capaz de inundar de dólares al país y terminar con décadas de inestabilidad. Pero mientras el petróleo crudo consiguió superar a la harina de soja como principal producto de exportación, los sectores que más crecen bajo el gobierno de Milei son precisamente los que menos empleo generan, mientras manufactura y comercio, mucho más intensivos en trabajo, retroceden. Argentina puede exportar más barriles y acumular más dólares energéticos, pero eso no significa que esté construyendo una economía capaz de ofrecer trabajo, vivienda y una vida digna para millones.
La fiebre del petróleo y los argentinos que llegan con una carpa
La imagen de Añelo quizá explique mejor el resultado social del experimento que cualquier planilla económica. Miles de personas llegaron desde distintos puntos del país con mochilas, tiendas de campaña y la esperanza de encontrar en el llamado “Texas argentino” la oportunidad que desapareció en sus ciudades. Algunos consiguieron empleo en la construcción o alrededor de la industria petrolera y mejoraron sus ingresos, pero la migración fue tan intensa que el propio alcalde de Añelo terminó pidiendo públicamente que dejaran de llegar porque “no hay tanto trabajo para todos”. La población se duplicó en apenas dos años hasta alcanzar unos 12.000 habitantes; crecieron hoteles, viviendas prefabricadas, comercios y servicios, mientras trabajadores provenientes de Córdoba, Rosario y otras zonas llegan empujados por salarios bajos o directamente por la falta de empleo. Esa escena contiene una paradoja feroz: el gobierno promete una nueva potencia económica, pero una parte de la población llega hasta el desierto como en una fiebre del oro del siglo XIX, cargando sus pertenencias y confiando en que una actividad altamente tecnificada pueda absorber la destrucción laboral producida en otros sectores. No puede. El petróleo puede mover miles de millones, pero necesita muchos menos trabajadores que una industria diversificada, un entramado de pequeñas empresas, el comercio o una política de desarrollo productivo nacional.
Un país rico debajo de la tierra y desigual encima de ella
Vaca Muerta contiene las cuartas mayores reservas de petróleo de esquisto y las segundas de gas de esquisto del mundo, y Argentina ya produce más de 850.000 barriles diarios, frente a unos 500.000 de hace una década. El sector permitió transformar el déficit energético en superávit y genera dólares que el país necesita. Nadie necesita negar esos datos para discutir qué modelo de desarrollo se construye alrededor de ellos. El problema aparece cuando esa riqueza pasa a ser prácticamente el horizonte económico de un gobierno: Milei profundizó exenciones fiscales a las inversiones, facilitó las exportaciones y pretende hacer del extractivismo una de las grandes columnas de su proyecto, mientras capital extranjero se posiciona en el negocio y la tecnología necesaria para la explotación a gran escala ha debido ser importada. El caso del fondo del multimillonario estadounidense Peter Thiel, que adquirió más de US$ 76 millones en acciones de Vista, muestra hasta qué punto Vaca Muerta también se convirtió en un enorme imán para el capital financiero internacional.
El costo que no aparece en el barril
Y existe otra Argentina que las cifras de exportación no muestran. Incluso en Neuquén, epicentro de la supuesta “tierra prometida”, maestros y empleados municipales tienen dificultades para pagar una vivienda. La eliminación de subsidios encareció el gas y hay comunidades mapuches que viven sobre una de las mayores reservas gasíferas del planeta y, sin embargo, ni siquiera tienen conexión domiciliaria. Las comunidades indígenas denuncian además contaminación provocada por las llamaradas, problemas en el manejo de residuos químicos y un enorme consumo de agua en una región cuyos ríos ya padecen los efectos del cambio climático. El testimonio de una dirigente mapuche resume brutalmente la lógica de ese modelo: el petróleo sale, mientras quienes viven allí permanecen enfrentando las consecuencias. En una de esas familias, un trabajador petrolero sufrió accidentes que le arrancaron los dientes y le fracturaron columna y pierna; pese a ello siguió trabajando porque era la mejor oportunidad laboral disponible. Ese también es el “Texas argentino”.
La discusión, entonces, no es petróleo sí o petróleo no. Es qué país se construye con sus recursos. Una política progresista puede aprovechar gas, petróleo y minerales, pero debe convertir esa riqueza en diversificación industrial, conocimiento, empleos de calidad, infraestructura, derechos sociales y transición energética, además de proteger a las comunidades y al ambiente. El proyecto de Milei camina en la dirección contraria: achica el mercado interno, somete a la industria a una apertura que la debilita y deposita la esperanza nacional en exportar cada vez más materias primas y energía. Un siglo después de la Argentina agroexportadora, la modernidad libertaria corre el riesgo de terminar siendo una versión tecnificada del mismo esquema: enormes riquezas salen del territorio mientras millones esperan que alguna parte de esa bonanza finalmente llegue hasta ellos.
Y Añelo muestra el límite con una claridad difícil de disimular. Mientras las plataformas perforan kilómetros bajo tierra y los dólares energéticos ingresan al país, hombres y mujeres siguen llegando con una mochila y una carpa buscando un trabajo que muchas veces no existe. Milei prometió transformar Argentina. Por ahora, su gran horizonte productivo se parece demasiado a un país que vuelve a mirar hacia abajo, al subsuelo, porque dejó de construir hacia adelante.
