El capital brasileño instalado en Uruguay pasó de unos US$ 2.500 millones en 2019 a más de US$ 4.400 millones en 2024, mientras Brasil se convirtió desde 2024 en el país que genera más consultas de inversión ante Uruguay XXI. Los números no permiten adjudicar ese crecimiento a una afinidad ideológica, pero muestran una coincidencia difícil de ignorar: la estrategia de integración productiva que Mujica impulsó junto a Lula hace más de 15 años encuentra hoy, con Lula nuevamente en Brasil y Yamandú Orsi en Uruguay, una nueva etapa de profundización.
Una idea que Mujica planteó hace más de quince años
En mayo de 2010, apenas dos meses después de asumir la Presidencia, José Mujica recibió a Luiz Inácio Lula da Silva en Montevideo y ambos gobiernos pusieron en marcha una Comisión Bilateral de Planeamiento Estratégico e Integración Productiva que incorporó a empresarios de los dos países y colocó sobre la mesa infraestructura, energía, transporte e integración industrial. Fue entonces cuando Mujica pronunció aquella definición que quedó asociada a su política regional: Uruguay tenía que «viajar en el estribo de Brasil». No se trataba de subordinación sino de reconocer una realidad geográfica y económica: un país de poco más de tres millones de habitantes tenía al lado a la mayor economía sudamericana y podía intentar transformar esa cercanía en cooperación, mercados, producción e inversión. Meses después, Mujica y Lula reafirmaron formalmente el carácter estratégico de la integración productiva y señalaron oportunidades en biotecnología, energía eólica, industria metalúrgica, electrónica, software, lácteos, química, industria naval y aeronáutica. En 2011 Mujica volvió sobre la misma idea ante empresarios brasileños y sostuvo que el desarrollo regional debía sustituir competencia por cooperación.
Brasil vuelve a mirar con fuerza hacia Uruguay
Quince años después, los datos muestran una presencia empresarial brasileña considerable. Uruguay XXI informó que el stock de capital de ese origen pasó de aproximadamente US$ 2.500 millones en 2019 a más de US$ 4.400 millones en 2024, un aumento de 78%, y que actualmente existen más de 100 empresas brasileñas operando en el país. El fenómeno adquiere otra dimensión cuando se observa el período más reciente: desde 2024 Brasil lidera las consultas de inversión recibidas por Uruguay XXI y, entre 2023 —año del regreso de Lula a la Presidencia— y lo transcurrido de 2026, la COMAP recomendó 42 proyectos vinculados a empresas brasileñas por aproximadamente US$ 600 millones. Desde 2006 fueron 175 proyectos por algo más de US$ 1.300 millones, lo que significa que casi la mitad del monto promovido durante dos décadas se concentra en estos últimos años. La coincidencia cronológica existe y es relevante, aunque sería incorrecto transformar esa coincidencia en una relación automática de causa y efecto: también pesan los incentivos fiscales uruguayos, la estabilidad institucional, las decisiones empresariales y las condiciones económicas de ambos países.
De Mujica y Lula a Orsi y Lula
El gobierno de Yamandú Orsi decidió profundizar esa dirección. Uruguay XXI convirtió a Brasil en mercado prioritario y puso en marcha un «Plan Brasil» para captar inversiones y utilizar a Uruguay como plataforma de producción, servicios y exportación regional. En mayo Orsi viajó a San Pablo acompañado por Gabriel Oddone y Mario Lubetkin, donde mantuvo reuniones con empresarios de los sectores minero, logístico, financiero, alimentario y turístico; días después, cerca de 90 empresarios participaron de una presentación de las oportunidades que ofrece Uruguay, y en agosto una nueva actividad en Río de Janeiro reunió a más de 150 representantes públicos y privados. Hay así un hilo político reconocible entre aquella apuesta de Mujica por estrechar la integración con el Brasil de Lula y la estrategia que hoy intenta desarrollar Orsi. Pero para una mirada progresista el éxito no puede medirse únicamente por la cantidad de dólares que ingresan: la discusión decisiva es cuánto de esa inversión genera empleo estable, mejores salarios, incorporación de tecnología, industria nacional, descentralización y valor agregado dentro de Uruguay. Integrarse con Brasil puede ser una formidable oportunidad; el desafío es que esa integración sirva al desarrollo del país y no se limite a convertir el territorio uruguayo en un lugar atractivo para comprar activos y obtener beneficios fiscales.
