La tierra pública destinada a trabajadores rurales volvió a quedar en el centro de la discusión. El expediente por la fracción 4D de la Colonia Benito Nardone expone cómo un campo del Instituto Nacional de Colonización terminó vinculado a Enrique Antía, dirigente político con propiedades, ingresos altos y actividad agropecuaria propia.
Un campo público no es una extensión del patrimonio privado
El caso de Enrique Antía no habla solo de un contrato, de una fracción rural o de una diferencia administrativa con el Instituto Nacional de Colonización. Habla de algo más profundo: para qué existe la tierra pública en Uruguay y quiénes deberían acceder a ella.
La Ley de Colonización fue creada para que trabajadores rurales pudieran vivir y producir en la tierra. No para aumentar la escala de quienes ya tienen campos, capital, sociedades agropecuarias o cargos políticos de poder.
Por eso la fracción 4D de la Colonia Benito Nardone, en Maldonado, se volvió un caso sensible. Se trata de un predio estatal, propiedad del Instituto Nacional de Colonización, afectado a un régimen que exige presencia, trabajo directo y una relación real entre el colono y la tierra.
Según el expediente difundido, el Instituto concluyó que Antía no cumplía con obligaciones centrales del régimen. No vivía en la fracción adjudicada, no la trabajaba personalmente y su situación patrimonial y productiva no había sido presentada con claridad ante el organismo.
En el fondo, marca la distancia entre el espíritu de Colonización y el uso concreto que se estaba haciendo de esa tierra pública.
La vida de colono que no aparece
Las actuaciones administrativas citadas en el expediente señalan que Enrique Antía residía en la ciudad de Maldonado y no en el predio de Colonización. También indican que la fracción 4D no tenía vivienda, electrificación ni mejoras suficientes para permitir la residencia permanente.
Ese punto es clave porque la ley no concibe al colono como alguien que simplemente usa una tierra pública a distancia. Lo piensa como una persona o familia vinculada directamente al predio, que vive allí, trabaja allí y construye allí su sustento.
En este caso, el trabajo directo no recaía sobre Antía. Según las inspecciones recogidas en el expediente, las tareas eran realizadas por empleados vinculados a una sociedad civil agropecuaria. Esa sociedad integraba la fracción de Colonización dentro de una unidad productiva mayor.
No se trataba de un productor rural sin tierra intentando sostenerse en el campo. El expediente menciona una explotación de aproximadamente 1.400 hectáreas y propiedades propias de Antía por unas 591 hectáreas en Maldonado.
Ahí aparece el contraste más evidente: mientras la política pública busca dar tierra a quienes la necesitan para trabajar y vivir, el caso muestra una fracción estatal incorporada a una estructura productiva más amplia, vinculada a una persona con patrimonio, ingresos y poder político.
Lo que estaba en juego era el sentido de Colonización
El Instituto Nacional de Colonización resolvió en 2019 rescindir el contrato de arrendamiento y recuperar la disponibilidad del predio. Antía llevó el caso al Tribunal de lo Contencioso Administrativo mediante una acción de nulidad, registrada en actas del propio INC.
La discusión jurídica tuvo un fondo político evidente: si la tierra pública puede permanecer en manos de quienes no cumplen con las condiciones que justifican su adjudicación.
La Ley Nº 11.029 establece que el colono debe trabajar directamente el predio y habitarlo con su familia, salvo excepciones previstas por la norma. También habilita al Instituto a rescindir contratos cuando se incumplen esas obligaciones.
No es una formalidad. Es la columna vertebral del sistema.
Colonización no fue pensada como un beneficio más para quienes ya tienen recursos. Fue creada para abrir una puerta de acceso a la tierra, promover arraigo rural, sostener producción familiar y evitar que la concentración siga expulsando gente del campo.
Por eso el caso Antía tiene relevancia pública. Porque obliga a mirar una desigualdad concreta: mientras muchas familias rurales no acceden a tierra, un dirigente político con propiedades, sociedad agropecuaria y sueldo de intendente mantenía una fracción estatal bajo el régimen de Colonización.
El problema no es solo Antía. El problema es qué controles fallaron, durante cuánto tiempo y cuántas situaciones similares pueden existir dentro del sistema.
Cuando una política pública destinada a los sectores más débiles termina beneficiando a quienes ya tienen tierra y poder, el Estado deja de corregir desigualdades y empieza a reproducirlas.
La tierra de Colonización no puede funcionar como complemento de negocios privados. Debe cumplir su finalidad social.
