La Cooperativa de Lechería de Melo resolvió cerrar sus puertas después de 94 años de actividad. La decisión golpea a Cerro Largo, a los trabajadores, a los productores remitentes y a una identidad cooperativa que fue parte central de la historia productiva del departamento.
Una decisión que golpea a Cerro Largo
La Cooperativa de Lechería de Melo, conocida por todos como COLEME, resolvió cerrar definitivamente sus puertas. La decisión fue comunicada a los trabajadores en el marco de una nueva asamblea convocada para definir el futuro de la institución, después de varias instancias de análisis, cuartos intermedios y señales cada vez más claras de deterioro.
El cierre no alcanza solamente a una empresa. COLEME fue una pieza de la vida cotidiana de Melo y de buena parte de Cerro Largo. Su planta, su marca, sus trabajadores, sus productores y su historia formaron parte de una identidad productiva que atravesó generaciones. Durante décadas, hablar de lechería en el departamento era hablar de COLEME.
La cooperativa había nacido oficialmente el 28 de abril de 1932 y es reconocida como la cooperativa láctea más antigua del país. Su origen estuvo ligado a un grupo de tamberos, a la Escuela Técnica de Melo y a la decisión de organizar la producción lechera bajo una forma colectiva. En aquellos primeros años, la venta de leche cruda fue dando paso a la pasteurización, al reparto organizado y a una industria local que creció junto con la ciudad.
Al momento del cierre, la realidad era muy distinta. La cuenca lechera que llegó a tener más de 70 productores remitentes se había reducido a apenas 12. Esa caída muestra que el problema no apareció de un día para el otro. Detrás del cierre hay años de pérdida de volumen, dificultades financieras, conflictos laborales, endeudamiento, reestructuras y una escala productiva cada vez más difícil de sostener.
Trabajo, producción y una crisis que venía de lejos
Los trabajadores fueron informados de la resolución y, según se comunicó, continuarían procesando leche pendiente hasta completar el cese de actividades. Ese dato resume una parte humana del cierre: incluso en el final, la tarea concreta sigue siendo cuidar la producción, evitar pérdidas y sostener el trabajo hasta el último momento posible.
La crisis de COLEME venía acumulando antecedentes. En los últimos años hubo envíos al seguro de paro, despidos, denuncias sindicales, tercerizaciones y tensiones entre la dirección de la cooperativa y la organización de trabajadores. La Federación de Trabajadores de la Industria Láctea había llevado el conflicto a la agenda pública, reclamando negociación colectiva, defensa de los puestos de trabajo y medidas frente a una situación que también afectaba a otras plantas del sector.
El problema no puede leerse solamente como una dificultad interna de una cooperativa. La lechería uruguaya tiene una fuerte orientación exportadora y un peso importante en la economía nacional, pero esa fortaleza general no se distribuye de manera pareja entre todas las regiones, plantas y productores. INALE informó que en 2025 las exportaciones de lácteos alcanzaron US$ 965 millones y que Uruguay colocó productos en 82 países. Sin embargo, esos números conviven con crisis concretas en territorios donde la escala, el financiamiento, la organización productiva y la capacidad industrial no alcanzan para sostener estructuras históricas.
Ahí está una de las claves del caso COLEME. El país puede mostrar buenos datos globales en el sector lácteo y, al mismo tiempo, perder una industria fundamental para una ciudad del interior. Cuando una planta de estas características cierra, no se pierde solo una marca: se debilita una red de trabajo, transporte, tambos, comercios, familias, saberes técnicos y vínculos sociales.
Una pérdida productiva que exige una mirada de país
El ministro de Ganadería, Alfredo Fratti, ya había reconocido días atrás la gravedad de la situación y la definió como un “desastre”. También señaló que el volumen de leche que recibía COLEME no hacía sustentable el funcionamiento de la planta y mencionó información extraoficial sobre deudas con remitentes desde meses anteriores.
La preocupación oficial no alcanza para revertir una crisis que llegó demasiado lejos, pero deja planteada una discusión más amplia. Uruguay necesita mirar con más atención la estructura productiva del interior, especialmente cuando se trata de cooperativas históricas, pequeñas cuencas, industrias regionales y empleo local. No todo se resuelve con buenos precios internacionales ni con exportaciones fuertes si, al mismo tiempo, se van apagando herramientas productivas en los departamentos.
COLEME representa una historia de cooperativismo, trabajo colectivo y arraigo territorial. Su cierre debería abrir una discusión seria sobre cómo se protege la producción del interior, cómo se acompaña a los pequeños y medianos productores, cómo se sostiene el empleo industrial fuera del área metropolitana y qué instrumentos públicos pueden evitar que las crisis lleguen recién a la agenda cuando ya no queda casi nada por salvar.
Para Cerro Largo, el cierre de COLEME es una pérdida económica, laboral y simbólica. Para el país, debería ser una señal de alerta sobre el destino de las industrias regionales y sobre la necesidad de defender el trabajo, la producción nacional y las formas cooperativas que durante décadas ayudaron a construir comunidad.
Fuentes:
Cerro Largo Portal
