La presión sobre Ceuta no puede reducirse a una antigua disputa territorial entre España y Marruecos. Su ubicación frente a Gibraltar, la creciente integración militar de Rabat con Estados Unidos e Israel y las voces surgidas en Washington que comenzaron a cuestionar la soberanía española colocan el conflicto dentro de una dimensión más amplia: la lucha de las potencias occidentales por asegurar rutas, bases y territorios estratégicos.
Ceuta es una pieza pequeña en el mapa, pero ocupa un lugar central en la entrada al Mediterráneo. Su incorporación a Marruecos no resolverá simplemente una controversia histórica. Fortalecerá en la ribera africana del Estrecho a un aliado armado, entrenado y respaldado por Estados Unidos e Israel, frente a Gibraltar, enclave británico integrado al dispositivo militar occidental.
La sucesión de movimientos políticos, militares y diplomáticos revela una disputa por el control estratégico del Mediterráneo occidental.
Ceuta primero: el valor del territorio en la estrategia imperial
¿Por qué Ceuta y no Melilla?
La respuesta está en su posición geográfica.
Ceuta se encuentra junto al Estrecho de Gibraltar, donde el océano Atlántico se conecta con el Mediterráneo. Por esa ruta circulan mercancías, petróleo, gas, fuerzas navales y buena parte de las comunicaciones entre Europa, África, Oriente Medio y el Atlántico.
Melilla se ubica mucho más al este, sobre el mar de Alborán. Tiene importancia territorial y política para Marruecos, pero no posee el mismo valor para vigilar, condicionar o militarizar el acceso al Mediterráneo.
Ceuta, en cambio, se encuentra frente a Gibraltar, territorio controlado por el Reino Unido que alberga instalaciones militares y logísticas utilizadas por las fuerzas británicas y sus aliados.
El desplazamiento de España de Ceuta dejará al Estrecho flanqueado por Gibraltar al norte y por un aliado privilegiado de Washington y Tel Aviv al sur.
Eso no habilita el cierre jurídico del paso marítimo a voluntad. España conserva territorio y capacidades militares en la península, mientras el derecho internacional protege el tránsito por los estrechos utilizados para la navegación mundial.
Pero el control imperial no consiste únicamente en cerrar una ruta. Consiste en dominar puertos, bases, sistemas de vigilancia, comunicaciones militares, inteligencia y capacidad de despliegue en los puntos donde se cruzan los intereses comerciales y estratégicos del planeta.
Marruecos como plataforma militar de Estados Unidos e Israel
Durante décadas, las reclamaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla fueron presentadas como un conflicto bilateral entre Rabat y Madrid. Esa interpretación ya resulta insuficiente.
Marruecos se ha convertido en una plataforma central de la estrategia estadounidense en el norte de África. Washington lo considera un aliado militar prioritario, realiza allí grandes ejercicios conjuntos y avanza en la integración tecnológica y operativa de sus fuerzas armadas.
Los ejercicios African Lion, dirigidos por Estados Unidos, son las mayores maniobras militares realizadas por Washington en el continente africano. Incluyen entrenamiento terrestre, aéreo y naval, comunicaciones tácticas, inteligencia e interoperabilidad entre los ejércitos participantes.
Israel también profundizó su presencia en Marruecos. La normalización de relaciones entre ambos países estuvo acompañada por acuerdos militares, venta de drones y armamento, sistemas de vigilancia, defensa aérea e intercambio de información.
A cambio, Estados Unidos reconoció en 2020 la pretendida soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, contradiciendo el proceso de descolonización pendiente y las resoluciones internacionales que reconocen el derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro.
Aquella decisión mostró cómo funciona la política exterior imperial: las fronteras, los derechos de los pueblos y el derecho internacional son negociables cuando sirven para consolidar alianzas militares.
Marruecos reconoció a Israel. Estados Unidos premió a Rabat respaldando su ocupación del Sáhara Occidental. Israel obtuvo un nuevo socio estratégico en África. El pueblo saharaui quedó nuevamente relegado.
Ceuta debe analizarse dentro de ese mismo triángulo.
Washington comienza a cuestionar la soberanía española
La señal política más importante no surgió en Marruecos, sino en Estados Unidos.
Un documento elaborado en el ámbito del Congreso estadounidense describió a Ceuta y Melilla como ciudades situadas en territorio marroquí bajo administración española. También planteó la promoción de conversaciones sobre su futuro.
El texto introduce una ruptura significativa: sectores del poder estadounidense comenzaron a tratar la pertenencia de ambas ciudades como una cuestión abierta.
El congresista republicano Mario Díaz-Balart, cercano al secretario de Estado Marco Rubio y relacionado con el grupo parlamentario favorable a Marruecos, afirmó públicamente que Ceuta y Melilla no están geográficamente en España y que su situación debía discutirse entre aliados.
En paralelo, Michael Rubin, exfuncionario del Pentágono e integrante del conservador American Enterprise Institute, propuso que Marruecos impulsara una nueva “Marcha Verde” sobre las ciudades, utilizando civiles y presión territorial como ocurrió con la ocupación del Sáhara Occidental en 1975.
Estas posiciones forman parte del proceso de elaboración de la política exterior estadounidense.
Las ideas que luego se transforman en política exterior suelen comenzar en fundaciones, comités parlamentarios, centros de análisis y medios vinculados al aparato militar. Allí se ensayan argumentos, se normalizan escenarios y se prepara a la opinión pública para aceptar decisiones que antes parecían inadmisibles.
La soberanía española sobre Ceuta está comenzando a ser cuestionada precisamente en esos espacios.
Israel encuentra una oportunidad en el conflicto
También desde Israel surgieron análisis que presentan el deterioro de las relaciones entre Madrid, Washington y Tel Aviv como una oportunidad para que Marruecos avance sobre sus reivindicaciones.
España se convirtió en uno de los gobiernos europeos más críticos con la ofensiva israelí en Gaza, reconoció al Estado palestino y respaldó medidas que provocaron una fuerte reacción del gobierno de Benjamin Netanyahu.
Madrid tampoco acompañó automáticamente algunas posiciones y operaciones promovidas por Estados Unidos en Oriente Medio.
España sigue siendo parte de la OTAN y mantiene una alianza estructural con Washington. No representa una ruptura con el bloque occidental. Pero se transformó en un socio menos obediente y más difícil de disciplinar.
En ese contexto, Marruecos cumple una doble función.
Por un lado, actúa como aliado confiable de Estados Unidos e Israel en el norte de África. Por otro, conserva una disputa territorial que ejerce presión permanente sobre España.
Ceuta se convierte así en una herramienta geopolítica para castigar, condicionar y debilitar a un gobierno que se aparta parcialmente de la línea fijada por Washington y Tel Aviv.
Las personas migrantes utilizadas como instrumento
Marruecos ya demostró que utiliza el control fronterizo como herramienta de presión diplomática.
En 2021, después de que España recibiera al dirigente saharaui Brahim Gali para recibir atención médica, las autoridades marroquíes relajaron los controles y unas 8.000 personas cruzaron hacia Ceuta en pocas horas.
Aquellas personas no eran una fuerza militar ni una invasión organizada por la población. Eran hombres, mujeres y menores empujados por la pobreza, la desesperación y la ausencia de vías legales de ingreso.
Fueron utilizados por un Estado para presionar a otro.
La derecha europea suele presentar estos episodios como una amenaza migratoria y criminalizar a quienes cruzan la frontera. Esa lectura oculta a los verdaderos responsables: gobiernos que transforman la necesidad humana en un arma diplomática y luego descargan sobre las víctimas las consecuencias de sus decisiones.
Una mirada humanista y antiimperialista debe separar con claridad a los pueblos de sus gobiernos.
La población marroquí no es responsable de la política expansionista de Rabat. Las personas migrantes no son responsables de los conflictos entre España y Marruecos. Tampoco los pueblos de Estados Unidos o Israel son equivalentes a sus gobiernos y aparatos militares.
La crítica debe dirigirse contra las estructuras de poder que utilizan territorios, migraciones y conflictos históricos para ampliar su dominio.
El control del Estrecho y la proyección mundial de las potencias
El interés por Ceuta no se explica únicamente por España y Marruecos.
El Estrecho de Gibraltar forma parte de una red mundial de pasos estratégicos que incluyen el canal de Suez, Bab el-Mandeb, Ormuz, Panamá y Malaca. Quien concentra presencia militar en esos puntos no domina solamente el territorio inmediato: adquiere capacidad para condicionar el comercio, el abastecimiento energético y las rutas navales de países situados a miles de kilómetros.
Para América Latina, África y el resto del Sur Global, estas disputas nunca son completamente ajenas.
Las potencias que controlan rutas marítimas, sistemas financieros, seguros, puertos, sanciones y cadenas logísticas encarecen alimentos, combustibles y bienes esenciales sin necesidad de ocupar directamente un país.
El poder imperial contemporáneo combina bases militares, control tecnológico, sanciones económicas, dominio financiero y capacidad para intervenir sobre los grandes corredores comerciales.
La disputa por Ceuta debe leerse dentro de ese sistema.
No se trata de afirmar que el destino de América Latina dependa de una ciudad situada en el norte de África. Se trata de comprender que cada nuevo punto estratégico sometido a la hegemonía estadounidense refuerza una arquitectura mundial en la que los países periféricos conservan cada vez menos margen para decidir sobre su comercio, su política exterior y sus recursos.
Una nueva forma de ocupación
Una intervención militar directa de Marruecos contra Ceuta provocará una crisis internacional y enfrentará a dos países vinculados a la OTAN. Por eso, la estrategia para modificar el equilibrio territorial no comienza con una invasión convencional.
La presión moderna se ejerce mediante mecanismos híbridos.
Combina campañas diplomáticas, incidentes fronterizos, reinterpretaciones históricas, presión migratoria, maniobras militares, operaciones informativas y respaldo internacional gradual a las posiciones marroquíes.
El objetivo es convertir una soberanía reconocida en un tema discutible. Luego, transformar esa discusión en una negociación permanente. Finalmente, utilizar la correlación de fuerzas para imponer un nuevo hecho consumado.
El modelo ya fue aplicado en el Sáhara Occidental.
Marruecos ocupó el territorio, desplazó población, reprimió al movimiento independentista y obtuvo el respaldo de Estados Unidos. El conflicto sigue pendiente de resolución internacional, pero Rabat trabaja para que la ocupación sea aceptada como irreversible.
La llamada Marcha Verde de 1975 fue presentada como una movilización civil, aunque funcionó como instrumento de expansión territorial.
Que un antiguo asesor del Pentágono proponga repetir ese método sobre Ceuta y Melilla no es un detalle menor. Significa que una experiencia de ocupación colonial está siendo reutilizada como modelo político desde centros vinculados al poder estadounidense.
Colonialismo contra colonialismo
La situación de Ceuta contiene una contradicción que no puede eludirse.
España conserva dos ciudades en la costa africana y Marruecos utiliza un discurso anticolonial para reclamarlas. Pero Rabat mantiene ocupado el Sáhara Occidental, niega la autodeterminación del pueblo saharaui y recibe armas y protección diplomática de Estados Unidos e Israel.
Por eso, la reivindicación marroquí no puede ser aceptada automáticamente como una causa de liberación nacional.
Un proceso genuino de descolonización debe respetar la voluntad de las poblaciones involucradas, el derecho internacional y la autodeterminación. No puede imponerse mediante presión migratoria, amenazas militares o acuerdos entre Estados que negocian territorios como si fueran propiedades.
Estados Unidos tampoco interviene para corregir una injusticia colonial.
Su historia demuestra que no respalda la autodeterminación cuando contradice sus intereses. La defendió selectivamente cuando sirvió para fragmentar adversarios y la ignoró cuando afectó a sus aliados.
En el Sáhara Occidental, Washington respaldó al ocupante. En Palestina, protege a Israel. En América Latina, ha apoyado golpes de Estado, dictaduras, bloqueos y operaciones de desestabilización cada vez que un gobierno intentó apartarse de su órbita.
La utilización de Ceuta contra España no representa una excepción, sino la continuidad de una política exterior que premia la obediencia y castiga cualquier margen de autonomía.
Ceuta como advertencia para el Sur Global
La importancia de este conflicto no reside solamente en quién administra una ciudad.
Lo que está en juego es el precedente.
Estados Unidos premia a Marruecos con el reconocimiento de una ocupación territorial, respalda su fortalecimiento militar y habilita la discusión sobre nuevas fronteras. Otros territorios quedan sometidos al mismo mecanismo.
Primero se cuestiona una soberanía. Después se invoca una interpretación histórica conveniente. Luego se incorpora a un aliado militar. Finalmente, el nuevo reparto se presenta como una solución pragmática.
Para los países periféricos, este método implica una amenaza permanente.
El derecho internacional deja de funcionar como protección para convertirse en una herramienta selectiva aplicada contra enemigos y suspendida frente a aliados.
La soberanía deja de depender de normas y pasa a depender de la capacidad militar, de la proximidad con Washington y de la utilidad estratégica que cada gobierno ofrece.
Ceuta muestra cómo las disputas territoriales son absorbidas por una lógica imperial mucho más amplia.
Una estrategia que avanza
Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Marruecos normalizó relaciones con Israel. Washington y Tel Aviv profundizaron la cooperación militar con Rabat. Sectores del Congreso estadounidense comenzaron a cuestionar la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Un exfuncionario del Pentágono propuso una nueva Marcha Verde. Medios israelíes presentaron el conflicto como una oportunidad estratégica. Todo ocurre mientras Madrid mantiene diferencias con Washington y enfrenta abiertamente al gobierno de Netanyahu por Palestina.
Cada uno de estos hechos forma parte de una misma dirección política.
Marruecos no avanza solo. Lo hace integrado a una arquitectura militar, tecnológica y diplomática encabezada por Estados Unidos y acompañada por Israel.
Ceuta no es únicamente una ciudad disputada. Es una posición frente a una de las rutas marítimas más importantes del mundo.
Su transferencia a Marruecos no significa una descolonización automática ni una reparación histórica. Significa el fortalecimiento de un aliado regional dispuesto a servir como plataforma de las potencias occidentales en África y el Mediterráneo.
La pregunta, entonces, no es solamente si Marruecos quiere Ceuta.
La pregunta es qué orden internacional se fortalece cuando España pierde su principal enclave en la ribera africana del Estrecho y su lugar es ocupado por un Estado armado, entrenado y respaldado por Washington y Tel Aviv.
La historia de América Latina, África y Oriente Medio enseña que las potencias no disputan puertos, estrechos y territorios para defender a los pueblos.
Los disputan para controlar rutas, disciplinar gobiernos y ampliar su capacidad de intervención.
Ceuta es una pequeña ciudad. Pero en el tablero imperial, las piezas más pequeñas abren el camino para movimientos mucho mayores.
