Amazon avanza con un gigantesco centro de datos en Texas que será abastecido por una central propia de gas natural capaz de generar hasta 7,65 gigavatios. El proyecto podría quedar autorizado a emitir hasta 33 millones de toneladas de dióxido de carbono por año, mientras la multinacional mantiene públicamente su compromiso de alcanzar emisiones netas cero para 2040.
La inteligencia artificial dispara el consumo energético
La carrera global por la inteligencia artificial está comenzando a mostrar una de sus caras menos visibles: la enorme cantidad de energía necesaria para sostener los centros de datos donde funcionan los nuevos modelos y servicios digitales.
Amazon confirmó que adquirió terrenos en el condado de Pecos, en el oeste de Texas, donde proyecta desarrollar un enorme complejo de procesamiento de datos. En el mismo lugar se construye una central eléctrica alimentada con gas natural destinada fundamentalmente a suministrar energía al proyecto.
Según la documentación regulatoria, la instalación podría contar con 35 turbinas de gas y alcanzar una capacidad de generación de hasta 7,65 gigavatios.
La dimensión coloca al proyecto en una categoría excepcional dentro del sistema energético estadounidense.
El permiso ambiental contempla la posibilidad de emitir aproximadamente 33 millones de toneladas de dióxido de carbono por año.
Aunque una autorización de emisiones no significa que necesariamente se alcance ese máximo todos los años, la cifra permite dimensionar la escala del proyecto: supera ampliamente los aproximadamente 16 millones de toneladas anuales emitidas por la central de carbón James H. Miller Jr., en Alabama, considerada actualmente una de las plantas eléctricas más contaminantes de Estados Unidos.
De las promesas climáticas a las centrales de gas
La decisión expone una contradicción cada vez más difícil de ocultar para las grandes compañías tecnológicas.
Amazon fue una de las impulsoras del denominado Compromiso Climático, mediante el cual prometió alcanzar emisiones netas cero de carbono para 2040.
Pero mientras las empresas presentan públicamente planes de descarbonización, el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial está aumentando de manera extraordinaria su demanda eléctrica.
La propia Amazon ha reconocido que el desarrollo de los centros de datos vinculados con inteligencia artificial está complicando el cumplimiento de sus objetivos ambientales.
La portavoz de la empresa Margaret Callahan sostuvo que las condiciones globales cambiaron desde que Amazon impulsó aquel compromiso climático, aunque aseguró que la meta continúa vigente.
El problema es que la infraestructura que ahora se construye parece avanzar en dirección contraria.
Durante años, los centros de datos obtenían energía principalmente de las redes eléctricas tradicionales. La expansión de la inteligencia artificial está modificando ese modelo.
Las compañías necesitan cantidades gigantescas de electricidad y, además, necesitan conseguirla rápidamente.
Ante los largos tiempos necesarios para ampliar las redes públicas de transmisión y generación, algunas empresas comenzaron a instalar centrales eléctricas directamente junto a sus centros de datos.
Y el gas natural aparece como una de las alternativas preferidas porque permite construir capacidad de generación con mayor rapidez que otras infraestructuras.
Trump impulsa petróleo, carbón y gas para sostener la carrera tecnológica
La expansión también coincide con la política energética impulsada por Donald Trump, basada en ampliar la utilización de combustibles fósiles bajo la bandera del llamado “dominio energético”.
Su administración ha promovido el petróleo, el gas y el carbón al mismo tiempo que facilita la construcción acelerada de infraestructura destinada a los centros de datos.
Trump emitió además medidas destinadas a reducir obstáculos regulatorios para este tipo de proyectos, en momentos en que Estados Unidos busca mantener su ventaja frente a China en el desarrollo de inteligencia artificial.
El resultado empieza a mostrar una paradoja profunda: una tecnología presentada como símbolo del futuro depende cada vez más de una infraestructura energética asociada a algunos de los principales responsables históricos del calentamiento global.
En lugar de acelerar necesariamente una transición hacia energías limpias, la carrera por la IA puede terminar provocando una nueva expansión de centrales de combustibles fósiles.
El costo ambiental queda fuera de la pantalla
Amazon sostiene que la central estaría inicialmente desconectada de la red eléctrica general de Texas y que la generación sería utilizada directamente por su complejo tecnológico.
La compañía argumenta que de esa manera el proyecto no aumentaría el precio de la electricidad para los hogares del estado.
También asegura que analiza incorporar energía solar y sistemas de almacenamiento mediante baterías.
Pero la magnitud de la generación a gas prevista convirtió al proyecto en foco de críticas ambientales.
Organizaciones como Public Citizen advierten que una instalación de estas dimensiones puede afectar tanto al clima como a la calidad del aire de las comunidades cercanas.
Las centrales de gas emiten menos dióxido de carbono por unidad de electricidad que las centrales de carbón, pero siguen dependiendo de combustibles fósiles y generan contaminantes relacionados con problemas respiratorios, cardiovasculares y formación de smog.
La discusión, por tanto, va mucho más allá de Amazon.
La expansión de la inteligencia artificial está obligando a preguntarse quién paga ambientalmente la infraestructura necesaria para mantener funcionando servicios digitales que millones de personas utilizan sin observar el enorme sistema energético existente detrás de cada consulta.
El desafío tecnológico comienza a transformarse también en un problema político.
Si la carrera por dominar la inteligencia artificial termina justificando nuevas centrales de gas, mayor extracción de combustibles fósiles y decenas de millones de toneladas adicionales de emisiones, las promesas climáticas de las grandes corporaciones tecnológicas corren el riesgo de quedar reducidas a declaraciones empresariales mientras la infraestructura real avanza exactamente en la dirección contraria.
