Argentina muestra señales preocupantes de deriva autoritaria, concentración de poder y degradación institucional bajo el mileísmo, con un gobierno que combina confrontación contra los contrapesos democráticos, uso intensivo de herramientas ejecutivas, hostilidad hacia la protesta y una militancia digital de tono cada vez más agresivo.
Una democracia no se vacía de un día para el otro
La palabra autogolpe exige prudencia. No alcanza con un clima político agresivo, una interna feroz o una militancia fanatizada para afirmar que un país está ante un autogolpe en sentido estricto. Para hablar de eso habría que estar frente a un intento claro de anular al Congreso, condicionar ilegalmente a la Justicia, suspender garantías constitucionales o quebrar de manera abierta el orden democrático desde el propio Poder Ejecutivo.
Pero esa cautela no obliga a mirar para otro lado. En Argentina, el gobierno de Javier Milei viene acumulando señales de deterioro institucional que no pueden leerse como episodios aislados. El uso intensivo de herramientas ejecutivas, el choque permanente con otros poderes del Estado, la hostilidad hacia la protesta social, el ataque discursivo a periodistas, opositores, movimientos sociales y colectivos de derechos, y la construcción de una épica política de guerra interna forman parte de un mismo clima.
El problema no está solamente en una medida, en un decreto o en una pelea puntual. El problema aparece en la suma. Una democracia también puede debilitarse sin tanques en la calle, sin cierre formal del Parlamento y sin anuncio solemne de ruptura institucional. Puede deteriorarse desde adentro, por desgaste, por presión, por disciplinamiento y por la instalación de la idea de que todo límite al poder presidencial es un obstáculo ilegítimo.
El poder concentrado y los límites incómodos
El mileísmo llegó al gobierno con un discurso de demolición. Prometió destruir la “casta”, cortar el gasto público y enfrentar a todo aquello que consideraba parte del viejo sistema político. Pero en la práctica, esa retórica se transformó muchas veces en una forma de gobernar contra los contrapesos democráticos.
Los decretos de necesidad y urgencia ocuparon un lugar central en esa estrategia. En un país con Congreso activo y con representación plural, gobernar de manera reiterada por decreto abre una tensión de fondo: hasta dónde llega la urgencia real y dónde empieza la voluntad de sustituir la negociación política por una decisión vertical del Ejecutivo.
La reacción legislativa para limitar el alcance de esos decretos mostró que el conflicto no era menor. La discusión no trataba solo sobre técnica jurídica. Trataba sobre el equilibrio entre poderes, sobre la capacidad del Congreso para controlar al Ejecutivo y sobre el riesgo de que una presidencia sin mayoría parlamentaria buscara avanzar por caminos excepcionales como regla.
A eso se sumaron señales vinculadas al Poder Judicial y a organismos de control. Las tensiones por designaciones, los intentos de mover piezas institucionales y la presión sobre ámbitos que deberían funcionar con independencia integran un cuadro más amplio. No se trata de afirmar que Argentina ya dejó de ser una democracia. Se trata de señalar que una democracia puede seguir funcionando formalmente mientras sus defensas se van debilitando.
Redes, internas y lenguaje de guerra
La interna reciente del oficialismo también expuso una forma de funcionamiento político muy marcada por las redes, las operaciones digitales y las lealtades personales. El cruce entre sectores ligados a Santiago Caputo y Martín Menem, con acusaciones alrededor de cuentas falsas y mensajes críticos difundidos desde entornos del propio oficialismo, mostró una fractura que va más allá de una pelea de nombres.
En el mileísmo, la disputa política no se procesa solamente en despachos, partidos o bancadas. También se libra en redes, con cuentas anónimas, ataques coordinados, campañas de desgaste y una lógica de amigo-enemigo que baja desde las cúpulas hacia la militancia. Ese ecosistema digital no es decorativo. Ordena conversaciones, castiga disidencias, instala climas y empuja a la política hacia una zona cada vez más violenta.
El lanzamiento de “Las Fuerzas del Cielo”, presentado por adherentes libertarios con lenguaje de “guardia pretoriana” y “brazo armado”, no prueba por sí mismo la existencia de un plan golpista. Pero sí muestra una estética política peligrosa: fidelidad personal al líder, épica de combate, desprecio por adversarios y una idea de defensa del proyecto que se parece más a una cruzada que a una convivencia democrática.
Ese tipo de lenguaje importa. La historia latinoamericana enseña que las palabras no son inocentes cuando salen de espacios de poder o de militancias organizadas alrededor del poder. Primero se instala el enemigo interno. Después se justifica el ataque. Más tarde se normaliza la excepción. Y al final, lo que debía ser una democracia con límites empieza a parecerse a un régimen donde el poder se considera autorizado a pasar por arriba de todo.
El espejo del trumpismo
El mileísmo no aparece aislado del mundo. Forma parte de una corriente internacional de extrema derecha que combina ajuste económico, ataque al Estado, guerra cultural, desprecio por organismos de derechos humanos, hostilidad hacia el feminismo y las diversidades, y una relación agresiva con la prensa y la protesta social.
En ese punto, el vínculo político y simbólico con el trumpismo no es menor. La consigna de “hacer Argentina grande otra vez”, usada por figuras del propio entorno libertario, no es solo una frase de campaña importada. Resume una forma de entender la política: culto al líder, polarización permanente, desprecio por los consensos democráticos y presentación de toda crítica como una amenaza contra la patria.
Desde una mirada latinoamericana, progresista y democrática, el riesgo no está únicamente en Milei como figura individual. El riesgo está en el método. Un gobierno puede llegar por las urnas y, una vez en el poder, usar esa legitimidad inicial para intentar vaciar los controles que hacen democrática a una democracia. Ese proceso no siempre tiene forma de golpe clásico. Muchas veces se presenta como eficiencia, como batalla cultural, como lucha contra privilegios o como necesidad de gobernabilidad.
El punto no es adivinar el golpe, sino mirar la deriva
No hay todavía elementos suficientes para afirmar que Argentina esté frente a un autogolpe en sentido estricto. Pero sí hay señales acumuladas de una deriva autoritaria: concentración de poder, ataque a contrapesos institucionales, desprecio por la protesta social, lenguaje bélico de sus adherentes y una interna oficialista atravesada por operaciones digitales.
El riesgo no está en un golpe clásico anunciado por cadena nacional. Está en un vaciamiento progresivo de la democracia desde adentro. En la naturalización del decreto como método. En el desprecio por el Congreso cuando incomoda. En la presión sobre la Justicia cuando limita. En la criminalización de la protesta cuando cuestiona. En la militancia que deja de verse como parte de una disputa democrática y empieza a pensarse como ejército político de un líder.
Argentina no necesita una etiqueta apresurada para encender las alarmas. Le alcanza con mirar la acumulación de señales. La democracia no se defiende solamente cuando ya fue rota. También se defiende cuando empieza a ser empujada hacia el borde
