por Andrés Alsina
No es solo Francia. El centro político de Europa se está desmoronando. Es también Italia, Albania, España, Portugal, Grecia, Bélgica y Serbia. Y por ahora. Los partidos centristas europeos están perdiendo terreno entre los jóvenes y los trabajadores, que se sienten cada vez más atraídos por las promesas populistas de un cambio radical, y se polarizan a izquierda y derecha.
En Serbia, las protestas estudiantiles anticorrupción llevan casi dos años y ahora tienen forma electoral. Cientos de miles de personas asistieron el 22 de octubre al último mitin de la lista estudiantil antes de las elecciones parlamentarias de este fin de semana, informó The Washington Post.
Los disturbios masivos en Francia, que comenzaron el 18 de setiembre como protestas por la falta de financiación de las escuelas, son un ejemplo impactante. Pero este fenómeno se ha estado gestando durante años, debido al fracaso percibido de la democracia liberal a la hora de cumplir sus promesas de un futuro mejor, especialmente para los jóvenes y la clase trabajadora asalariada.
El 17 de octubre las organizaciones estudiantiles francesas se unieron a las marchas nacionales contra el costo de vida convocadas por los sindicatos y los chalecos amarillos. La convocatoria del 17 se propagó en redes sociales tras un video publicado el 7 de septiembre. El gobierno acusó a La Francia Insumisa de impulsar las movilizaciones, algo que el partido rechazó. Ya el 6 de octubre habían llegado a reunir a 266.000 personas en una sola jornada, según la agencia Nodal. El gobierno de Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron empezó a quedar a la defensiva, e intenta coartar la libertad de reunión y la libre expresión, ítems sagrados en Francia.
Macron anunció que para el sábado 24 de octubre solo se permitirían las marchas convocadas por organizaciones reconocidas. Lyon y Marsella prohibieron protestas, mientras Rouen y Toulon establecieron prohibiciones en zonas determinadas. Los chalecos amarillos y los sindicatos prevén nuevas marchas el sábado y una huelga general el 5 de noviembre. En su etapa anterior, las protestas de los chalecos amarillos habían perdido intensidad después de que el gobierno acordara rebajas fiscales por miles de millones de euros.
En España, Pedro Sánchez adelantó la convocatoria de elecciones en el momento culminante de las protestas por vivienda, para disminuir el peso político de los otros dos grandes temas: la corrupción, con casos que abarcan todo el espectro político, y la inmigración, que se salió de control en Ceuta, donde hubo una entrada masiva de ciudadanos de Marruecos reclamando residencia en España el 30 y 31 de julio. La aspiración del PSOE es que Pedro Sánchez quede como jefe de la oposición.
Los posibles ganadores de las elecciones serían el Partido Popular y la ultraderecha de Vox. Politólogos expresan la posibilidad de que, buscando afianzar su alianza con Vox, el PP habilite la posibilidad de un gobierno al menos autoritario. El país no solo no terminó de superar la experiencia del franquismo (1939-1975), sino que se habilitaron en lo fundamental gestos solo simbólicos.
La polarización política no respeta nada. Incluso en Italia, el gobierno de derecha de Giorgia Meloni enfrenta no solo manifestantes sino al exgeneral Roberto Vannacci, cuya postura es aún más conservadora. Las elecciones generales deberían celebrarse en 2027, pero pueden ser convocadas antes, con Meloni haciendo la misma jugada que Sánchez en España: encontrar el momento político preciso.
En Grecia, el 21 de octubre unas 5.000 personas se concentraron en Atenas y 3.000 en Tesalónica, y otras 3.000 en Patras, contra el costo de vida, la educación y la vivienda. Decenas de estudiantes acamparon en la plaza Syntagma. Los manifestantes proclaman: «Como en Francia». La marcha de Atenas transcurrió sin incidentes, con más de 3.000 policías desplegados. El gobierno conservador intentó evitar paralelismos con Francia; hay elecciones previstas en 2027, dan cuenta Infobae y France 24.
Se debe agregar Alemania, donde son más ordenados, y hay convocada una marcha para el 31 de octubre. Un analista citado por Al Jazeera ubica a Alemania, junto con Grecia y Austria, en las «primeras etapas» de un movimiento, con movilización esperada en los días siguientes.
Con la ultraderecha con un crucial caudal electoral (una encuesta de YouGov, realizada del 16 al 19 de octubre, da a la AfD un 28%, frente a un 18% de CDU/CSU). Pero estos son gobierno: el canciller Friedrich Merz se alió con el SPD, y a esa suma la encuesta de ARD-DeutschlandTrend le daba el 33%. Eso explica por qué la AfD, aunque lidera las encuestas, queda fuera del Gobierno: no tiene aliados dispuestos a coaligarse con ella.
Induce a un error de apreciación examinar la situación por países si no se tiene en cuenta el conjunto. Lo cierto es que las protestas estudiantiles proliferan en toda Europa, revelando visiones sombrías del futuro. Desde que los estudiantes de secundaria comenzaron a protestar en Francia en septiembre, a ellos se han unido jóvenes manifestantes en al menos otros siete países europeos, y esto parece ser el actual estado de situación, no su final.
Los partidos centristas atraviesan dificultades en las naciones más grandes e importantes de Europa. El descontento por el bajo crecimiento económico, la alta inflación, la considerable deuda pública y las escasas perspectivas para los jóvenes alimentan las protestas y una polarización hacia los partidos populistas de extrema derecha y extrema izquierda. Y los gobiernos no tienen respuesta válida ante los reclamos. Ante el aumento del déficit, el gasto público y los tipos de interés, los gobiernos se sienten limitados en sus opciones. Es, en esencia, un problema político, pues hay que encontrarle una salida al brete con recursos políticos.
En cuanto al número de manifestantes y su duración, los movimientos aún no alcanzan la magnitud de las protestas contra la austeridad que se extendieron por todo el mundo en los años posteriores a la crisis financiera de 2008.
Pero están empezando a captar la atención mundial y a generar debate entre los manifestantes sobre un movimiento transnacional. Estudiantes franceses de secundaria ayudaron a motivar a sus compañeros adolescentes en Bélgica, mientras que manifestantes en Italia y Alemania han comenzado a usar un lema que se originó en Francia.
Jóvenes españoles y portugueses han acampado en las capitales de sus países para protestar por los altos alquileres. Estudiantes franceses e italianos han marchado en masa para exigir mejores condiciones escolares en manifestaciones que se vieron empañadas por saqueos.
Los griegos protestaron para exigir mayor financiación para las universidades y jóvenes albaneses se enfrentaron a la policía tras unirse a amplias manifestaciones anticorrupción contra un gobierno al que acusaban de obstaculizar sus perspectivas.
Los jóvenes europeos han salido a las calles en los últimos días en al menos ocho países del continente. Sus demandas varían según el contexto y el gobierno, pero un denominador común las une a todas: temen por su futuro.
El señor Cossi afirmó que el campamento de tiendas de campaña, que llevaba allí semanas, reflejaba una exasperación generalizada en todo el continente por los bajos salarios y los altos alquileres, una impotencia ante el calentamiento global y una ansiedad generalizada sobre las perspectivas laborales y la posible desaparición de las generosas prestaciones sociales de las que disfrutaron las generaciones anteriores. «Estamos cansados de todo», dijo, y añadió: «Las cosas siguen cambiando de una manera que no nos beneficia».
El pesimismo de los manifestantes refleja la lucha de un continente por encontrar su camino hacia el futuro. La población europea está envejeciendo, su deuda aumenta a medida que los gobiernos lidian con el creciente gasto en pensiones y otros programas, y se muestran reacios a subir los impuestos. La inmigración está lamentablemente polarizando a los electorados.
Existe un temor generalizado de que Europa no esté a la altura de las transformaciones tecnológicas que se prevé definirán el futuro cercano, y se encuentra atrapada en medio de una disputa entre las dos grandes potencias mundiales, Estados Unidos y China. La situación se torna menos segura ante la creciente agresión rusa. Esto, mientras que el presidente Trump amenazó con recurrir a la fuerza sobre Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, y pone en cuestión su apoyo a Ucrania.
El malestar afecta a los europeos de todas las edades, pero son los jóvenes del continente quienes se enfrentan al panorama a largo plazo más desalentador. Los servicios y prestaciones públicas que definieron la sociedad europea durante décadas se están volviendo cada vez más insostenibles, y los gobiernos tienen dificultades para financiar las pensiones de los ancianos, la educación de los jóvenes y la vivienda, el transporte y la atención médica que todos necesitan. El gasto militar, que ha aumentado a medida que Estados Unidos reduce su compromiso de defensa, ha ejercido una presión adicional sobre los presupuestos.
Gobiernos de todas las tendencias ideológicas —un líder de derecha en Italia, uno de izquierda en España, un moderado en Francia— se esfuerzan por ofrecer una respuesta plausible. Los jóvenes europeos se sienten cada vez más excluidos. «Hay una sensación de rechazo, de cansancio», dijo Stella Salis, de 22 años, manifestante y estudiante universitaria en Padua.
«Ha vuelto la generación sin futuro», dijo el martes Sacha Cossi, de 27 años, tramoyista de conciertos, mientras estaba sentado con un grupo de otros jóvenes españoles bajo una lona baja en el campamento de tiendas de campaña en el centro de Madrid. Y esa parece ser una clave importante. Solo quieren tener futuro.
Los liberales europeos quisieran reformarse.
Los liberales creen tener la solución. El analista Steven Erlanger cita a Ivan Krastev, presidente del Centro de Estrategias Liberales de Bulgaria e investigador del Instituto de Ciencias Humanas de Viena: «Vamos a presenciar una gran transformación», con gobiernos fragmentados. Las coaliciones de derecha podrían incorporar pequeños partidos de extrema derecha, capaces de condicionar a las formaciones tradicionales e impedir su desplazamiento hacia el centro. Si les va bien, «enseguida se intenta normalizar su situación, porque de lo contrario la Unión Europea no puede funcionar, y esto no hace que la gente se sienta más segura», afirmó Krastev.
Todo esto se pondrá a prueba en las elecciones españolas del 29 de noviembre y, en 2027, en Francia, Italia y Polonia, además de Finlandia, Grecia, Suiza y Estonia. Es predecible un avance de la derecha y la ultraderecha, que prometen soluciones YA. Lo que alcancen a transformarse los partidos liberales, antes y después de las elecciones, está por verse. Se les demanda una transformación equiparable al travestismo.
La democracia liberal no ha logrado mantener la confianza de los ciudadanos comunes, especialmente de la clase trabajadora. «Si el liberalismo ha de resurgir, debe hacerlo con la clase trabajadora como eje central», afirmó Alberto Alemanno, profesor de Derecho Europeo en HEC París. La percepción que comienza a primar en Europa es que los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha no ofrecen alternativas reales y están dirigidos por una élite intelectual que ha perdido contacto con los pobres, los trabajadores y los jóvenes.
Según las encuestas del Centro de Investigación Pew, la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia alcanza el 69% en Francia, el 68% en España, el 62% en Italia y el 47% en Polonia.
Son muchas las razones que explican el declive del optimismo y la fe en la política centrista. Pero Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía, lo resume de forma sencilla: «Empezamos a dar por sentada la democracia».
