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Murió Taty Almeida, una voz imprescindible de la memoria, la verdad y la justicia

Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, conocida por todos como Taty Almeida, murió este domingo a los 95 años. Presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, convirtió la desaparición de su hijo Alejandro en una lucha colectiva contra el terrorismo de Estado, la impunidad y el negacionismo.

Una vida atravesada por la búsqueda de Alejandro

Taty Almeida no llegó a la militancia por una consigna abstracta. Llegó por una ausencia. El 17 de junio de 1975, su hijo Alejandro Martín Almeida salió de su casa y no volvió. Tenía 20 años, trabajaba en Télam y en el Instituto Geográfico Militar, cursaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires y militaba políticamente.

Fue secuestrado por la Triple A, la organización parapolicial que actuó antes del golpe de 1976 y que anticipó parte del terror que luego la dictadura cívico-militar llevaría a una escala sistemática. Desde ese día, Taty inició una búsqueda que no abandonó jamás.

Nacida en Buenos Aires en 1930, formada como maestra y proveniente de una familia con fuertes vínculos militares, su historia personal cambió para siempre con la desaparición de Alejandro. El dolor, lejos de encerrarla en el silencio, la empujó a ponerse el pañuelo blanco y a caminar junto a otras madres que exigían saber dónde estaban sus hijos.

Las Madres y una lucha que no se abandona

En 1979, Taty se sumó a Madres de Plaza de Mayo. Con el paso de los años se transformó en una de las voces más queridas y respetadas de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, desde donde sostuvo la denuncia por los crímenes de lesa humanidad y la defensa de memoria, verdad y justicia.

Su figura tuvo una fuerza particular: hablaba con firmeza, pero también con ternura. Reivindicaba la militancia, el compromiso colectivo y el derecho de los pueblos a no olvidar. Para Taty, la memoria no era una ceremonia del pasado, sino una tarea política del presente.

En tiempos en que las derechas vuelven a relativizar el terrorismo de Estado, a atacar los organismos de derechos humanos y a instalar discursos de odio, su trayectoria queda como una respuesta ética. No hubo en ella venganza: hubo exigencia de justicia legal, verdad histórica y reparación para las víctimas.

Un legado que queda en las nuevas generaciones

En abril de este año, la Universidad de Buenos Aires la distinguió con el Doctorado Honoris Causa. Allí, frente a estudiantes, docentes, familiares y militantes, Taty volvió a poner el acento en la continuidad de la lucha. Dijo que las nuevas generaciones eran quienes debían seguir levantando las banderas de las Madres y Abuelas.

Su muerte golpea al movimiento de derechos humanos argentino y latinoamericano, pero su legado no se agota en una biografía. Taty Almeida deja una enseñanza política y humana: el amor también puede ser una forma de resistencia, y la memoria organizada puede enfrentar al poder cuando el poder pretende imponer olvido.

Cada pañuelo blanco, cada marcha, cada nieto recuperado, cada juicio por delitos de lesa humanidad y cada joven que vuelve a decir “Nunca Más” llevan algo de esa persistencia. Taty se fue sin encontrar los restos de Alejandro, pero dejó una lucha que ya no pertenece solo a una madre: pertenece a un pueblo.


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