En base a una investigación de Vorágine en Quatroges les contamos cómo el mercurio usado para extraer oro ilegal llega hasta la Amazonía colombiana a través de una cadena que involucra minas mexicanas, el Cartel Jalisco Nueva Generación, puertos, redes de contrabando, grupos armados y comunidades indígenas expuestas a una contaminación que ya alcanza zonas alejadas de la minería.
De Querétaro a la Amazonía: el origen de una cadena ilegal
La contaminación por mercurio en la Amazonía colombiana no empieza en los ríos donde se extrae oro ilegal. Parte de esa ruta se origina mucho más lejos, en un complejo de 19 minas ubicadas en Querétaro, México, una región que concentra una de las mayores reservas de mercurio del mundo y que, según una investigación de la Agencia de Investigación Ambiental, despertó el interés del Cartel Jalisco Nueva Generación.
El informe de la EIA, titulado “Traficantes no dejan piedra sin levantar”, describe cómo el control criminal sobre esas minas impulsó la producción del metal a niveles casi industriales. La fiebre del mercurio se intensificó desde 2025, al mismo tiempo que el precio internacional del oro alcanzó picos históricos y aumentó la demanda del insumo usado para amalgamar oro en los ríos.
En Querétaro, las minas aparecen rodeadas de vigilancia armada, fortificaciones de cemento, alambres de púas y cámaras de seguridad. Alrededor de mil personas viven de esa explotación minera, pero el impacto del negocio supera ampliamente a la región mexicana. Según la investigación, casi todo el mercurio extraído de ese complejo sale ilegalmente de México, principalmente hacia Perú, Colombia y Bolivia.
Entre 2019 y 2025 se habrían movido al menos 200 toneladas de mercurio ilegal. Esa cantidad, según EIA, pudo haber servido para extraer oro por un valor cercano a los 8.000 millones de dólares. La cifra muestra que no se trata de operaciones menores ni dispersas, sino de una economía criminal regional con capacidad logística, rutas internacionales y vínculos con estructuras armadas.
El traslado del mercurio se realiza mediante métodos diseñados para burlar controles. El metal líquido es vertido en sacos llenos de grava u otras piedras y luego reportado como material de construcción o elementos decorativos. Desde allí viaja hacia puertos mexicanos como Veracruz, en el Atlántico, o Manzanillo, en el Pacífico, para luego dirigirse a puntos intermedios como Panamá o Bolivia, o directamente a países de destino.
Puertos, cocaína y contrabando: las entradas del mercurio a Colombia
En Colombia, la investigación identifica varios puntos de entrada y circulación del mercurio ilegal. Uno de ellos es el puerto de Buenaventura, sobre el Pacífico. Documentos de la Fiscalía colombiana citados por Vorágine describen una red que movía cocaína entre el Pacífico colombiano y Panamá. En los viajes de ida transportaba droga y en los regresos traía mercurio.
El esquema muestra cómo distintas economías ilegales se articulan entre sí. La misma estructura capaz de mover cocaína puede servir para traer el metal usado en la minería ilegal. Según la investigación judicial, el mercurio era llevado primero al municipio de Bahía Solano, donde se embalaba en contenedores plásticos. Luego, con ayuda de tripulantes de barcos de cabotaje, era transportado por vía marítima hasta Buenaventura. Desde allí se entregaba a personas encargadas de moverlo por tierra hacia el interior del país.
Uno de los testimonios recogidos por la Fiscalía describe una operación que pasó por Aguadulce, en Panamá; luego por El Valle, en Bahía Solano; después por Buenaventura; y finalmente por carretera hacia Medellín. El mercurio fue entregado a un hombre que se movilizaba en un Audi, empacado y enviado en un bus de Flota Magdalena. En el trayecto, según ese testimonio, el vehículo fue detenido dos veces por la Policía.
Panamá no es el único punto intermedio. Bolivia también aparece como una pieza clave del tráfico regional. El Centro de Investigación y Documentación de Bolivia ha señalado que ese país tiene controles débiles sobre el comercio de mercurio, lo que facilita su importación y posterior contrabando hacia países amazónicos. Entre 2022 y 2023, el 38% del mercurio importado por Bolivia llegó desde Tayikistán, el 25% desde Rusia y el 13% desde China.
En Colombia también se han detectado cargamentos provenientes de Asia. En marzo, la DIAN y la Policía Fiscal y Aduanera incautaron 1,3 toneladas de mercurio en el puerto de Cartagena, ocultas entre mercancías declaradas como “plásticos envasados”.
Además de Cartagena y Buenaventura, el CEDIB ha identificado flujos ilegales que pasan desde Venezuela hacia Cúcuta. También aparecen Bucaramanga y Medellín como puntos usados para comercializar el metal antes de enviarlo hacia enclaves mineros.
La investigación de EIA añade otro tramo: una vez que el mercurio ingresa camuflado entre materiales de construcción, es llevado a instalaciones clandestinas para su procesamiento. Algunas de esas plantas fueron identificadas en Arequipa, Perú, y Medellín, Colombia. Allí se separa el mercurio de la grava u otros materiales usados para ocultarlo y luego se distribuye hacia zonas de minería ilegal.
Un traficante colombiano citado en el informe explicó que no vende el mercurio directamente a los mineros, porque muchas zonas de extracción están controladas por grupos armados. Esos grupos regulan tanto el comercio del mercurio como la salida del oro. El negocio, por tanto, no depende solo del contrabando internacional, sino también del control territorial armado dentro de la selva.
El veneno en el río, los peces y los cuerpos
El mercurio se usa para separar el oro de los sedimentos extraídos de los ríos. Los mineros remueven el lecho, lavan el material y agregan el metal líquido para que se una a las partículas de oro. Pero el proceso es altamente contaminante: apenas una pequeña parte del mercurio se amalgama con el oro. Según la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible, alrededor del 10% se une al oro y el 90% restante termina vertido en el río.
Una vez en el agua, el mercurio se acumula en los sedimentos y entra en la cadena alimentaria. Primero lo absorben bacterias que lo transforman en metilmercurio, su forma más tóxica. Luego pasa al fitoplancton, después a peces pequeños, más tarde a peces carnívoros u omnívoros de mayor tamaño, y finalmente a las personas que consumen pescado.
Ese recorrido explica por qué las comunidades indígenas amazónicas están entre las más expuestas. En muchos territorios, el pescado es parte central de la alimentación. Cuando los ríos se contaminan, la amenaza no queda en el agua: llega a la comida cotidiana, a los cuerpos, a los embarazos y al desarrollo de los niños.
La investigación recoge el caso de un habitante indígena identificado con el nombre cambiado de Vicente, cuyo padre, llamado Hermes en el relato, murió en 2022 después de años de síntomas que su familia asocia al mercurio: desmayos, temblores, ahogamientos y una enfermedad que terminó afectando gravemente su cuerpo. Durante años había comido pescado del río Caquetá, una de las zonas impactadas por la minería ilegal.
Vicente también relata que su familia dejó de poder alimentarse como antes. Los grupos armados restringieron la movilidad, impidieron salir a cazar animales y aumentaron el control sobre la población. Al mismo tiempo, el pescado del río dejó de ser seguro por la contaminación. En su comunidad, según su testimonio, al menos otras diez personas han enfermado recientemente y cuatro niños nacieron con malformaciones o problemas neurológicos en los últimos años.
Los estudios científicos citados por Vorágine respaldan la gravedad del panorama. Una investigación publicada en Journal of Hazardous Materials, titulada “Biomagnificación del mercurio y adaptación microbiana en un río amazónico afectado por la minería”, analizó comunidades del resguardo indígena de Puerto Zábalo-Los Monos. Allí se encontraron niveles de mercurio que exceden los límites seguros 1,8 veces en el suelo, 11,1 veces en el agua y hasta 5,1 veces en peces.
El estudio, realizado por investigadores del SINCHI, la Universidad de Antioquia, la Universidad de Córdoba y otras instituciones, también muestra cambios profundos en el ecosistema. Las bacterias sensibles al mercurio están desapareciendo, lo que indica una transformación ambiental que no se limita a la presencia del metal, sino que altera el equilibrio biológico del río.
La Organización Panamericana de la Salud advierte que el mercurio puede generar efectos tóxicos en la piel, los ojos, los riñones, los pulmones y los sistemas nervioso, inmunitario y digestivo. En mujeres embarazadas puede afectar el desarrollo fetal. En recién nacidos y niños puede provocar trastornos del lenguaje, deficiencias sensoriales y problemas cognitivos.
Uno de los cuadros más conocidos asociados a este veneno es la enfermedad de Minamata, vinculada a graves alteraciones neurológicas, trastornos motores, discapacidad intelectual y malformaciones congénitas.
Según la Organización Mundial de la Salud, el límite considerado seguro cuando se mide mercurio en cabello humano es de 1 parte por millón. Pero el investigador Jesús Olivero Verbel, de la Universidad de Cartagena, ha encontrado casos extremos de niños con más de 30 partes por millón en zonas de Guainía y Amazonas. En varios lugares evaluados recientemente, los niveles no bajan de 10 o 20 partes por millón.
Olivero Verbel también sostiene que alrededor del 98% de las personas evaluadas en la Amazonía colombiana registraron niveles nocivos para la salud. Para el investigador, el problema ya no corresponde a unas pocas comunidades ni a algunos ríos aislados: se trata de un daño extendido en toda la cuenca amazónica.
Una contaminación que llega incluso a zonas alejadas de la minería
Uno de los hallazgos más preocupantes es que el mercurio aparece incluso en territorios alejados de la minería. Un estudio de la Sociedad Zoológica de Frankfurt, publicado en septiembre, analizó 1.200 peces de más de 100 especies en tres resguardos indígenas ubicados en áreas protegidas: El Itilla, La Victoria y Mocagua.
El Itilla y La Victoria se encuentran sobre el río Apaporis, cerca del Parque Nacional Chiribiquete. Mocagua está sobre el río Amazonas, en el Parque Nacional Amacayacu. Por su ubicación, se considera que estas comunidades están apartadas de los principales focos de minería. Sin embargo, los análisis detectaron mercurio en especies que forman parte de la dieta de los pueblos indígenas.
Hasta el 28% de las especies analizadas presentaron concentraciones superiores a 0,5 partes por millón, el límite usado como referencia para consumo humano seguro en peces. Algunas especies registraron niveles particularmente altos: el puño, con 2,35 ppm; el casabe, con 1,75 ppm; y la corvina, con 1,27 ppm.
La directora de la Sociedad Zoológica de Frankfurt en Colombia, Esperanza Leal Gómez, señaló que el hallazgo obliga a investigar cómo llega el mercurio a zonas donde no se esperaba encontrarlo. Entre las hipótesis aparecen el transporte atmosférico mediante evaporación y lluvia, el movimiento de peces migratorios y la liberación de mercurio acumulado en árboles talados o quemados.
El profesor Olivero Verbel explica que el mercurio puede volatilizarse cuando aumenta la temperatura del agua, pasar a la atmósfera y precipitarse luego con la lluvia en otros puntos de la selva. Con el sol, vuelve a evaporarse y el ciclo se repite. Así, la contaminación se desplaza por la cuenca amazónica y puede llegar a zonas distantes de los puntos de minería.
La expansión del mercurio también se agrava por la presencia de grupos armados, que impiden el trabajo de investigadores y limitan el acceso a zonas críticas. En el río Puré, uno de los territorios más afectados por la minería ilegal en la región, no se han podido hacer mediciones de mercurio desde 2018. Allí operan estructuras criminales como disidencias del Bloque Amazonas y el Comando Vermelho de Brasil, según reportes de la Policía Nacional colombiana citados por la investigación.
En las riberas del Puré habitan los Yurí-Passé, el único pueblo en aislamiento voluntario confirmado en Colombia. Registros históricos indican que se internaron en la selva hace unos 150 años, durante la fiebre del caucho, cuando miles de indígenas fueron esclavizados y asesinados. Hoy, imágenes satelitales muestran embarcaciones mineras a pocos kilómetros de sus malocas.
El riesgo para los Yurí-Passé es doble. Por un lado, la posibilidad de contacto forzado con mineros o grupos armados, algo que podría provocar enfermedades, violencia y desestructuración comunitaria. Por otro, la contaminación por mercurio de los ríos y del entorno del que dependen para sobrevivir.
En noviembre pasado, la Policía colombiana incautó 2,5 kilos de mercurio en un operativo sobre el río Puré. En 2024, la Defensoría del Pueblo ya había calificado como de “riesgo extremo” la situación de esta comunidad, al advertir que la minería y la tala ilegal pueden modificar las condiciones ambientales que permiten la subsistencia de los pueblos en aislamiento.
La ruta del mercurio deja al descubierto una cadena de responsabilidades que atraviesa fronteras. El metal sale de minas controladas por redes criminales, se mueve por puertos y rutas de contrabando, alimenta la minería ilegal de oro y termina en los ríos, los peces y los cuerpos de comunidades que no participan de las ganancias del negocio.
Mientras el oro circula y se valoriza en mercados legales e ilegales, el costo humano y ambiental permanece en la Amazonía: pueblos indígenas enfermos, niños expuestos a daños neurológicos, ecosistemas alterados, territorios bajo control armado y una selva que sigue absorbiendo el veneno de una economía extractiva sostenida por la impunidad
Fuentes; Vorágine, investigación publicada el 14 de junio de 2026.
Foto: Diego Villate (2024).
